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Yo vi a un Rubiales en Conil

Alexandra Gil

Desde que a las mujeres nos ha dado por no dejar que nos toqueteen sin nuestro consentimiento, la machosfera vive desubicada. Algunos no saben dónde vemos el machismo en nuestro día a día, cuando cada vez es más evidente que los últimos reductos de ese cáncer social se refugian en cuatro tristes palabras: “Tampoco es para tanto”. Suele pronunciarlas un hombre (claro), al que probablemente nunca han puesto la mano en la cintura para alcanzar un vaso no tan lejano en la barra del bar, al que no han intimidado por ser hombre, al que no han sobado aprovechando la multitud en un autobús, la cercanía de una amistad o la copa de más en una fiesta de cumpleaños.

Quizá el hartazgo ante el baboseo que presenciamos tras la final de la Copa Mundial Femenina nos remite a muchas de nosotras a tantos momentos vividos en bares, calles, oficinas, o trenes, y con toda seguridad verlo plasmado, precisamente, en el fotograma de la conquista histórica de las campeonas haya sido al mismo tiempo la gota que ha colmado el vaso y la definición, en esencia, de lo que ocurre cuando las mujeres vamos adueñándonos de espacios que también son nuestros: el tufo machirulo, que nunca se aleja demasiado y siempre anda acechando, te recuerda a ti, anónima o campeona del mundo, que mañana después de la resaca tendrás que levantarte, lavarte la cara, alzar la barbilla y seguir peleando ese espacio.

Y si nosotras nos vemos reflejadas en la futbolista, muchos son conscientes hoy de que un día también fueron Rubiales. Los reconoceréis hoy porque se esconden detrás de esas cuatro palabras malditas, guardan un silencio atronador o andan por redes diciendo que todo esto se ha ido de madre, o que hay que entender que en España somos así, muy tocones. Pocas cosas me sacan más de quicio que el manoseo que de la palabra España hacen quienes menos parecen apreciarla. Añoran un país que superó con el esfuerzo de muchas unos tics neandertales cuyas consecuencias sólo pagábamos nosotras, las mujeres, y no están dispuestos a asumir que hoy, como ayer, es muy español tocarse, abrazarse, besarse, sí, pero los avances feministas que tantos países de nuestro entorno envidian hacen que por encima de todo, hoy sea todavía más español hacerlo con consentimiento.

El tufo a pasado se quedó ahí, en otro tiempo, donde también debió quedarse el beso que nadie pidió, las zarpas de las fieras desbocadas, las peores disculpas de la historia, el machismo disfrazado de euforia

Yo vi a un Rubiales en Conil. Era una de estas noches de verano ligeras, en las que se te olvida por momentos si es sábado o miércoles, en las que la brisa marinera parece invadir las callejuelas, suena ese suave bullicio para el que los franceses tienen una palabra propia, ‘brouhaha’, una hermosa expresión que hace bailar al ruido y que tan bien define la melodía de un paseo cálido en compañía. Una de esas noches en familia, en la que te sientes también acompañada de todos esos desconocidos que descansan, piden helados, charlan sentados en bancos, sonríen. Mi hijo iba mirando las luces de las farolas gaditanas cuando vi a lo lejos a tres veinteañeras haciéndose un selfie. Recuerdo sonreír a las chicas como quien lanza un beso en la distancia a su propia juventud.

Empecé entonces a notar que a la brisa marinera la inundaba un hedor nauseabundo. El brouhaha ligero fue alejándose al tiempo que se oía a un chulito que ya rondaba los cincuenta años y que al ver la misma estampa veraniega que yo, no le dio por sonreír sino por babear en voz alta, contando a sus cinco colegas y al resto de transeúntes lo que él haría a cada una de ellas ‘si se dejaban’.  Miré a mi bebé y después al orangután manteniéndole la mirada con los ojos como platos, para ver si así comprendía que todo mi empeño en la vida consiste hoy en educar a mi hijo para que jamás se convierta en algo así.

No contento con su performance del medievo, se acercó también a ellas, porque la calle era suya y las chicas estaban allí como figurantes para su deleite. Estropeó su momento, porque interrumpió con sus garras, insistiéndoles en hacerles él la foto. Se encargó personalmente de coger uno de los móviles, posar la mano en el hombro de las chicas, acercarse demasiado. Ellas se miraban incómodas preparándose para una foto que no habían pedido y él balbuceó una de esas frases que imaginas en blanco y negro que, por suerte para mí, ya oí desde muy lejos. “¡Joder! ¡Guapísimas! Yo de verdad, no sé qué tiene el aire de Conil que estáis todas espectaculares”. Me di la vuelta y ellas trataban de recuperar el móvil y seguir a lo suyo con un señor que se quedaba inmóvil junto a ellas y que sorprendentemente pensaba para sus adentros que esa noche acababa en premio.

Cogimos la siguiente callejuela mientras la rabia y la vergüenza ajena iban dejando paso de nuevo al sonido de una noche de verano. El tufo a pasado se quedó ahí, en otro tiempo, donde también debió quedarse el beso que nadie pidió, las zarpas de las fieras desbocadas, las peores disculpas de la historia, el machismo disfrazado de euforia.

Ya había vuelto el olor a brisa.

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