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Luces Rojas

La proporcionalidad es mayoritaria

Jorge Urdánoz Ganuza

El sistema electoral español no atraviesa su mejor momento en lo que a popularidad se refiere. Los partidos emergentes lo señalan al unísono como fuente de muchos de los males que han infestado nuestro sistema político; los movimientos populares de protesta –especialmente el 15-M– coinciden en ese análisis; y, en fin, la ciudadanía no parece especialmente satisfecha, por decirlo suavemente, con el funcionamiento institucional que tal sistema promueve.

La adopción de nuestro actual modelo electoral se hizo, como casi todo, durante la Transición. En concreto en 1976, durante el último gobierno de la dictadura. Su diseño es, por tanto, anterior a la Constitución, si bien los partidos que hicieron la Constitución -que habían sido elegidos con ese sistema, claro- lo incluyeron en el texto y, de ese modo, lo blindaron ante posibles reformas. La historia de cómo y por qué se adoptó y constitucionalizó el sistema es interesantísima, y en ella se revela de modo palmario hasta qué punto los grandes discursos y las hermosas palabras pronunciadas para el público no son, en ocasiones, otra cosa que un disfraz confeccionado para esconder intereses mucho más pedestres (véase aquí o aquí). Pero como me temo que en este artículo toda esa historia no cabe, me detendré tan solo en uno de sus flecos.

Durante la transición sólo un partido político -la Alianza Popular de Fraga, heredera directa del franquismo- abogó claramente por los modelos denominados habitualmente “mayoritarios”. Se trata, como es sabido, de sistemas en los que hay tantos distritos como escaños a elegir en el parlamento, de tal manera que en cada distrito solo es elegido un diputado. Aunque la Ciencia Política sigue llamando “mayoritarios” a tales sistemas, a mi juicio eso es un error, y especialmente grave. Para no caer en él y perpetuarlo, aquí los llamaré “británicos”.

Como les decía, solo AP defendió durante la transición un modelo británico para España. El resto de las formaciones, desde el centro derecha de UCD hasta el Partido Comunista de Carrillo, abogaban por un sistema proporcional. Salvadas las distancias, se trata de una situación que llega hasta nuestros días. Solo Vox, un partido a la derecha del PP, defiende hoy sin titubeos la adopción de un sistema electoral británico.

Este tipo de modelos sigue, con todo, ejerciendo cierta influencia en determinados sectores. Algunos de esos sectores son claramente cercanos al PP. Yolanda Barcina, presidenta de Navarra, ha lanzado ya varias tiradillas en ese sentido. Y Francisco Camps, expresidente de Valencia, leyó una tesis -hemos de creer que escrita por él, si bien todo indica que la copió- en la que defiende los sistema británicos. Otros sectores en esa línea no son del PP, aunque desde luego tampoco están en la izquierda. Se trata de intelectuales como César Molinas o integrantes de think tanks como Fedea, que en ocasiones han abogado por irnos a un modelo británico.

A mi juicio, la adopción de un sistema de distritos en España sería un error de dimensiones impredecibles. En primer lugar porque lo último que necesita un país con una historia como la nuestra -y aquí sigo a alguien tan poco sospechoso de “guerracivilismo izquierdista” como Torcuato Fernández de Miranda, uno de los artífices en la sombra de la transición, que dejó escritas páginas muy lúcidas a favor de la proporcionalidad en España- es un sistema electoral que, en vez de integrar y concertar, lo que hace es promover la polarización. Porque lo que los sistemas británicos incentivan son -como sus mismos defensores aducen- dinámicas bipartidistas.

Que todos nuevos partidos -UPyD, Ciudadanos, Podemos, Equo, por citar solo los más relevantes- aboguen por un sistema proporcional e integrador es, en este sentido, una buena noticia “histórica” (perdónenme la exageración). Parece haber llegado a su fin el secular enfrentamiento a dos en el que uno tiene toda la razón -y la tiene de modo perfecto, absoluto, acabado- y el otro tan solo puede representar el error y la ignorancia. Nos vamos a un escenario plural, en el que van a coexistir muchas voces. Y eso hará que nuestro oído se acostumbre a escuchar la parte de verdad que hay en otros discursos que no son el propio, lo cual nos obligará a dejar de pensar en que es mi bando el que tiene siempre la razón de su lado… con absoluta independencia de lo que diga. En vez de dos equipos de los que obligatoriamente hay que “ser”, vamos a tener varias voces que nos tendrán que “convencer”. Es una muy buena noticia.

Los sistemas británicos no son una buena opción, además, porque el sistema de partidos que probablemente arrojarían ahora en España sería cualquier cosa menos recomendable. Lo que acaba de ocurrir en la propia tierra que dio a luz a la criatura no deja lugar a dudas. Cameron ha logrado en el Reino Unido una mayoría absoluta de los escaños, cierto, pero no tiene, ni de lejos, una mayoría social detrás. Su respaldo en votos -que son, hasta dónde yo entiendo, los que miden la voluntad de la gente- ha sido del 36,9%. Los británicos son, desde luego, muy libres de regirse a sí mismos como consideren oportuno, por descontado, pero yo no quiero que en España nos gobierne una minoría, por mucho que sea la mayor de todas. Prefiero que nos juntemos, hablemos y lleguemos a acuerdos entre todos cada cuatro años. No solo no hay nada de “ingobernable” en eso -no escuchen a los altavoces del bipartidismo- sino que, más bien al contrario, en la inmensa mayoría de las democracias europeas que nos deben servir de ejemplo, lo hacen sin ningún problema. Y les va de maravilla.

Por lo demás, que la “ciencia” política siga denominando “mayoritarios” a los sistemas británicos es para mí uno de los mayores misterios de las ciencias sociales. Que, además, se les retire ese título a los sistemas proporcionales -en los que por obligación el gobierno tiene que estar sustentado por una mayoría social, por mucho que sea en coalición- roza ya el terreno de lo sobrenatural. Pero, aunque lo es en casi todas las ciencias, intuyo que en la ciencia de la política es especialmente difícil delimitar dónde acaba la una y dónde empieza la otra…

Así que, como digo en el título, a mi juicio la proporcionalidad es mayoritaria. Lo es en primer lugar en España -desde un punto de vista empírico- porque excepto opciones muy a la derecha como AP y Vox, y excepto ciertos francotiradores sueltos, la inmensa mayoría de los españoles compartimos los valores de la representación proporcional. Y lo es en segundo lugar en buena lógica democrática -desde un punto de vista científico- porque solo cuando existe proporcionalidad en los resultados electorales el gobierno va a ser con toda seguridad mayoritario. Esto es: va a tener detrás una mayoría social. Siendo ello así, ojalá los nuevos partidos tengan éxito en su lucha por un sistema electoral verdaderamente proporcional… y por eso mismo verdaderamente mayoritario.

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Jorge Urdanoz es profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Pública de Navarra.Su blog es www.20destellos.com.

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