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Juana Rivas está en la luna

O al menos, allí deberíamos mirar para entender su caso, y no sólo al dedo que señala. Porque por mucho que la estrategia judicial que ha seguido o le han aconsejado sea más que dudosa, centrarnos en ella es mirar el dedo que apunta, sin más, al enigmático satélite.

Este caso tiene muchas derivadas. La primera y fundamental, el futuro tanto de Juana, declarada prófuga, como de sus dos hijos. Su historia desaparecerá tarde o temprano de los medios y se encontrarán a solas con su drama, como recuerdan algunas compañeras.

La segunda, sin lugar a dudas, es jurídica, y tiene que ver no sólo con aspectos procesales —hay que recordar que los menores no han sido escuchados o que no se han solicitado pruebas periciales por parte de gabinetes psicosociales especializados—, sino también con una interpretación del Derecho que para nada prioriza el bienestar de los menores ni a las víctimas de violencia machista. Juristas especializadas con las que he tenido ocasión de contrastar este tema no dan crédito al desarrollo de este caso.

Y la tercera alude a una cuestión de fondo: si la condena a la violencia machista parece ya algo admitido, que entra dentro del discurso habitual, si cada vez que hay un asesinato se suceden las muestras de repulsa por parte de sectores cada vez más amplios de la sociedad, y si acabamos de ver cómo se aprobaba por unanimidad en el Congreso de los Diputados un Pacto de Estado contra la violencia de género con 200 medidas y 1.000 millones de euros —que, por cierto, prohíbe la custodia compartida en caso de maltrato—, ¿cómo es posible que casos como el de Juana hayan llegado tan lejos? ¿Cómo es posible que, según fuentes oficiales, el número de mujeres asesinadas por violencia machista hasta mayo de 2017 haya crecido un 47% respecto al año anterior y las denuncias del primer trimestre un 19%? ¿Cómo es posible que sigan produciéndose agresiones machistas con motivo de cualquier fiesta patronal? ¿Cómo es posible que, además, algunos individuos se mofen de todo esto editando chapas con la consigna "Chupa y calla"? Y por último —para no cansarles—, ¿cómo es posible que aparezcan artículos de opinión —que no citaré para no darles publicidad— que relacionen estos hechos con lo que para su autor es la conculcación de las "virtudes domésticas" de las mujeres apoyada por el movimiento feminista?

Sé que estos asuntos no son exactamente idénticos y no pueden ponerse en el mismo saco —aunque comparten raíces comunes—, pero es indudable que una cosa es el mundo del discurso y de lo políticamente correcto y otra muy diferente el de los valores, las actitudes de fondo y los comportamientos arraigados en la sociedad.

Por eso, dramas como el de Juana, además de ser resueltos de la forma más pragmática posible para preservar y garantizar su bienestar y el de sus hijos, deberían servirnos para mirar la luna y no sólo el dedo que la señala.

No es equidistancia, es evitar trampas para elefantes

Casos como el que nos ocupa y otros muchos son la punta del iceberg de una sociedad a la que le está costando demasiado despojarse de valores y actitudes profundamente machistas que emergen a cada ocasión. Modelos patriarcales que se siguen viendo en las cifras de violencia de género que el propio Observatorio contra la violencia doméstica y de género —integrado en el Consejo General del Poder Judicial— recoge alertando de su crecimiento, en el 30% de diferencia salarial entre hombres y mujeres, en la división de roles que permanece tanto en el espacio público como en el privado o en el lenguaje recurrentemente machista de la publicidad, por poner algunos ejemplos.

Pensábamos que los sustratos machistas de la sociedad se irían erosionando a medida que se consolidasen la educación, la modernidad y la democracia. Sin embargo, hoy vemos que —pese a lo mucho avanzado, sin duda—, seguimos teniendo una realidad alarmante que nos señala que los valores machistas están mucho más arraigados de lo que podía creerse, y no parece que estemos trasmitiendo cosas muy diferentes a los jóvenes. Según datos del INE (2015), 9 de cada 10 jóvenes admiten haber ejercido violencia psicológica sobre su pareja, y según la Macroencuesta 2015, la violencia de control se da en un 21% de las relaciones sentimentales en jóvenes de 16 a 19 años, cifra que dobla a la del resto de segmentos de edad.

Estamos ante un desafío de la sociedad en su conjunto. El caso de Juana Rivas —como el de otras mujeres en situaciones iguales o similares— debería ser una oportunidad para profundizar en esta realidad que es el machismo estructural en el que todavía vivimos y del que sólo podremos librarnos si el conjunto de instituciones, actores sociales y políticos nos alineamos sin fisuras. El de Juana puede ser un caso para ello. Una ocasión para demostrar que detrás del Pacto de Estado contra la violencia de género, detrás de las instancias judiciales que emiten informes con cifras alarmantes y detrás de cada concentración de repulsa tras un asesinato, hay una auténtica alianza social sin fisuras contra el machismo.

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