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El comienzo de una guerra

Félix Santos

En Europa, el verano de 1914 había empezado siendo un verano espléndido. Reinaba un ambiente de despreocupación y de tranquilidad. El escritor Stefan Zweig describe ese ambiente de seguridad y optimismo en su célebre ensayo El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Él se encontraba en aquel mes de junio de vacaciones en Baden, cerca de Viena. Y cuenta que visitando una de aquellas tardes de verano con unos amigos un viñedo, el viejo viñador les dijo:

 — No hemos tenido un verano parecido a este desde hacía mucho tiempo, si sigue así tendremos una cosecha nunca vista. ¡La gente recordará este verano!

“Aquel viejo con delantal blanco de tonelero no sabía qué verdad tan terrible encerraban sus palabras”, apostilla Zweig.

Las playas estaban llenas de veraneantes, los jóvenes bailaban delante de los cafés, los niños jugaban haciendo volar sus cometas. La vida veraniega discurría apaciblemente. Los hoteles estaban llenos, la gente se bañaba y paseaba por los rompeolas. Hacia un tiempo espléndido.

Una de aquellas tardes el escritor estaba sentado leyendo en un parque. Le llegaba la melodía de la música que una banda interpretaba no lejos de donde él estaba. Y de repente la música paró. Zweig notó que la melodía había cesado de golpe. La multitud que paseaba entre los árboles quedó enmudecida. Algo debía haber pasado. Zweig vio que los músicos abandonaban el kiosco de la orquesta. La gente empezó a aglomerarse en torno a un comunicado que habían colgado en el kiosco de la música. Se trataba de un telegrama que anunciaba que aquél 28 de junio, Francisco Fernando de Habsburgo, heredero del trono del imperio austrohúngaro, había sido asesinado en la ciudad de Sarajevo por un terrorista serbio.

Al día siguiente, los periódicos expresaban su indignación por el atentado, pero nada indicaba que pudiera aprovecharse la ocasión para llevar a cabo una acción militar contra Serbia. En los días sucesivos los periódicos daban a entender que se preparaba algún tipo de sanción contra Serbia, pero nadie pensaba en la guerra. Se estaba acostumbrado a ver que ese tipo de conflictos diplomáticos, tras algunas escaramuzas, se terminaban por resolver. Pero esta vez, a medida que pasaban los días, las amenazas se acumulaban, y apareció lo que era un pésimo indicio, comenzaron las movilizaciones. La gente seguía con su veraneo disfrutando de la playa y de una vida apacible, pero súbitamente ese ambiente estival cambió.

Zweig se trasladó al balneario de Le Coq, cerca de Ostende, donde pensaba pasar un par de semanas. Y allí, “empezamos a ver soldados belgas, que hasta entonces nunca habían pisado la playa. Se veían carretones cargados de ametralladoras tirados por perros (curiosa peculiaridad del ejército belga)”. De repente, escribe Stefan Zweig, “se levantó un frío viento de miedo en la playa, que la barrió hasta dejarla completamente vacía. La gente, a miles, dejó los hoteles y tomó los trenes por asalto; incluso las personas de más buena fe se apresuraron a hacer las maletas”.

Zweig regresa a Viena donde observa que en todas las estaciones han pegado carteles llamando a la movilización general. Observa el ambiente delirante que se vive:

           Los trenes se llenaban de reclutas recién alistados, ondeaban las banderas, retumbaba la música y encontré toda la ciudad inmersa en un repentino entusiasmo. Se formaban manifestaciones en las calles, de pronto flameaban banderas y por doquier se oían bandas de música, los reclutas desfilaban triunfantes, con los rostros iluminados, porque la gente les vitoreaba, a ellos, los hombrecitos de cada día, en quienes nadie se había fijado nunca y a quienes nadie había agasajado jamás. (Stefan Zweig, El mundo de ayer, Barcelona, Acantilado, 2001, p. 286).

Describe a las muchedumbres sonrientes, enarbolando banderas que llenaban las calles de la capital de Vendée, donde sus protagonistas son llamados a filas

En los demás países europeos que se preparaban para intervenir en la guerra el entusiasmo por la movilización era similar al que se vivía en Viena. Por lo que se refiere a Francia, el escritor francés Jean Echenoz lo registra en su novela sobre la Gran Guerra, titulada 14. Describe a las muchedumbres sonrientes, enarbolando banderas que llenaban las calles de la capital de Vendée, donde sus protagonistas son llamados a filas:

Todo el mundo estaba muy contento por la movilización. Había debates enfebrecidos, risas desmesuradas, himnos y fanfarrias, declaraciones patrióticas estriadas por gritos y jipíos. (Jean Echenoz, 14, París, Les editions de minuit, 2012, p. 12).

En la estación, sobre las máquinas de los trenes, unos jóvenes habían escrito A Berlín, lo que hoy se podría traducir como un aguerrido A por ellos.  

En los últimos días de julio las cosas se precipitaron. Austria declara la guerra a Serbia el día 28. El 1 de agosto Alemania le declara la guerra a Rusia. Francia decreta la movilización. El 3 de agosto Alemania le declara la guerra a Francia. Al día siguiente, el Ejército alemán invade Bélgica y Luxemburgo, con un ataque a la ciudad de Lieja. Ese mismo día el Reino unido, Irlanda y Francia declaran la guerra al imperio alemán. Entonces, Canadá, la India, Nueva Zelanda, Australia y África del sur entran en guerra. El 5 de agosto Montenegro declara la guerra al imperio austrohúngaro. El día 6 Serbia declara la guerra al imperio alemán y al imperio austrohúngaro, y el imperio austrohúngaro declara la guerra a Rusia. El 11 de agosto Francia, Reino Unido e Irlanda declaran la guerra al imperio austrohúngaro. El 12, Montenegro declara la guerra al imperio alemán. El 14, se inicia la batalla de Lorena. El 17, Rusia comienza la invasión de Prusia oriental. El 20 de agosto Alemania ocupa Bruselas. Se inicia la batalla de las Ardenas. El 23 de agosto Japón se alinea con los Aliados declarando la guerra al imperio alemán. El día 24 se inicia la invasión alemana a Francia. Como señala Eric Vuillard:

Una intensa red de alianzas ata a unos países con otros, una combinación delirante de intereses que se disimulan. Todo reposa sobre una infinidad de cálculos, de suposiciones tan vacuas como las que suelen hacerse antes de escoger un número de lotería. Sin embargo todo el mundo se puso a ello. Fue una matanza premeditada a escala del continente, gigantesco juego en el que cada uno fabula su crimen en respuesta al crimen del otro. Se suponía lo que podía ocurrir. Se consideraba todo, salvo lo que terminaba por ocurrir. Casi nada ocurría como se había previsto. (Éric Vuillard, La bataille d´Occident, Arles, Actes-Sud 2012, p. 64).

Total, que al cabo de cuatro o cinco semanas, los enfrentamientos militares se extendieron como una gran mancha de aceite. Se multiplicaron los escenarios de la guerra que desbordaron al viejo continente. Europa y el mundo, por primera vez en la historia de la Humanidad, quedaron divididos en dos bloques. De una parte, las Potencias centrales o Triple alianza: Alemania, el imperio Austrohúngaro e Italia, y del otro, la Triple entente: Francia Reino Unido y Rusia. Ambas alianzas sufrieron cambios y fueron varias las naciones que acabarían ingresando en las filas de uno u otro bando según avanzaba la guerra: Italia, el Imperio del Japón y Estados unidos se unieron a la Triple entente, mientras que el Imperio otomano y el Reino de Bulgaria se unieron a las Potencias centrales.

En los enfrentamientos participaron 32 naciones, entre ellas Portugal, país vecino del que los españoles sabemos tan poco. Portugal, aliado tradicional del Reino Unido, atendiendo a sus solicitudes, se enfrentó a Alemania en el sur de la Angola portuguesa que limitaba con África del sudoeste alemana. También se enfrentó por la guerra submarina alemana que intentaba bloquear al imperio británico con el que Portugal desarrollaba un importante comercio. Portugal movilizó a cerca de 200.000 hombres. 12.000 murieron en combate. Más de 13.000 resultaron heridos. Un Cuerpo expedicionario portugués combatió también en Francia y en Flandes donde padecieron ofensivas alemanas.

Las batallas, los movimientos de tropas, las destrucciones, y las recíprocas matanzas se sucedieron por doquier a lo largo de los cuatro años de guerra. En el frente occidental la contienda se empantanó en una guerra de trincheras. Se movilizaron más de setenta millones de soldados, de los que sesenta millones eran europeos. Todavía no se sabe con precisión cuántos murieron durante la Primera Guerra Mundial. Los datos oficiales hablan de nueve millones de soldados muertos y de siete millones de civiles El número de heridos en combate durante los cuatro años de guerra se elevó a veintiún millones. Las tropas alemanas perdieron 47.183 piernas y 21.149 brazos. Muchos soldados quedaron tan desfigurados que se construyeron centros de acogida, lejos de las ciudades, donde nadie les viera, tan terrible era su aspecto, narra Eric Vuillard en La bataille. Como consecuencia de la guerra millones de personas huyeron de sus hogares.

El miedo, la incertidumbre y la desmoralización atenazaron a las poblaciones. Por toda Europa sucedió lo que Yeats describió en su célebre poema de 1919, “El segundo Advenimiento”:

                       … Todo se desmorona, el centro cede,

                       la anarquía se abate sobre el mundo,                        

                       se suelta la marea de la sangre, y por doquier

                       se anega el ritual de la inocencia;

                       los mejores no tienen convicción, y los peores

                       rebosan violencia y pasión. ...   

Al horror de la guerra sucedió el espanto de la pandemia, conocida como gripe española, durante los años 18, 19 y 20. La cifra de muertes que ocasionó, más de cincuenta millones en todo el mundo, puede dar idea de las dimensiones de la catástrofe.

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Félix Santos es escritor y periodista, exdirector de 'Cuadernos para el Diálogo'. Acaba de publicar el libro 'Paseos cortos. Historias de desertores, derrotados, exiliados y otras víctimas', en la editorial Postmetropolis. Este texto es un fragmento de dicha obra.

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