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El domingo 31 a medianoche terminará el día, terminará el mes de diciembre, terminará el año. Un cierre exacto para empezar la agenda y volver a llevar la cuenta que se difumina en esta semana extraña entre Navidad y Nochevieja. Un cierre que refuerza la idea, la ilusión, de que algo nuevo comienza al pasar la página, de que tenemos derecho a una en blanco libre de los tachones y los pendientes del año anterior. Marcador a cero, promesa, posibilidad.

Las Navidades son más o menos optativas, pero del momento fin de año no escapa nadie. Todos tendremos que comenzar un calendario y acostumbrarnos a escribir y a decir “de 2024”. A todos nos han pasado ya por delante de los ojos balances de los mejores libros y las mejores películas y los mejores momentos; también de los hechos más relevantes, buenos y malos, gracias al periodismo que aún aspira a cierto equilibrio, a reflejar la complejidad. Los resúmenes de las redes sociales, picaditos, alla videoclip, reforzarán sin embargo la idea de que la vida es lo que pasa en un yate o sobre unos esquís o el día del concierto. Una medida distorsionada de vivir. 

Al nuevo año se le suelen pedir más viajes, cuando quizás nos hagan falta mejores lunes. Un día a día del que tengamos menos necesidad de “escapar”. El año hay que vivirlo en todos sus días y el mejor deseo sería poder recordarlos. Hallar lo extraordinario en las fechas sin marcar. Romantizar lo pequeñito, lo que tenemos siempre al alcance, aquello que nos sostiene también un oscuro martes de febrero. Incluir en nuestro balance de 2024 algo que hayamos hecho enésimas veces, una feliz rutina, un asidero.

Tengo una amiga que siempre desea “tranquilidad” en sus felicitaciones. Parece un deseo poco ambicioso, pero es el que lo es más. Te invita a dar las gracias por lo que no tienes. Las preocupaciones, las enfermedades, las pérdidas que no te han tocado

Tengo una gran amiga que siempre desea “tranquilidad” en sus felicitaciones. Parece un deseo poco ambicioso, pero es el que lo es más. También te invita a dar las gracias por lo que no tienes. Las preocupaciones, las enfermedades, las pérdidas que no te han tocado. Eso también hace a un año. Eso sobre todo hace a un año, aunque cuando no nos toca no podamos verlo. Por eso creo que si hacemos un balance más periodístico que instagramer de nuestro 2023 es probable que nos quede menos épico, pero quizás amable. Aunque sea sólo porque, como cantaba Jarabe de Palo, hemos nacido en la cara buena del mundo. Y, como mínimo, hay que ser conscientes y, en el mejor de los casos, agradecidos.

Nos podemos apertrechar de agendas y Google calendars, pero la realidad es que de 2024 no sabemos realmente nada; es, lo es de verdad, una página en blanco. El escritor Pedro Mairal dijo “si no podés con la vida, probá con la vidita”. La vidita está más cerca de nuestro control. Con esa idea, yo estoy siguiendo la recomendación del periodista Mario Tascón y voy a ir atravesando el nuevo año con un bullet journal, un cuaderno analógico y de creación personal donde asir el tiempo para no tener que afirmar nunca que ha volado, que se escapó, dónde estabas entonces. Un cuaderno donde honrar la vidita, las tantísimas horas no asignadas. Sobre la vida en 2024 no sabemos nada, pero por la vidita haremos todo lo posible. Que sea alegre y tranquilo para todos.

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