Inmigración: la (des)memoria selectiva

No es fácil, ante un documento en blanco en la pantalla, comenzar a escribir sobre un tema que despierta emociones de todo tipo y pone sobre la mesa contradicciones propias y ajenas alimentadas por la maraña de datos e imágenes que diariamente despachan las cadenas de televisión y radio y las redes sociales: la migración hacia Europa.

En este blog no se ha tratado hasta ahora este asunto pero quienes formamos parte del colectivo Foro Milicia y Democracia no podemos permanecer ajenos a la despiadada realidad que arroja cifras escalofriantes de muertes entre los miles y miles de personas que cada año tratan de alcanzar un puerto en este lado del Mediterráneo para poner fin a su agónica existencia. Prefieren correr el riesgo de morir en pocos minutos y ser pasto de los peces que la muerte lenta y segura que supone en muchísimos casos continuar bajo las condiciones de penosidad perpetua que les ha tocado vivir por haber nacido en determinado lugar o tiempo. Europa, España, no pueden permanecer impasibles ante la tragedia constante de los ahogados en nuestro mar común, ahora enrojecido por la sangre de miles de seres humanos. No pueden obviarlo los gobiernos ni debe aceptarlo la sociedad. Acudir en ayuda de esas pobres gentes cuando peligra su vida es un mandato legal: Declaración Universal de Derechos Humanos, Convención de Ginebra, Carta de Derechos Fundamentales de la UE, Convención de NNUU y Derecho del Mar. Pero es también una obligación moral.

No cabe duda de que las migraciones siempre han existido y su frecuencia e intensidad derivan de acontecimientos sobrevenidos por causas naturales, guerras, hambrunas u otras causas. Las migraciones ocurren en muchas otras partes del mundo como en el Sudeste asiático, en la península arábiga o en América, pero en esta ocasión voy a referirme a “mi negociado”, a Europa. Está poco justificado que nos importe más lo que ocurre con este fenómeno humano en el Mediterráneo y en el interior de nuestra “fortaleza” europea que en otros lugares del planeta, pero es por otra parte comprensible que la proximidad del problema nos haga más sensibles. Todos hemos visto con nuestros propios ojos grupos de inmigrantes deambulando por calles y playas y reparamos en ellos  por su color de piel o por su indumentaria, aunque según la estadísticas son muchísimos más lo que pasan desapercibidos porque son como nosotros, caucásicos, incluso rubios y bien parecidos y no llegan en pateras u ocultos en camiones, sino por los aeropuertos y estaciones de tren o autobús.

Este fenómeno migratorio, el más importante desde la Segunda Guerra Mundial, se ha agudizado en los últimos años, con un repunte en 2015, año en el que entraron en la Unión Europea más de un millón de personas. Su procedencia mayoritaria era Oriente Medio, África, Asia del Sur y los Balcanes, movimiento migratorio forzado que obedece a diversas causas como los conflictos armados, pobreza extrema, violaciones masivas de derechos humanos o cambio climático en el que la parte más vulnerable, mujeres y niños, está expuesta a la depredación humana por parte de las redes delictivas internacionales.

Inacción gubernamental

La reciente crisis humanitaria creada por el tratamiento que han recibido los centenares de inmigrantes rescatados en el mar por barcos de diferentes ONG ha puesto de manifiesto la inacción de los gobiernos concernidos, en especial los de Malta, Italia y España por ser la frontera sur, y la de las instituciones correspondientes de la UE. Sólo la enorme presión ejercida por algunas organizaciones con el inestimable empuje de la opinión pública a través de las redes sociales ha llevado  a “buen puerto” –aunque no siempre– a esas pobres gentes desesperadas (pendientes de un seguimiento a un destino final incierto) si es que no han terminado en el fondo del mar. Pero ¿de qué magnitudes estamos hablando? ¿que incidencia real tiene en nuestras vidas la llegada de esos miles de inmigrantes aparte de la atención momentánea a las imágenes de los telediarios?

Por tomar un ejemplo (datos de Eurostat), en 2016 la emigración en el seno de la UE fue de 4,3 millones de personas, cifra que incluye los flujos de migración a o desde la UE en general, pues se incluyen movimientos de población entre diferentes Estados miembros. De ese total de migrantes, sólo dos millones eran ciudadanos de terceros países, 1,3 millones tenían la nacionalidad de un Estado miembro y cerca de un millón migraron a un Estado miembro del que tenían la nacionalidad, por ejemplo nacionales retornados o nacidos en el extranjero. Es decir, unos dos millones de personas procedentes de terceros países, incluyendo naturalmente no sólo migrantes económicos, refugiados y demandantes de asilo, sino también a los profesionales de todo tipo representando a empresas, instituciones y gobiernos, los llamados expatriados.

Riqueza para nuestra sociedad

Partamos de la base de que la Unión Europea tiene una población de algo más de 500 millones de habitantes, la tercera del mundo después de China y la India. En ella viven unos 22 millones de personas procedentes de terceros países, lo que supone apenas un 4% del total. La distribución de extranjeros no UE por países va desde los 5,2 millones en Alemania (6,3% de su población) hasta los 13.300 en Lituania (0,5% de su población). España se sitúa en cuarto lugar en términos absolutos con 2,5 millones de extranjeros de terceros países (5,3% de su población) y en octavo lugar en porcentaje (según datos de Eurostat, 2017). Por cierto, un caso particular lo conforma Luxemburgo que, con más del 40% de extranjeros en su población de 600.000 habitantes, es el segundo país del mundo en PIB per capita y el más rico de la UE.

"Los inmigrantes no quitan trabajo a los españoles, sino que ocupan los puestos que ellos no quieren", concluye un informe de CCOO

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Pero no quiero ser indigesto con más datos. Lo que quiero explicar, algo que muchos autores han escrito en estas páginas, es que la inmigración que estamos recibiendo desde hace años, procedente de países no UE, no supone invasión alguna, como tratan de presentar ciertos líderes políticos de las derechas, ni merma de la calidad de vida de que gozamos en nuestra Unión que, por muy mejorable que sea en tantos aspectos, no deja de ser el espacio social más avanzado del mundo. En ese sentido, parece infundada y confusa, en mi opinión, la reciente creación de una vicepresidencia en el seno de la Comisión Europea, encargada de la protección de “nuestro estilo de vida europeo” (Protecting Our European way of life). ¿Qué estilo de vida quiere proteger la flamante presidenta Ursula von der Leyen? ¿El de Grecia, de donde procede Margaritis Schinas, vicepresidente responsable de guardar esa quintaesencia? ¿El estilo de vida sueco, portugués, lituano, tal vez el chipriota...? No quiero pensar que sea un guiño a ciertos países del Este para que no pongan más palos en la rueda hacia una mayor integración europea, como expliqué en mi precedente entrada en este blog. Pues bien, al parecer en la Comisión se lo han pensado bien y esa vicepresidencia será relevada de tamaña responsabilidad, tantas han sido las voces que se han alzado contra la brillante idea.

La llegada de inmigrantes, sean nacionales de otros Estados miembros o de terceros países, es favorable para Europa, en primer lugar atendiendo a su decadencia demográfica. La inmigración ha sido necesaria, lo es actualmente y lo seguirá siendo durante décadas. Ahora bien, con las limitaciones y controles -siempre ajustados a derecho- que sean necesarios para no agudizar los eventuales problemas que cada país tenga en cada momento. Las políticas de puertas abiertas, sin más, no conducirían a mejorar nuestra situación económica y desde luego no facilitarían la cohesión y la paz social. En España, aunque ha registrado en la última década alrededor de 130.000 entradas irregulares de inmigrantes, no ha supuesto ninguna alerta real que no sea la orquestada por medios de comunicación sensacionalistas, obedientes a determinados intereses partidistas o empresariales. Mención aparte merecen los refugiados y las gentes en extrema necesidad que, por mucho que estén incrustados en nuestras retinas por obra de las imágenes televisivas, no dejan de ser una minoría dentro de las cifras totales de migrantes hacia Europa.

Recordemos que los Estados Unidos, esa gran nación otrora pujante y dominante desde hace ya más de un siglo, se formó y se fortaleció con oleadas masivas de migrantes de todas las partes del mundo (entre ellos Albert Einstein, Nikola Tesla, Sergei Brin y tantos otros). Recordemos también la solidaridad mostrada por México, Venezuela, Uruguay o Chile al aceptar a finales de los años 30 a los inmigrantes que escapaban de la persecución y la miseria de la España negra del régimen franquista, o los brazos abiertos de Alemania, Francia, Suiza o Bélgica a los trabajadores españoles de las capas más desfavorecidas a partir de 1959. Remontemos un poco en la historia de esta gran nación de naciones que es España: por nuestras venas corre sangre romana, sangre goda y sangre mora. ¡Despojémonos de la (des)memoria selectiva!

No es fácil, ante un documento en blanco en la pantalla, comenzar a escribir sobre un tema que despierta emociones de todo tipo y pone sobre la mesa contradicciones propias y ajenas alimentadas por la maraña de datos e imágenes que diariamente despachan las cadenas de televisión y radio y las redes sociales: la migración hacia Europa.

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