Irán y las prisas

La historia nos enseña que las únicas guerras en las que la victoria está asegurada son aquellas que no llegan a estallar. En todas las demás, incluyendo la que ilegalmente Israel y EEUU han emprendido contra Irán, tan solo se sabe cómo empiezan, pero nunca cómo terminan. Sirva la invasión rusa de Ucrania como ejemplo bien reciente de lo que media entre la “operación especial militar” que planeaba Vladimir Putin y la guerra de desgaste sin final a la vista en la que ahora están sumidas sus tropas.

De forma similar, y al margen de las pomposas declaraciones con las que los tres principales contendientes tratan de imponer sus relatos, presentándose como dueños y señores del destino, ninguno de ellos sabe ahora mismo cómo y cuándo terminará su enfrentamiento. Lo que sí cabe entender es que tanto Tel Aviv como Washington y Teherán se ven afectados de manera muy distinta por el calendario.

Para Netanyahu la guerra ya es su modus vivendi desde hace años. Por una parte, y sobre todo desde los ataques recibidos en octubre de 2023, le sirve para intentar recomponer su imagen de garante de la seguridad nacional, tratando de borrar las críticas que lo responsabilizan del mayor fracaso de seguridad de la historia de Israel. Por otra, le permiten retrasar el desarrollo de las tres causas judiciales que el Tribunal Supremo sigue contra él, esquivando así unas condenas que podrían terminar con su carrera política y llevarlo a la cárcel. Por último, con una opinión pública a la que lleva años tratando de convencer de que Irán es su mayor amenaza, calcula que la agresión le sirve como un atractivo banderín de enganche electoral pensando en las elecciones previstas para el próximo mes de octubre, en las que Netanyahu pretende renovar su mandato. De todo ello se deduce que a Netanyahu le interesa prolongar la guerra todo lo posible, sin olvidar que, mientras la atención siga centrada en Irán, también le sirve para seguir adelante con su estrategia belicista en Líbano y Siria.

No parece que el final esté próximo, ni siquiera en el caso de que Trump declare sorpresivamente “misión cumplida” con cualquier excusa, tratando de salirse de una dinámica que puede arruinar buena parte de lo que le queda de presidencia

En paralelo, y una vez que ha comprobado que el guion real no se acomoda a su sueño —creer que podría replicar el resultado obtenido en Venezuela con un solo golpe—, Trump es el que tiene más presión para terminar cuanto antes. La prolongación del conflicto, cuando ya asoman en el horizonte las elecciones de medio término (el próximo 3 de noviembre), va en contra de sus intereses electorales. Por un lado, el inquilino de la Casa Blanca empieza a verse criticado por buena parte del movimiento MAGA, dado que ha roto la promesa de no embarcarse en guerras exteriores en las que no estén en juego los intereses vitales de Estados Unidos; y es bien obvio que la que colidera con Netanyahu contra Irán entra en esa categoría, con el añadido de que Irán no era en ningún caso una amenaza inminente.

Por otro, las repercusiones de la subida de los precios de los hidrocarburos ya se están haciendo notar en los bolsillos de los consumidores estadounidenses, lo cual puede influir poderosamente en su intención de voto. Un resultado adverso en dichas elecciones puede trastocar significativamente su margen de maniobra para seguir adelante con su agenda, tanto interna como externa. De ahí que Trump se muestre ahora muy activo en el intento por transmitir que todo está yendo conforme al plan inicial (aunque nunca haya aclarado cuál es el objetivo último de su aventura militar) y por convencernos de que la guerra está a punto de terminar. Una chocante afirmación que contrasta con la de su secretario de Guerra, Pete Hegseth, sosteniendo que “estamos en el principio”, y con la movilización hacia la zona de operaciones de los potentes bombardeos B-1 Lancer, lo que apunta a una intensificación y prolongación de los ataques.

La situación es muy distinta para Teherán, en la medida en que para sus enemigos la entrada en la guerra ha sido por elección, mientras que para el régimen formalmente liderado ahora por Muytaba Jamenei se trata de una guerra existencial. En esas condiciones, cabría suponer que lo que busca es poner fin cuanto antes al castigo que está sufriendo, consciente de su inferioridad de fuerzas frente a sus oponentes. Una posibilidad que debería llevarle a la búsqueda desesperada de algún tipo de acuerdo que permita frenar los ataques y salvaguardar al propio régimen. Lo que esta ocurriendo, sin embargo, es que con el previsible liderazgo de los pasdarán —el actor más relevante hoy de la escena económica, política y militar del país— Irán parece dispuesto a emplear todos los medios a su alcance para resistir la embestida. De hecho, no solo está batiendo objetivos en Israel, sino también en los países del Golfo, especialmente los que albergan instalaciones militares estadounidenses, mientras niega toda posibilidad de reiniciar un proceso de diálogo.

No parece, en consecuencia, que el final esté próximo, ni siquiera en el caso de que Trump declare sorpresivamente “misión cumplida” con cualquier excusa, tratando de salirse de una dinámica que puede arruinar buena parte de lo que le queda de presidencia.

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Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

La historia nos enseña que las únicas guerras en las que la victoria está asegurada son aquellas que no llegan a estallar. En todas las demás, incluyendo la que ilegalmente Israel y EEUU han emprendido contra Irán, tan solo se sabe cómo empiezan, pero nunca cómo terminan. Sirva la invasión rusa de Ucrania como ejemplo bien reciente de lo que media entre la “operación especial militar” que planeaba Vladimir Putin y la guerra de desgaste sin final a la vista en la que ahora están sumidas sus tropas.

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