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Actrices y actores, o la ciencia del fracaso

Aser García Rada

"El mundo del espectáculo es fiesta o hambre".

Joan Rivers (1933 - 2014). 

Un director de cine y TV nos explicaba hace poco a un grupo de colegas cómo se eligió a la protagonista de una serie española de gran éxito internacional. Entre un puñado de intérpretes conocidas se seleccionó, como usted habrá imaginado, a la que más seguidores tenía en Instagram.

El actor Aitor Luna se refería a esta “nueva dictadura” precisando que la “gente nueva” necesita al menos 20.000 followers para ser considerada, aunque otro actor me cuenta como una importante productora nacional solo valora nuevas promesas con, ¡ay mísero de mí, y ay infeliz!, al menos 40.000. Con millones de seguidores y por ahora trabajo, Miguel Herrán (La Casa de Papel) denunciaba hace poco el dolor al que arrastra el agujero negro de esta tiranía, algo que también retrata de forma maravillosa la tercera temporada de Paquita Salas.

¿Ha vencido el utilitarismo al arte? ¿Es mediocre anteponer la popularidad en redes al talento? No me lo pregunten a mí, que soy ignorante, pero lo mismo ocurre, por ejemplo, en Reino Unido o Estados Unidos. Aunque ni ser una celebridad digital implica carecer de destreza ni es conditio sine qua non para trabajar, así son nuestros tiempos modernos.

Lo que en cambio fue, es y no tiene visos de dejar de ser es la precariedad de un oficio del que apenas el 10% podemos vivir, porcentaje también similar en España, Reino Unido, o Estados Unidos. Así, más que cuándo vamos a ganar el cabezón o la estatuilla, actrices y actores nos preguntamos cuándo llegará nuestro próximo trabajo remunerado —no digamos ya el pack deluxe: ensayos pagados y alta en la seguridad social—, o si por fin este va a ser nuestro gran año.

De esta premisa parte una singular investigación en Nature Communications con la que unos matemáticos retratan la realidad audiovisual con más rigor que nuestros sueños. Sus autores, de la Queen Mary University of London, buscaron cuantificar el éxito de actores y actrices en función de la capacidad para ganarse la vida. No en la de galardones obtenidos o alfombras rojas pisadas, sino como productividad sostenida en el tiempo. El “mi premio es mi trabajo” de Katharine Hepburn.

Utilizando la Internet Movie Database -IMDb-, analizaron la actividad en cine y televisión de dos millones y medio de intérpretes de todo el mundo desde 1888 hasta 2016 para constatar que ese éxito es parcialmente predecible y que el talento no resulta determinante.

Por un lado, encontraron que la eficiencia —la relación entre el número de años activos y la extensión de toda una carrera— es impredecible, aunque las carreras largas con muchos trabajos son raras, especialmente entre las actrices. También confirmaron que la mayoría obtiene unos pocos roles y que solo un puñado llega a más de cien. Es decir, que en el sector se da el efecto Mateo, “los ricos se hacen más ricos”. De hecho, dos tercios trabajaron solo una vez, lo que afecta de nuevo más a las mujeres. Las trayectorias del resto alternaron rachas buenas de un año de duración con rachas malas de duración variable, teniendo los varones más facilidad para encontrar trabajo tras estas últimas.

Por otro, demostraron que la mayoría de artistas con recorrido disfrutaron de un annus mirabilis (año de los milagros) en el que el trabajo abundó y mediante un modelo estadístico afirman poder constatar con bastante precisión si para una actriz o actor en activo este ya ha pasado o si aun está por llegar. Y menos mal que siempre nos quedará París —salvo que arda— porque dicho año suele ubicarse, especialmente para ellas, hacia el comienzo de la carrera. Como consuelo, también corroboraron la posibilidad de reapariciones tardías, pero son casos raros y difíciles de predecir.

Resumiendo, en el showbiz hay más hambre que fiesta, una importante brecha de género, Jorge Manrique se habría inspirado en los cómicos para su “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, y el crepúsculo de los dioses es la improbable rendija de esperanza ante un destino wertheriano.

Pese a este panorama evocador de King's Landing tras la visita de Daenerys Targaryen, los investigadores enmarcan su trabajo en la “ciencia del éxito” [sic], teoría que relaciona la notoriedad con nuestra posición en una estructura en red. Según la misma y a diferencia del desempeño personal, el éxito es un logro colectivo porque depende de la percepción de los demás.

Su aplicación en las artes tiene la particularidad de que nuestra excelencia es difícil de medir. A diferencia del de la olímpica Simone Manuel, el rendimiento de Glenn Close no se puede cronometrar. Asimismo, aunque contribuyese a nuestro reconocimiento social y dependa en gran parte de este, ganar un Oscar no nos hace mejores intérpretes ni no tenerlo peores. La propia Close carece de alguno y es difícil cuestionar su talento, como también lo es discutir el de muchos intérpretes desconocidos que nos epatan en un teatro de barrio.

Otra investigación sobre artistas plásticos publicada en Science ratifica que “en áreas de actividad humana donde el desempeño es difícil de cuantificar de manera objetiva, la reputación y las redes de influencia desempeñan un papel clave en la determinación del acceso a los recursos y las recompensas”.

Los de la Queen Mary concluyen que el éxito de actrices y actores se desarrolla a partir de “eventos aleatorios arbitrarios e impredecibles que se amplifican” (los 40.000 seguidores, unos ojos azules, un maquillador al que le gustaste, una vecina directora de casting, estar en el lugar adecuado en el momento adecuado…), de modo que “su productividad, podría depender de las circunstancias y no de su capacidad para actuar”, algo que usted se habrá olido en ocasiones.

“Un productor puede ofrecer el trabajo al actor que tuvo la mejor audición o al que tiene más seguidores en Instagram, por lo que la productividad no solo es un indicador del rendimiento", rematan, confirmando sus peores sospechas.

La ciencia constata así lo que sabíamos de forma empírica, que la industria del espectáculo es esencialmente injusta. Pero, si bien debiera aplicársenos la del fracaso, nadie ha demostrado todavía que no sea posible cambiar de fortuna. Y el espectáculo sin duda continuará… aunque nosotros pasemos de danza, esgrima o canto para centrarnos en estadística y en mejorar nuestros selfis.

Aser García Rada es actor, pediatra, doctor en Medicina (UCM) y periodista freelance.

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