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Pequeños futuros feministas

Este año ya no hice la pancarta sola. La diseñé con mi hijo de tres años, al que ahí, sobre unos cartones y empuñando un edding morado, le dije por primera vez: vamos a hacer esto por el Día Internacional de la Mujer. A la mañana siguiente, mientras se calentaba la leche, Àngels Barceló hablaba de los “ejemplos que evidencian la brecha que todavía existe entre hombres y mujeres” y el niño interrumpió entusiasmado: “¡mujer!, como la que tenemos nosotros”. Y se fue corriendo a buscar la pancarta. 

Mi hijo piensa ahora que una mujer es una pancarta porque habíamos hablado de niñas y madres y abuelas y tías y bisabuelas y profes, pero nunca de mujeres. Hay que tener cuidado con lo que se le dice a un niño de tres años, porque quizás sea lo primero que oiga sobre algo y sentará cátedra. Asociará esa palabra inquebrantablemente a ese lugar o cosa o persona. A los supermercados los sigue llamando “Zamora” porque cuando veníamos del pueblo a la ciudad y parábamos a comprar decíamos “vamos a Zamora”. 

No conocía la palabra mujer, pero me recuerda cada día la palabra niña. Cuando le pregunto ¿qué tal con los niños del comedor?, me dice que bien, que bien “con los niños y las niñas”. Eso no se lo hemos marcado en casa y diría que tampoco en su aula de infantil: esa es su naciente pero nítida lógica. Cuando mi madre alguna vez lo va a buscar y quiere comprarnos plátanos, él se los saca del carrito y le dice que ya tenemos en casa. Cuando se come el último de la cesta por la mañana, me recuerda, a buena entendedora, que “esta tarde no tendremos plátanos para merendar”. 

Cuando le pregunto ¿qué tal con los niños del comedor?, me dice que bien, que bien “con los niños y las niñas”. Eso no se lo hemos marcado en casa y diría que tampoco en su aula de infantil: esa es su naciente pero nítida lógica

Un niño que sabe lo que hay y lo que falta me parece un buen principio. Las madres y padres feministas que no crecimos en el feminismo sentimos el latido de esa responsabilidad en nuestras manos. Las encuestas alertan de una nueva brecha: la que se ensancha más que nunca entre los adultos más jóvenes. Ellos son los más machistas y ellas, las más feministas de todas las generaciones. Yo no he entrado nunca en TikTok porque considero una prioridad preservar mi esperanza, pero me cuentan de hijos de gente estimada que especialmente ahí consumen unos discursos que son para echarse a temblar y cortar la luz.

Sé que lo que vivo ahora no durará para siempre: un niño atentísimo que se toma cada palabra que sale de mi boca como si fuera la verdad del mundo. Pero confío en que estos primeros años –dicen que los decisivos– siembren en él algo que germine después, en forma de planta bioluminescente, entre la oscuridad y el ruido que sin duda habrá. Me niego a pensar que el peso de un entretenimiento y un sistema todavía patriarcales resista a la fuerza, quizás modesta pero constante, proporcionalmente pequeña pero umbilical, de las madres y padres que cultivamos con esmero nuestros pequeños futuros feministas.

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