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Un chiste de mal gusto

Darío Adanti

El cómico David Suárez podría entrar en la cárcel y pasar casi dos años preso por un chiste.

La sola idea me parece ofensiva.

Más ofensiva que el chiste por el que lo demandaron y que lo llevó a juicio en mayo de este año y por el que la fiscalía de Madrid pidió para él más de 3.000€ de multa y una pena de un año y diez meses de prisión por lo que considera un comentario humillante y vejatorio. Casi dos años de cárcel por un chiste.

Por un solo chiste que el cómico David Suárez publicó en su cuenta de Twitter, como tantos chistes que publica a diario y desde hace años como suelen hacer todos aquellos que se dedican a la comedia en sus redes sociales. Un tuit, el dichoso chiste, de apenas 29 palabras y 148 caracteres que le puede costar 22 meses de prisión. Por un solo chiste. Uno solo.

Siempre repito lo mismo: en el humor, el contexto lo es todo.

No es una frase dicha por un político, un banquero, un juez, un médico o un viandante a un desconocido. No, es un chiste de un cómico en su cuenta personal de Twitter que es, a todas luces, una cuenta de humor y donde se promociona como cómico. Un cómico conocido por hacer chistes con temas sensibles o que son tabú. Una cuenta que, si alguien quiere ver lo que el cómico David Suárez escribe y qué tipo de humor hace, tiene que buscarlo voluntariamente y, voluntariamente, seguirlo. David Suárez no ha obligado a nadie, al menos que yo sepa, a seguirlo en redes ni a leer sus chistes.

No pienso repetir aquí el chiste en cuestión, no porque me escandalice –me gustan muchos tipos de humor y entre ellos aquellos que me escandalizan: hay mucha buena gente que disfruta del humor más escandaloso y hay mucha mala gente que ni siquiera tiene sentido del humor y viceversa– sino porque el chiste en cuestión ya se ha publicado en los medios y es de sobra conocido.

Una vez más la paradoja a la que nos arrastra todo aquello relacionado a lo cómico: el hecho de que el chiste llegue a los tribunales para evitar su difusión convirtiéndolo en noticia, ha hecho que el chiste tenga una difusión mucho mayor que la que hubiera tenido si simplemente se lo hubiera dejado correr como si no existiera.

Y esta descontextualización del chiste, desde lo judicial, desnaturaliza al propio chiste dándole una importancia que, en su contexto original, la cuenta de un cómico, no tenía.

Cada cual es libre de tener sus gustos y sus límites en el humor y en la vida en general, después de todo, el gusto y los límites son subjetivos y mutan con el tiempo: a todos no nos hacen gracia las mismas cosas y no todos toleramos que se hagan chistes con los mismos temas. No nos reímos de lo mismo hoy que ayer, y no nos reímos hoy de lo mismo que nos reiremos mañana.

Me parece bien que cómicos y cómicas hagan chistes de lo que quieran con total libertad, da igual el tema, y que puedan expresarlos en los contextos donde se expresa el humor, ya sea en teatros, radio, tebeos o redes sociales. Porque la libertad de creación artística y el humor profesional entra en esta categoría es parte fundamental de la libertad de expresión.

Y me parece bien que aquel o aquellos a los que les ha ofendido un chiste –o una novela, o una película o una obra de arte– lo expresen libremente en los contextos específicos donde se manifiesta la opinión, ya sea en manifestaciones, artículos o redes sociales. Porque la libertad de expresar libremente la propia opinión, y más si es sobre algo que se ha expuesto públicamente, como un chiste, una novela o una obra de arte, es, también, parte fundamental de la libertad de expresión

En ambos casos estamos hablando del mismo derecho, el de la libertad de expresión, en dos ángulos diferentes: el de la libertad de opinión y el de la libre creación, que no tiene por qué expresar lo que piensa el creador.

Hasta aquí todo correcto, así es este derecho fundamental gracias al cual las sociedades democráticas revisan y confrontan sus ideas continuamente. El problema, una vez más, es cuando se judicializa algo que debería quedar en el campo del debate público. Y más si se le imputa un delito que puede conllevar un castigo tan desproporcionado. Ahí es donde el propio derecho de la libertad de expresión y creación fracasa, fracasando la madurez de una sociedad capaz de debatir ideas y creaciones sin la necesidad de castigar a aquel que las ha expuesto porque, como bien saben los que estudian estos temas, los castigos a la expresión y la creación conllevan el riesgo más que seguro de coartar la expresión de ideas o de crear libremente por temor al castigo.

Los contextos cambian, son mutables, y las expresiones artísticas, entre ellas el humor, sirven para sondear esos límites desde la ficción y la provocación. Es gracias a esta libertad en el campo de lo simbólico, de la creación, que los demás podemos ver hasta qué punto han cambiado los límites de lo que se puede y no se puede expresar en cada tiempo y en cada lugar. El arte, y el humor como parte del mismo, son los topógrafos de la cambiante geografía de los límites socioculturales. Gracias a sus provocaciones y a la reacción y el debate que generan podemos ver cómo cambia esa topografía invisible de la cultura y reconocerla.

Están para eso, y ya bastante castigo son el linchamiento mediático, el rechazo de un sector del público y la pérdida de trabajos como para que, además, tenga que pagar una multa y terminar en la cárcel.

El problema de judicializar el humor, como escribí en este mismo medio hace años por otro caso relacionado a lo cómico, es que cuando se convierte a un chiste en delito y ese chiste se repite en un juzgado, la descontextualización del mismo lleva a que el propio juicio y la justicia misma se conviertan, también, en un chiste.

Además, reconozco que envidio ahora mismo a David Suárez. Lo envidio porque a nosotros, a Mongolia, nos condenaron a pagar una multa que, más costas, abogados y gastos legales, sumaba un total aproximado de 120.000€ por un solo chiste gráfico, y sentía un orgullo enfermizo de ser uno de los que más caro habían pagado un chiste. Tanto esfuerzo para que ahora venga David Suárez y me saque del podio de un plumazo. Porque está claro que, si lo condenan a prisión, el suyo, un tuit de apenas 29 palabras y 148 caracteres. Será el chiste más caro de la historia judicial de la democracia española contemporánea.

Parece un chiste de mal gusto, pero no lo es.

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Darío Adanti es ilustrador, viñetista y uno de los creadores de Mongolia.

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