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Odio, libertad de expresión y justicia

La justicia tiene que aclarar cómo es capaz de saber que detrás de las protestas violentas que se produjeron en Cataluña alrededor del referéndum por la independencia hay terrorismo, y cómo detrás de las manifestaciones violentas en la sede del PSOE de Madrid, con mensajes llenos de insultos y amenazas, y la escenificación de una agresión simbólica al presidente del Gobierno mediante la destrucción del muñeco que lo representaba, no hay odio ni violencia. Es la conclusión obtenida tras la instrucción realizada desde el juzgado que llevaba el caso.

Esa capacidad de conocer allí donde la mayoría de la sociedad no llega es importante para que la justicia contribuya, al igual que hacen las leyes, a la función pedagógica que el Derecho tiene, bien sea en su enunciado o en su aplicación.

De paso, no estaría mal aclarar qué hay detrás de la libertad de expresión y qué es lo que se protege con su regulación. Lo comento porque no tiene mucho sentido presentar la libertad de expresión como un delito de resultado en lugar de como un derecho de las personas, y que esta se entienda según el tema abordado o la persona que se expresa. Por ejemplo, cuando el rapero Valtonyc ataca a la monarquía o defiende a ETA, se considera injurias al rey, enaltecimiento del terrorismo y amenazas; una situación similar a cuando se critican algunos temas relacionados con la religión católica, que con frecuencia tampoco se aceptan y se habla de ir contra los sentimientos religiosos. En ningún caso se entiende que la libertad de expresión ampare dichas manifestaciones, en cambio cuando se ataca a las personas que están en la política, muchas de las amenazas, insultos y diferentes formas de violencia utilizadas quedan protegidas por la libertad de expresión.

Creo que debemos de revisar algunas de estas ideas alrededor de la interpretación de este tipo de hechos, porque quienes los ejercen no lo hacen como reflejo de su libertad de expresión, sino como parte de su odio y violencia. La "libertad para expresarse" no genera odio ni violencia, ni la persona lo expresa en nombre de su libertad, sino que lo hace en nombre de esa "animadversión y deseo de mal" con el objetivo de atacar y dañar a la persona señalada. Si la sociedad le da recorrido a esa violencia y odio bajo diferentes argumentos y justificaciones que no se corresponden con su motivación real, habrá consecuencias negativas para convivir en paz y disminuir la polarización social.

La crítica a las personas públicas que ejercen la política no está reñida con el respeto a la dignidad de quienes también merecen una consideración por su compromiso con el proyecto público y democrático que supone hacer política desde cualquiera de las posiciones ideológicas a las que el pueblo les da una representación institucional. No tiene sentido que se reconozca la relevancia de la política para que en su nombre sus protagonistas puedan ser criticados, y menos aún para aceptar como parte de esa crítica expresiones y comportamientos cargados de odio y violencia.

¿Qué hubiera pasado si el parecido del muñeco con Pedro Sánchez hubiera sido mayor, significa que entonces habría sido odio y violencia?

La crítica se puede hacer sin necesidad de incluir en ella esos contenidos. Al presidente del Gobierno se le puede criticar de muchas formas, pero no tiene por qué soportar, ni la sociedad admitir, que el muñeco que lo representa se destruya a palos entre expresiones como "hay que acabar así con él", "rojo de mierda, cobra, que es lo que mereces", "tomad justicia del pueblo, bolcheviques"… Todo eso es violencia y odio, y si un juzgado, como ha concluido el que instruía los hechos, entiende que eso forma parte de la "libertad de expresión", no necesita justificarse con la contradicción de hacer creer que el muñeco en cuestión, a pesar de todas las referencias explícitas a Pedro Sánchez, no era el del presidente del Gobierno porque se trataba del muñeco de un "varón unicejo, con orejas prominentes y nariz larga", y "no reproduce la imagen del presidente del gobierno", tal y como recoge el artículo sobre el tema de José Mª Abad (El País, 17-2-24), citando la resolución judicial. Si se trata de "libertad de expresión", da igual que el muñeco se parezca más o menos a Pedro Sánchez, y si es "odio y violencia" también da igual que el muñeco se parezca más o menos al presidente del Gobierno.

 ¿Qué hubiera pasado si el parecido del muñeco con Pedro Sánchez hubiera sido mayor, significa que entonces habría sido odio y violencia?

Aceptar la violencia y el odio como parte de la crítica en nombre de la libertad de expresión es priorizar las posiciones individuales de las personas que insultan y atacan sobre la mayoría de la sociedad que las rechaza y no actúa de forma similar. Es decir, significa dejar en manos de los violentos la crítica y la escenificación de las diferencias, pues serán estas manifestaciones las que se conozcan y hacia las que caminen otras personas para que sus críticas sean también reconocidas.

Entender que un personaje público de la política "puede ser insultado y agredido verbal y simbólicamente" es potenciar la violencia y la polarización como parte de unas dinámicas que siempre irán a más y a peor. Si se le da espacio a la violencia, la violencia siempre se tomará mucho más como parte de su estrategia, pues forma parte de su esencia.

La convivencia se define sobre el respeto a las diferencias, y la democracia supone su instrumentación para que tengan un reflejo en las instituciones y sobre la realidad. Si dejamos que el odio y la violencia tomen la escena y la palabra, no habrá convivencia, sólo enfrentamientos, y difícilmente podremos encontrar entre ellos un proyecto común. Menos aún cuando esa violencia se admite en nombre de la libertad, sea de expresión o de acción.

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Miguel Lorente Acosta es médico y profesor en la Universidad de Granada y fue delegado del Gobierno para la Violencia de Género.

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