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Querido agresor

En su maravilloso libro Teoría King Kong, dice Virginie Despentes que, cuando se ha sufrido, la violación se convierte en algo obsesivo a lo que se vuelve todo el tiempo, un evento imposible de agotar: es fundacional. De lo que soy como escritora, como mujer que ya no es exactamente una. Es al mismo tiempo lo que me desfigura y lo que me constituye. 

No he podido escaparme de esas palabras, ni mucho menos de la violencia sexual que he sufrido. Puede incluso que ya no pueda usar otra lengua y, como diría Žižek, todo va estupendamente bien en Siberia, solo que no se encuentra tinta para escribir lo contrario.  En mi experiencia, cuando te violan cambia completamente tu visión del mundo. Lleva tiempo comprender que esto va a ser así y que no necesariamente va a ser una condena. Son muchas las cosas que tendrás que reconstruir. Me siguen resultando especialmente complejas aquellas que tienen que ver con imaginar y disfrutar un deseo y un cuerpo que no se sientan ajenos; bellas y sanadoras todas las que nacen en esos Actos colectivos de Autodefensa (s) que rescataba Berta Prieto en El País, y que se tejen por miles de mujeres con formas preciosas, como si de un manto protector se tratara, los días como el que aparecieron los testimonios de la violencia sexual ejercida por Carlos Vermut. Sin embargo, aún me resulta frustrante lo que habita en la exploración de esa idea maravillosa de Laura Llevadot de que esta es una herida que existía antes que yo. Y es que, pese al manto que llevo puesto, no he podido avanzar con la misma fortuna en los otros caminos que sé que debo recorrer para vaciar de una vez por todas ese acontecimiento, el haber sido violada. Y todos ellos tienen algo en común, y es que no veo forma de hacerlos sin ellos, los agresores, o al menos el mío, y todos aquellos que sostienen, sostuvieron y sostendrán la posición que les permitió hacerme a mí también (a todas las que hayáis sido violadas) esta herida. ¿Qué podemos decirles a los agresores que haga que esto cambie (o sin que, al menos, recibamos la bronca de alguna feminista por llegar a enfadaros)? ¿Cómo acabar con la violencia sexual sin cambiar a los que la ejercen? ¿Qué decirte, agresor? 

Me pregunto si piensas en esto tanto como yo, como nosotras. Si cuando te vas a masturbar, a tener sexo con otra, a mirarte en el espejo, cuando sales de la ducha y te envuelves con una toalla o te metes en la cama desnudo, te acuerdas de mí. ¿Te acuerdas de mí cuando ves a otras mujeres u otras niñas? Dime que tenía yo algo de especial. ¿Te acuerdas de mí cuando te corres? ¿Oyes mi voz aunque no esté? ¿Me ves entre la gente? ¿Te arrepientes? ¿Sientes la culpa que yo siento?

Pese al manto que llevo puesto, no he podido avanzar con la misma fortuna en los otros caminos que sé que debo recorrer para vaciar de una vez por todas ese acontecimiento, el haber sido violada

No sé si te has dado cuenta de que algunas cosas han cambiado. Ahora hablamos, ahora hablo de ello. Leí un libro genial sobre el consentimiento de Vanessa Springora en el que dice que, tras la liberación de las costumbres sexuales, se está liberando la voz de las víctimas de violencia sexual, y que lo que ha cambiado es que ya no cuela que los agresores como tú y los que os apoyan con silencios y banalizaciones, os salvéis fustigando el puritanismo del momento. Como el director al que acusaron el otro día, que se justificó en el sexo duro. Como lo del futbolista, como lo del entrenador. Como si a las mujeres no nos gustara el sexo duro, un beso apasionado o hacerlo en el baño. Tú y yo sabemos que ese no es el problema. Me pregunto si podrías leer el libro sin arcadas. Supongo que sí y ese sí es el problema, porque probablemente sigas pensando que no fue para tanto. ¿Qué hacemos? ¿Cómo te digo esto sin que te sientas mal? Lo cierto es que me has destrozado la vida. Pero no dejo de pensar que tiene que haber una forma de resolver esto. Y con esto me refiero a que no vuelva a suceder. No me refiero solo a que no me toques de nuevo, me refiero a que ningún agresor como tú se vuelva a sentir impune. Por el miedo. Siento miedo a todas horas, todo el rato. Pero no de ti, sino de no tener ganas de vivir, de ahogarme en la idea de que si consiguiera ser otra esto no me pasaría, de atraparme en la voluntad de llegar a ser esa otra mujer que nunca tocaste. A veces pena. Veo a otras tantas que habitan entre lo que son y lo que les hicieron tíos como tú... Siento asco por tu indiferencia.

¿Cómo se acaba con lo que hacen los hombres como tú? Seguro que lo has leído y te has llenado de razones el pecho, hay mujeres feministas que creen que no debemos deciros nada malo, nada que pueda espantaros de la causa del feminismo. ¿Qué pensarás tú del feminismo? Ha salido una encuesta que dice que el 44% de los hombres se siente discriminado porque la igualdad ha ido demasiado lejos. Tengo claro que estás entre ellos. Para mí lo fácil sería simplemente que no existieras, que desaparecieses para siempre.  Pero lo feminista, con lo que me he comprometido, es hacerte cambiar de opinión. Soy feminista por superviviencia. Me he hecho una militante feminista por ti. Quiero de verdad saber si lo que hacías lo hacías por placer, porque eras un enfermo, o simple y llanamente porque podías, porque yo no valía lo mismo que tú y querías recordármelo. No tengo forma de decirte esto y que no te parezca mal. La única diferencia es que ya no me da miedo hacerlo, solo siento el deseo de cambiar. ¿Lo sientes tú? Eso sí sería reparación. Quiero que cambies de opinión porque, de verdad, quiero vivir en paz. Que todas lo hagamos. Y de verdad que hay cosas que han cambiado. La pregunta es ¿has cambiado tú? ¿Qué quieres hacer a partir de  ahora, querido agresor? 

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