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Paran las lanchas sobre el lago Atitlán

No dejan de llegar cayucos a la isla más occidental de las Canarias. En El Hierro hay ahora mismo niños migrantes solos. Bebés migrantes solos. Los niños de Zamora salen sudando del colegio en octubre. Las hojas caen puntuales, pero las pisamos con sandalias. Hay personas en Cascais con trabajo y sin casa. Trabajar ya no es suficiente. Dicen que ha quedado muy aparente la cumbre europea en Granada, me fascina Granada, no puedo fijarme. Murieron 13 personas en unas discotecas de Murcia que tenían orden de cierre.

Una amiga se sorprendió el otro día porque dije algo sobre fregar. –¿No tienes lavavajillas? –No, no tengo paciencia para esperar a que se manche todo. Anoche me acordé de eso y de un libro que compré estrictamente por el título en una época áspera en Estados Unidos: “Fregar platos es bueno para ti”. Friego con la radio a gran volumen porque el agua sale toda disparatada del grifo, así que, a gran volumen, toda salpicada, escuché en la SER la historia de los bebés de El Hierro. Sus padres miran a los desconocidos que van a partir en el cayuco y eligen, por el rostro, la intuición, una corazonada, a la persona a quien encargar el niño durante la travesía. Al menos durante la travesía.

Los pueblos indígenas de Guatemala están parando el país. Son los que ponen el cuerpo para defender la democracia de una nación que los mantiene en los márgenes. Es su sentido de comunidad, explican. En Guatemala un presidente electo en agosto no asume el cargo hasta el 14 de enero a las 14h. Unos meses que este año duran más que nunca, porque los poderes del país, lo que allí llaman el “pacto de corruptos”, intentan evitar que Bernardo Arévalo, un intelectual progresista anticorrupción, llegue a gobernar. Han parado hasta las lanchas sobre el lago Atitlán.

Los guatemaltecos le dicen pena a la vergüenza y a mí me da pena y vergüenza que sepamos al dedillo todos los zascas políticos de la semana y tan poco de tanto que acontece en el mundo, que es nuestro alrededor

Los guatemaltecos le dicen pena a la vergüenza y a mí me da pena y vergüenza que sepamos al dedillo todos los zascas políticos de la semana y tan poco de tanto que acontece en el mundo, que es nuestro alrededor. Por el rabillo del ojo veo el libro que me espera paciente, El desmoronamiento, de George Packer, y pienso: buen resumen. Están ocurriendo crisis gravísimas, estructurales, repetidas de continente en continente, que amenazan no el bienestar sino el estar mismo, la existencia, el imperfecto mundo conocido.

Quizás evitamos mirar más al todo, detenernos, ahondar, porque da vértigo. Es más fácil imaginar soluciones de kilómetro cero, aunque también fallan, faltan. Parece placebo entretenerse con la comidilla, quedarse en la anécdota, pasar otro día. Agarrarnos a soluciones individuales para problemas que son comunes. Renunciar a la perspectiva. Que unos padres se vean obligados por la intensidad más cruel de este sistema fallido a enviar a su hijo solo en un cayuco no es una cuestión ajena, lejana. Mirar al mundo quizás sirva, sobre todo, para cultivar por lo menos la empatía. 

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