Plaza Pública

En defensa de Zapatero y de su papel de mediación en Venezuela

María Teresa Fernández de la Vega | Miguel Ángel Moratinos | Ignacio Fernández Toxo | Cándido Méndez | Gaspar Llamazares | Ignacio Sánchez-Cuenca | Luis García Montero y doscientas firmas más

Nadie conoce como Zapatero lo que ha ocurrido durante el proceso de diálogo en Venezuela, las posiciones de cada una de las partes y de los diversos actores, los papeles intercambiados, los mensajes y correos enviados... Como seguramente de todo ello se ha dejado constancia, tal vez algún día lo conozcamos en detalle. De lo que no nos cabe ninguna duda es de que, mientras haya alguna posibilidad por remota que sea de llegar a un acuerdo, Zapatero mantendrá silencio.

Esa ha sido su actitud a lo largo de todo este tiempo: solo ha realizado declaraciones públicas cuando lo ha considerado necesario en función de la evolución del propio proceso. Por eso, nos sentimos –quienes suscribimos estas líneas– en el deber de salir al paso de las acusaciones aparecidas en algunos medios, fundadas además en fuentes no identificadas, invocando algunos datos objetivos.

El papel del presidente Zapatero como facilitador del diálogo fue reclamado inicialmente por UNASUR y luego ha recibido el apoyo del Vaticano, del Gobierno español, de la UE y de Washington (se reconoce todo esto ahora incluso en los medios críticos, aunque sea para afeárselo). Y también ha contado –y esto es lo más relevante– con la voluntad de las dos partes, porque si no fuera así no se entendería cómo un proceso que, aunque con interrupciones, dura ya más de dos años y comporta mucha interlocución y conocimiento mutuo, se haya realizado sin una confianza suficiente por ambas partes en quién había asumido la tarea de impulsarlo.

Asimismo, parece evidente que el diálogo había avanzado, después de una serie larga de sesiones, hasta aproximarse al acuerdo, tal y como se dedujo de la explicación que realizó en rueda de prensa el Presidente de la República Dominicana, Danilo Medina, anfitrión de los diversos encuentros, el día en que el diálogo se interrumpió.

Nos consta que, para llevar a cabo su tarea, de una complejidad y dificultad que a nadie se le oculta, Zapatero ha realizado un enorme esfuerzo personal, con más de treinta viajes trasatlánticos a sus espaldas y una ingente cantidad de gestiones desde España, muchas de ellas para promover hasta el límite de sus posibilidades la liberación de la prisión de decenas de personas, como Leopoldo López. Y todo ello hecho de una manera absolutamente desinteresada. Si por ese lado resultaría absurdo buscar en este caso alguna motivación espuria, tampoco hay razón que explique la intención deliberada, que se le reprocha, de favorecer a una de las partes. Ni por interés oculto alguno ni por afinidad ideológica.

Zapatero es un demócrata, un buen demócrata. Fue el presidente que con más frecuencia compareció en el Parlamento, el primero que desgubernamentalizó la radiotelevisión pública, quien estando en el poder aceptó debatir electoralmente con el que se lo había negado siendo el candidato de la oposición, una persona siempre respetuosa con sus adversarios políticos y con las instituciones democráticas, que amplió derechos y libertades, y que presidió unos gobiernos limpios. Y nadie discute, además, el compromiso del presidente Zapatero con la paz y contra la violencia en cualquiera de sus manifestaciones. Son hechos objetivos. Es este mismo líder político, con esta trayectoria –la que le convertía en un mediador idóneo– el que ha actuado como facilitador del diálogo en Venezuela.

Hay mucha gente sinceramente preocupada por la dificilísima situación económica y las graves carencias democráticas de Venezuela. Más allá de la simpatía o proximidad ideológica que generen las posiciones de las partes –y nosotros no queremos para Venezuela, ni para ninguna otra nación, un orden de convivencia que no sea el propio de un Estado democrático de derecho que, además, se comprometa con la situación de la mayoría más desfavorecida–, no se puede ignorar que en ese país existe una clara polarización ideológica y social que amenaza con derivar en un conflicto civil de consecuencias aún peores de las que ya se viven allí. Estamos seguros de que la principal motivación de Zapatero ha sido ésta, la de contribuir a evitarlo. Como también de que la principal responsabilidad no reside, en todo caso, en los facilitadores sino en los propios venezolanos: por supuesto en el Gobierno, pero también en la oposición y en sus diversos líderes.

Son muchas ya las ocasiones en que parece que las batallas sobre Venezuela se libran con objetivos que tienen poco que ver con las penalidades que padecen los venezolanos. Esta inusitada fruición en la descalificación de Zapatero, para en este momento poner el foco precisamente en él, es una de ellas. Y resulta muy injusto, injusto con su persona y con su tarea. Lo que Zapatero merece es respeto y reconocimiento por llevarla a cabo. ______

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