Miguel Ángel Blanco, algunos matices inoportunos

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El asesinato de Miguel Ángel Blanco no fue uno más. Si eres español y tienes más de 30 años, es probable que recuerdes muy bien dónde estabas en aquellas horas terribles del 11 y 12 de julio de 1997. La angustia que el país entero sufrió por el ultimátum de ETA, la tensión al observar el comportamiento del Gobierno extorsionado, el golpazo cruel de la noticia, el llanto tras la muerte. La brutal secuencia es uno de los más nítidos momentos – “Hipercor” fue el otro –  para la constatación de que ETA era sólo una banda de descerebrados asesinos.

Por la importancia de ese momento, que ha quedado grabado en nuestra memoria colectiva, no puedo entender el jueguecito de pequeñeces entre unos y otros que se ha montado a cuenta de los homenajes al valiente concejal. No puedo entender ni a quienes se rasgan las vestiduras porque los concejales de uno u otro partido firman o no una moción o deciden poner o no una imagen, ni menos aún puedo entender la torpeza de esos mismos ediles permitiendo el uso político de la muerte de un inocente hace 20 años. El miércoles, en una tertulia de televisión con algunos colegas conservadores, trataba de explicar – con poco éxito – que estar en contra sin excusas de la violencia de ETA, condenar sus acciones y unirse públicamente al rechazo del terrorismo, no es incompatible con no querer firmar un determinado texto o poner un cartel concreto. Decía también – mis contertulios quedaron ahí más complacidos aunque los matices siempre les confunden – que de ser yo alcalde de Madrid habría hecho todo lo posible para que la familia de Blanco y la ciudad entera, no pudiera esgrimir ni un solo elemento para afirmar que yo no estoy del lado de los pacíficos sino del de los asesinos.

Pues bien, despreciar a los criminales y sentirme del lado de la familia de Miguel Angel y de todos cuantos sufren las consecuencias de la imbecilidad de los paletos de ETA, tampoco me hace olvidar lo que sucedió antes y después del asesinato del 12 de julio.

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Poco antes la Policía y la Guardia Civil habían liberado a José Antonio Ortega Lara, al que ETA había tenido secuestrado durante un año y medio en condiciones infrahumanas, en un zulo de nueve metros cuadrados. Los terroristas pedían el acercamiento de los presos a cárceles del País Vasco, una de las viejas demandas que aún hoy sigue vigente. Tan solo una semana después de la liberación, la banda secuestró a Blanco, una pieza tan valiente – hacía falta serlo para militar en el PP en la Ermua de entonces – como fácil, porque el joven se movía sin escolta. El chantaje de los asesinos tuvo como justificación, de nuevo, el acercamiento de los presos. El Gobierno no cedió – es curioso que nadie se lo pidiera en esas 48 horas fatídicas -, y lo mataron.

Pues bien, dos años después, exactamente el día 19 de mayo de 1999, tras una declaración de tregua indefinida, el Gobierno de Aznar se reunía en Zúrich con la banda. No eran cuatro pelados, no: por parte del Gobierno, el secretario de Estado de Seguridad, el secretario general de Presidencia, y – no sé qué les da este hombre – el sempiterno asesor Pedro Arriola. Algo debió comprometer el Gobierno para que al mes siguiente, el 15 de junio, el Congreso de los Diputados aprobara por unanimidad una moción para instar a "culminar el cumplimiento efectivo, en el tiempo más inmediato posible, de una nueva orientación consensuada, dinámica y flexible de la política penitenciaria, acorde con el fin de la violencia". Es decir, “si mantenéis la paz acercamos a los presos”. El Gobierno en realidad ya estaba acercándolos. Tampoco lo ocultaba demasiado. Aznar había dicho eso de que “El Gobierno y yo personalmente he autorizado contactos con el entorno del Movimiento Vasco de Liberación.” Y Mariano Rajoy, que era entonces ministro, dijo que “el Gobierno ha hecho un gesto (el acercamiento) conforme a la voluntad y el deseo de que llegue la paz". Más de 400 presos fueron acercados en aquellos años de Gobierno del PP. Y hubo unas 70 excarcelaciones de etarras condenados a más de 20 años.

Sé que en momentos de unidad contra la barbarie del asesinato, la extorsión y el secuestro, pueden no ser oportunos los matices y los recuerdos históricos. Pero sé también que si no moderamos el impulso de nuestras emociones y nos dejamos llevar sólo por las apariencias del show político, nos perdemos una buena parte de lo que está pasando. Por cierto, lo que está pasando es que en este preciso momento, ahí arriba, el Gobierno español y el Gobierno vasco están estudiando cómo acercar a los presos a las cárceles vascas.

El asesinato de Miguel Ángel Blanco no fue uno más. Si eres español y tienes más de 30 años, es probable que recuerdes muy bien dónde estabas en aquellas horas terribles del 11 y 12 de julio de 1997. La angustia que el país entero sufrió por el ultimátum de ETA, la tensión al observar el comportamiento del Gobierno extorsionado, el golpazo cruel de la noticia, el llanto tras la muerte. La brutal secuencia es uno de los más nítidos momentos – “Hipercor” fue el otro –  para la constatación de que ETA era sólo una banda de descerebrados asesinos.

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