Plaza Pública

Crisis sin crítica

Grafiti de una enfermera administrando una vacuna contra el coronavirus, del artista The Rebel Bear.

Juan Manuel Aragüés Estragués

Corría el año 2008. La crisis económica azotaba con dureza y generaba un intenso sentimiento de estupor e incertidumbre. El suelo se movía bajo nuestros pies y la urgencia de encontrar algún asidero se traslucía en nuestras inquietas miradas. El entonces presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, se descolgó con la propuesta de refundar el capitalismo sobre nuevas bases éticas que pusiesen freno al afán especulativo de un neoliberalismo desbocado. Doce años más tarde, la pulsión suicida del neoliberalismo sigue presidiendo las lógicas económicas de nuestras sociedades. Doce años más tarde, nos sumimos en una nueva crisis, en este caso sanitaria, que viene a sumarse a una crisis económica que en ningún momento ha sido superada y a una cada vez más evidente crisis ecológica que pone de manifiesto los límites de elasticidad de nuestro planeta.

Los periodos de crisis son, en principio, más propicios para los cambios sociales. En 2008, tanto los estados como sus poblaciones manifestaron una evidente inquietud ante los acontecimientos, lo que llevó a los primeros a hacer declaraciones de intenciones del tenor de la anteriormente mencionada de Sarkozy, y generó, de modo mucho más sustancial, amplios movimientos sociales a lo largo y ancho del planeta que quisieron imaginar un nuevo mundo. Sin embargo, mientras que, con el paso de los años, la pendiente de la crisis se ha ido haciendo más abrupta, pues, como decíamos, a la persistente crisis económica han venido a sumarse la ecológica y la sanitaria, los gestos de problematización del modelo social se han atenuado, tanto en el ámbito gubernamental como en el social. De hecho, la respuesta social ante la actual pandemia ha venido protagonizada, de modo bastante limitado, por sectores profundamente reaccionarios, al tiempo que, desde los gobiernos, pareciera que el único anhelo fuera el de regresar a la situación previa a la crisis, es decir, recuperar una normalidad que ya estaba lastrada por una serie de contradicciones que, precisamente, nos debían colocar ante el reto de repensar nuestro horizonte social. Sorprendentemente, la suma de crisis no ha incentivado la crítica, sino que más bien ha promovido pulsiones conservadoras, alentadas por estructuras institucionales refractarias a cualquier tipo de cambio.

La pandemia del coronavirus podría aportarnos ciertas certezas. La primera, que en la sociedad globalizada los problemas son globales y que, por tanto, las respuestas locales resultan poco o nada eficaces. Sin embargo, podemos observar, por un lado, un evidente renacimiento nacionalista en ciertas geografías y, por otro, una clamorosa ausencia de una estrategia europea ante la(s) crisis. La segunda, que los desequilibrios ecológicos van a tener cada vez mayores repercusiones ante la salud pública, lo que debiera llevarnos a una política atenta al medio ambiente y en la que la defensa de los sistemas públicos de salud estuviera fuera de toda duda. No parece que esa sea la orientación mayoritaria de la política actual. La tercera, que la salud, es decir, la vida humana, es el bien más preciado al que debieran subordinarse todas las estrategias políticas. Muy al contrario, lo que constatamos, especialmente en esta segunda ola que ya apunta hacia la tercera, es que el criterio fundamental en la toma de decisiones no es tanto la salud ciudadana, sino la salud económica.

Del mismo modo que, al parecer, la primera ola del virus no ha servido para aprender de cara a la segunda, la pandemia en su conjunto no está sirviendo a los gobiernos para abrir los ojos ante los evidentes signos que nos exigen un cambio radical de rumbo. Resulta muy significativo, ya lo he señalado en alguna ocasión, el cambio de discurso de la primera a la segunda ola. Mientras en la primera la salud se colocó en el centro del mismo y eso llevó incluso a una muy estricta limitación de la actividad económica y, por lo tanto, laboral y social, en la segunda se ha privilegiado el mantenimiento de la actividad económica, aunque eso disparara las muertes y contagios. En ese sentido, la incorporación de las comunidades autónomas a la toma de decisiones, lejos de proporcionar una perspectiva más cercana y prudente, ha introducido fuertes dosis de incompetencia e irresponsabilidad en la gestión de la crisis. Con escasas excepciones, los gobiernos autonómicos se han dejado llevar más por la demagogia y la pequeña política que por el verdadero interés ciudadano. Esta segunda crisis ha obturado cualquier pretensión de repensarnos como consecuencia de la crisis y nos ha sumido en la añoranza del pasado.

Uno de los efectos perversos del neoliberalismo es que nos ha robado el futuro y nos ha instalado en un presente eterno. Solo existe el hoy y cuando el hoy se muestra insatisfactorio únicamente el pasado aparece como modelo. El neoliberalismo, con su triple crisis económica, ecológica y sanitaria, es una locomotora que marcha a toda velocidad hacia adelante pero con la mirada puesta en el pasado. Es el Angelus Novus de Paul Klee, pero con una sonrisa estúpida en el rostro, incapaz de ver el abismo que se abre a sus pies. Incapaz de imaginar un futuro diferente.

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Juan Manuel Aragüés Estragués es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza.

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