Plaza Pública

Cataluña-España: cuando las derechas se alinean

Manuel Cruz

No seré yo quien discuta que hacer depender la gobernabilidad de un país de una fuerza política que declara en sede parlamentaria que dicha gobernabilidad le importa un comino resulta, como poco, paradójico. Es a este tipo de paradojas al que se acoge de manera insistente la derecha para denunciar la condición frankensteiniana del gobierno de Pedro Sánchez, que para ella es sinónimo de inconsistencia y contradicciones múltiples.

Probablemente argumente así, centrándose en un detalle, para evitar poner el foco de la atención en el conjunto de lo que ha ocurrido en este país en lo que llevamos de siglo en relación con las tensiones territoriales. Así, de su primera década esa misma derecha solo quiere recordar la frase de Zapatero –ciertamente desafortunada: eso no lo discute ya ni quien la pronunció– en el mitin de final de campaña de las autonómicas catalanas de 2003 declarando que aceptaría sin reservas el texto estatutario que le llegase del Parlament de CatalunyaParlament. Pero de mucha mayor importancia en lo que respecta a la actuación de Zapatero en la cuestión territorial fue la desactivación política que llevó a cabo del plan Ibarretxe. Y aunque con efectos retroactivos se le pretenda endosar al expresidente todas las sombras que tuvo la deriva del Estatut catalánEstatut, en ningún caso se puede decir nada parecido a que con él empezó todo.

En realidad, por más que se empeñe el independentismo en situar el punto de partida del procés en la sentencia del EstatutprocésEstatut (sin duda para blanquear la magnífica relación que Artur Mas mantuvo con el PP catalán en los primeros compases de su mandato), lo cierto es que el pistoletazo de salida se produce en 2012, con Rajoy ya en el poder, cuando CiU cree que se le abre una magnífica ventana de oportunidad para, enarbolando la bandera de la independencia, escapar del castigo político que le podían suponer sus feroces recortes, de los que tanto presumía en su momento. Se trataba de explotar al máximo la identificación PP-Gobierno-Estado-España para convertir cualquier reivindicación política no satisfecha (por ejemplo, la del pacto fiscal, aunque cualquier otra le valía igual) en la evidencia de que con España no había nada que hacer y no quedaba otra que marcharse.

Es, pues, la derecha catalana en el govern la que pone en marcha el proces, justo cuando la derecha española ocupa también el gobierno central. Y si, mientras estaban las izquierdas en los respectivos gobiernos durante la primera década del siglo, se intentó, mal que bien, encauzar los conflictos territoriales, cuando las derechas acceden al poder estos se desencadenan con una intensidad máxima (¿puede haber más intensidad que la que suponen dos referendums y una declaración de independencia?). Pero que nadie se llame a engaño. Ni se trata de una coincidencia astral, ni, menos aún, de una coincidencia anecdótica que no genere efectos de notable envergadura.

Así, la paradoja que señalábamos nada más empezar el presente texto queda convertida en una insignificancia si la comparamos con esta otra: las fuerzas políticas que más han insistido en la unidad (en un caso, de la nación española, en el otro, del poble català) son las que más en riesgo la han puesto. Podemos discutir si el PP en el gobierno lo hizo deliberadamente, por ineptitud (la gestión policial del 1-O fue difícilmente empeorable) o por la conocida querencia de Mariano Rajoy a dejar pasar los problemas, en la confianza de que se resuelvan solos, pero menos posibilidad de discusión ofrece el empeño de la derecha independentista por dividir a la sociedad catalana, a base de, en el mejor de los casos, ignorar a su mitad no independentista. ¿O es que ha habido una sola ocasión en todo el tiempo que lleva al frente de la Generalitat en que su actual president se haya dirigido –aunque solo sea para saludar: tampoco se le está pidiendo tanto– a los catalanes no independentistas?

De regreso al poder central, la izquierda vuelve a poner de su parte para encauzar el conflicto. Imposible saber a estas alturas lo que dará de sí la mesa de diálogo. Pero digámoslo todo: no es fácil ser optimista con unos dirigentes políticos como los independentistas, que llevan años mintiendo a sus ciudadanos sin que, a pesar de todos sus fracasos, se les perciba el menor propósito de enmienda. ¿Por qué no les dicen ahora a los suyos que en la actual y catastrófica tesitura social y económica una Cataluña fuera de España y, por tanto, de Europa iría de cabeza a la ruina más absoluta? La respuesta es clara: les sale gratis mentir.

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y senador por el PSC-PSOE en las Cortes Generales. Acaba de publicar el libro Transeúnte de la política (Taurus).

'Toda la verdad', una crónica del 'procés'

'Toda la verdad', una crónica del 'procés'

Más sobre este tema
stats