Plaza Pública

¿Se ha impuesto la 'rauxa' al 'seny' ?

Pedro Díaz Cepero

La dinámica político-social del independentismo catalán está llegando a un grado de confrontación  institucional con el Estado español que se sospecha aparatoso. No sabemos bien si por culpa de unos a la hora de negociar, de otros lanzándose cuesta abajo sin frenos, o por la intransigencia de ambos. La mayoría asistimos sobrecogidos por la posible intensidad del choque, y de producirse éste con violencia, al nacimiento de los primeros mártires.

Para quienes no hemos crecido en un entorno socio-cultural impregnado de nacionalismo, resulta difícil comprender la psicología de sus impulsores. Digo “crecido”, porque de cuna no se nace “nacionalista” o “separatista”. Que se sepa, no hay un gen diferenciador y único que identifique a los que lo son y a los que no lo son. El rol de “nacionalista”, en mayor o menor grado, se adquiere a través de la formación y vivencias dentro de un grupo y en una sociedad concreta. Es una adherencia cultural que absorbemos en distinta medida y según nos influya nuestra situación personal, intereses y relaciones sociales. Por eso la pulsión secesionista presenta matices y no está generalizada al cien por cien.

  Para quienes no tenemos un sentimiento nacionalista, para los que la “españolidad”  no deja de ser un atributo accidental, desde luego no más importante que nuestras ideas políticas, o el compromiso con los más desfavorecidos allá donde se encuentren, puede entenderse que estemos lejos de incorporar a nuestros valores las actitudes de exclusión que muestran los secesionistas de manual. Porque aunque algunos las consideren agua pasada, las aspiraciones de internacionalismo, fraternidad e igualdad entre las personas y los pueblos, los derechos humanos, siguen siendo todavía ideales a conquistar.

Para quienes no participamos de ese nacionalismo militante nos resultan sorprendentes las respuestas impregnadas de fanatismo y rencor, sin asomo de argumentos, que se reciben como contestación a artículos que ponen en duda alguno de sus supuestos, o que opinan de otra manera. Intentamos comprender lo que puede haber detrás de ese afán revanchista: una cierta reivindicación del honor laminado, un sentimiento de agravio acumulado durante años de predominio o hegemonía centralista, derechos conculcados por una Administración ajena... Suponemos que el resentimiento viene de lejos, el enfrentamiento entre la nobleza catalana y la castellana arranca ya en el siglo XV, o incluso antes, y va salpicando tramos de la historia común, hasta adquirir especial relevancia con el protagonismo económico de la burguesía industrial catalana a finales del siglo XIX y primer tercio del XX. Dos élites de poder y capital enfrentadas unas veces, otras compartiendo amigablemente estatus privilegiado, enriquecimiento y corrupción. La aristocracia y la burguesía industrial y terrateniente han sido los primeros promotores y financiadores de los movimientos nacionalistas catalán y vasco.

Pero no debemos recurrir a las cuitas históricas para zanjar problemas actuales, ni hacer el juego a las oligarquías en el poder, ahora capitaneadas por una clase política egocéntrica y redentorista, deseosa de pasar a la historia como libertadores de la nación catalana, al estilo de Simón Bolivar. Mientras se habla de independentismo se olvidan los problemas reales de los ciudadanos de Cataluña, y de todo el país: el paro y el empleo precario, el aumento de las listas de espera en sanidad, una fiscalidad cada día menos progresiva, los derechos sociales en desbandada...

Queremos entender esa “necesidad” a ultranza de formularse como estado independiente, por encima de dificultades sin fin, de sinergias perdidas, de anulación de “economías de escala”, de saberse más débiles y aislados en el contexto internacional, de perder mercados cercanos rentables y márgenes de competitividad, de asumir mayores costes orgánicos, de disminuir y encarecer su financiación, de debilitar e incluso destruir vínculos sociales, etc. ¿Podríamos pensar en un cese de hostilidades, en un acuerdo institucional, económico y fiscal que permita una mejor integración de Cataluña dentro del Estado español, pero más pensando en sus ciudadanos que en el turno de influencias de sus iluminadas élites políticas? ¿Podríamos conjugar la conservación plena de las identidades culturales propias -que no creemos se hayan puesto en duda desde la Transición- y la difusión de sus productos y servicios en todo el país, con su mismo compromiso con respecto al resto de comunidades, y la solidaridad con las regiones más desfavorecidas?

Porque el nacionalismo radical, integrista y excluyente, es a estas alturas del siglo XXI en esta Europa occidental laica, libre de  fundamentalismos religiosos, una anomia social que los intolerantes pretenden extender.  No compartimos un discurso nacionalista que patrimonialice los sentimientos y las banderas, que muestre trazas de superioridad y narcisismo, de ensimismamiento en sus propias capacidades y virtudes, de discriminación hacia las personas de otras procedencias, que expulse de la vida social a los que no participen de sus postulados o minusvaloren a los que no hablen su lengua, que ponga en su boca constantemente la palabra “democracia” y se olvide de ella cuando le interese.

El nacionalismo xenófobo, véanse los Balcanes, la desarbolada Unión Soviética o el genocidio de  Ruanda que enfrentó a tutus y tutsis en Africa, por citar algunos de los conflictos “raciales” más recientes, son ejemplo de cómo puede actuar el fanatismo nacionalista. Heredero de instintos escondidos, se conecta con la “psicología de la tribu”, despierta irracionales ancestros que se manifiestan excepcionalmente en el cerebro humano. Construye un escenario en el que se pierde cualquier llamada a la razón o al diálogo, y sólo se muestra la descalificación y el insulto, o incluso el exterminio del diferente, posiblemente, hasta hace pocas horas, vecino. Recomiendo al respecto el libro de Svetlana Aleksievich, El fin del homo sovieticus, de Editorial Acantilado.

¿Se impondrá el seny a la rauxa ?

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Pedro Díaz Cepero es sociólogo y escritor en Alicante

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