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Leer como antes

Esta noche terminaré un libro que empecé hace un par de días y lo siento como una proeza. Un libro que me enviaron esta semana, un libro que no he paseado más que leído, que es lo que me ocurre con tantos. Un libro que no tendré que volver a empezar después de un tirón entusiasmado de 50 páginas al que no pude dar continuidad. Un libro que estoy leyendo como yo leía antes: antes, sobre todo, de que un aparato rectangular de estímulos infinitos fuera una extensión de mi mano derecha.

Esta vez lo he conseguido sin tener que quedarme sin cargador, por lo que la gesta la siento doble. Siempre que consigo leer así siento alivio: sigo teniendo la capacidad de concentrarme en una sola actividad, no todo está perdido. También constato algo esperable: dedicarse sólo a una cosa hace que se disfrute más. Pero tenemos que obligarnos a hacerlo. Leer es un gusto, pero primero es una lucha. En realidad, dicen que ahora leemos más que nunca, pero son sobre todo cosas sueltas, repetidas, inconexas que aparecen más y menos contra nuestra voluntad en la pantalla rectangular que nunca cierra. Yo me refiero a leer, a leer como antes.

Leer es un gusto, pero primero es una lucha. En realidad, dicen que ahora leemos más que nunca, pero son sobre todo cosas sueltas, repetidas, inconexas que aparecen más y menos contra nuestra voluntad en la pantalla rectangular que nunca cierra

Para leer este libro no he cogido ni siquiera un lápiz o una pintura clara. Cero posibilidad de interrupción. Cuando una gran parte de tu trabajo diario es leer, tienes que hacer algo para que el resto de tus lecturas no parezcan también trabajo. Leer como antes requiere toda una estrategia. Yo esta semana me he apuntado a una comida popular y a un campeonato de parchís por gusto y también por acabar la tarde en casa de mi abuela bajo cuatro mantas o con los pies metidos en el brasero, que son los únicos dos lugares habitables en diciembre dentro de una casa centenaria de la meseta norte. Los dos lugares donde yo aprendí a leer de una sola manera: sin prisas, sin tiempo límite, sin nada en el horizonte ni nada alrededor.

Me metí en la cama de cuando éramos pequeñas, acerqué el flexo rosa pálido que ha sobrevivido mejor que mi vista. Y me puse a leer en esa casa a la que acaba de llegar internet y yo aún no he copiado la contraseña. La televisión nueva también es “inteligente”, pero todavía no estoy preparada para ceder el último espacio de mi entorno que se parece mucho a lo que fue siempre. Me gusta llegar a un lugar donde no hay mil opciones que se esfuman en ninguna. Donde si digo voy a leer, por ejemplo, lo hago.

Hay un debate intenso sobre qué hacer con los niños y adolescentes y los móviles. Un debate que tenemos sus adultos en esas redes diseñadas para no dejarnos salir. Es un cuadro de realismo contemporáneo. Es la batalla madre de nuestra generación de madres y padres. Los móviles no les están dejando ser niños todo el tiempo que corresponde. Nosotros tenemos que esforzarnos para recuperar, por ratos, hábitos de paz como el de la lectura. A ellos debemos garantizarles, por lo menos, el derecho a adquirirlos.

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