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“Si te dejas arrastrar por un poco de inercia, te vas a la ciudad a vivir. Lo difícil es quedarse, o volver”, dice Rodrigo Cuevas. “La inercia es ganar 1.500 y pagar 1.100 por un estudio en Lavapiés, esa es la inercia, ¿no?”, comenta Quique Peinado. La conversación ocurre en el podcast Dile que baje y viaja por Oviedo y Barcelona y pueblos gallegos y asturianos hasta llegar a Vegarrionda, donde ahora vive el artista, Premio Nacional de Músicas Actuales 2023.

Anoche caminaba por el paseo del Prado, luego de Recoletos y luego de la Castellana después de los Premios Infolibre en el Ateneo y pensaba si todavía quedarían en Madrid algunas personas que pudieran hacer eso a diario. Hacer eso: volver caminando a casa, detenerse frente a la belleza de la Biblioteca Nacional un martes cualquiera, disfrutar de lo que, en la postal de quienes no somos de allí, es Madrid. Pensaba en cuánto costaría eso, en quién puede. Mis anfitriones me explicaron que ya apenas nadie de allí, que los ricos muy ricos del mundo están desplazando a los ricos muy ricos autóctonos que a su vez habían desplazado a los autóctonos sin esos posibles.

Hay muchas cosas que se han roto en la cara de mi generación, milenial. Una es el hecho de Madrid como indiscutible lugar aspiracional. Yo me lo dejé siempre para el final porque pensé que como persona de Zamora que escribe algún día terminaría allí de manera natural como tantos otros antes. Lo cierto es que ahora tendría que dejar de escribir o tener una improbable suerte escribiendo para poder vivir en ese Madrid de mi deseo: vivir por Atocha, Antón Martín, barrio de las Letras, ir a trabajar caminando, llevar a mi hijo a un colegio público cercano, no sufrir para tener cita en el pediatra. No sé ni siquiera si todo eso junto es ya posible, pero me consta que muy difícil seguro que sí.

Cuando vivía en Barcelona, antes de 2014, todavía tenía muchos amigos en mi idea de Madrid. Podía elegir entre sus pisos en Lavapiés o en Argüelles o en Chamberí donde quedarme. Ahora la ciudad, los alquileres, las hipotecas, el neoliberalismo, los trabajos o su falta les han expulsado mucho más afuera o ya del todo. Beatriz Serrano y Guillermo Alonso (Alfafar y Pontevedra) contaban en otro podcast (Arsénico caviar) que la gente siempre les reprocha, como si fuera un gran capricho, que “es que quieren vivir en el centro, y claro”. Ellos hicieron una búsqueda y no había nada por menos de 1.000 euros en una amplísima zona de Madrid y más allá. Entonces, dicen, puestos a trabajar la mitad del mes o más para sus caseros, por lo menos viven donde les gusta.

Hay que proteger el derecho de los ciudadanos a elegir dónde quieren vivir y cómo, a tomarse un café en sus plazas mayores, a comprar a pie, a volver a casa viendo algo bonito

Creo que es una ecuación común para quienes dejamos un lugar pequeño y nos vamos a las capitales. Aunque te vayas porque quieres, irse tiene siempre una parte de desgarro y necesitamos compensarlo. No te quieres ir a Madrid o Barcelona para vivir en un lugar que tenga todo lo malo de una ciudad grande sin apenas nada de lo bueno. Quieres sentirte todos los días en Madrid y en Barcelona. Como los sueldos en España nunca han dado para mucho, nos los dejamos en alquileres céntricos que al menos nos ofrecieron esa experiencia. La mayoría hablamos ya en pasado.

Al llegar a Zamora el viernes, mi padre me dijo “habrás visto el encendido de las luces”. Le dije que había pasado por allí justo antes: no decepcionar a los que quedan en casa es algo que también llevamos muy dentro los que nos vamos. Me bajé en Atocha y pasé por Sol y había una cantidad abrumadora de gente, pero me hizo feliz estar allí como lo ha hecho siempre. Tengo una pequeña tradición, de cuando vivía fuera de España, que es hacerle una foto al reloj y después ir a por la Moleskine del año siguiente a la Fnac y seguir atravesando ese aire fresco y seco del invierno bordeando esos edificios monumentales tan bien iluminados. Cosas de gente de provincias, supongo. Quizás nunca me vaya a vivir a Madrid, para que no se me quiten.

Madrid es un lugar demasiado importante como para darlo por perdido. Madrid ha sido refugio y ventana y catapulta de muchísimas personas de lugares pequeños. ¿Qué clase de renuncia es entregar tanto de lo mejor de este país a los fondos de inversión y al turismo masivo? Hay que proteger el derecho de los ciudadanos a elegir dónde quieren vivir y cómo, a tomarse un café en sus plazas mayores, a comprar a pie, a volver a casa viendo algo bonito. Si nos dejamos arrastrar por la inercia, la voracidad del capitalismo acabará hasta con nuestros deseos.

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