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La memoria del dolor

Víctor Amor

El viento y el mar chocaban fuertemente contra las rocas y yo cruzaba, casi como un funambulista, por los acantilados de la depresión. Aún sigo. Hace tan solo unos días que mis piedras ya no están en los zapatos y han empezado a encajar. Hace tan solo unos días que los antidepresivos han empezado a funcionar, pero aún sigo con ese rumor interior de si lo que me acompaña es angustia, ansiedad o si sigo cruzando la cuerda con ambas. Esto es lo primero que escribo en meses, antes he sido incapaz.

Mis heridas, como pequeñas ciudades, se habían hecho ingobernables e indómitas por su memoria del dolor. Todo escapaba a mi control. No había un yo capaz de gestionarse a sí mismo. Había mucho dolor porque había demasiadas llagas de una adolescencia LGTBI en un pueblo. Y el dolor tiene una memoria muy poderosa e incontrolable.

De aquella adolescencia escapé de una forma tan enérgica que aún siento admiración por ese chaval de 17 años que huyó de aquel pequeño pueblo —infierno grande— para hacer su propia vida. De esa necesidad de correr hacia adelante quedó un hombre de casi 30 años con un trastorno adaptativo, una depresión —ahora agonizando— y lacerado por los murmullos, las risas, la palabra maricón, las bolas de nieve, los empujones y las ganas de pasar inadvertido sin conseguirlo. De esa huida quedó algún comportamiento irresponsable que ha sido borrado y, sobre todo, mucho dolor.

Mientras sigo encajando entre sí mis piedras, pienso que de nosotros se ha esperado cierta promiscuidad, sexualización de nuestros cuerpos, que seamos bufones y que no miremos dentro de nuestras zonas oscuras para no incomodar al heteropatriarcado. Y se lo hemos dado, pero nadie se ha preguntado quién nos devuelve las horas encerrados en el único reducto de libertad que eran nuestras habitaciones, quién nos devuelve los meses tomando ansiolíticos o antidepresivos o las horas con miedo a caminar por la calle, los años sin mostrarnos libremente.

Juro que cada uno de esos años en el pueblo intenté encajar en el patio del colegio. Juro que lo hice con todas mis fuerzas e incluso haciendo cosas que no quería. Juro que cometí ese gran error de querer encajar sin ser yo, porque tenía que sobrevivir. Afortunadamente, en mi familia tuve siempre mucho amor.

Sigo encajando esas piedras y recuerdo que, hace unos meses, escuché a la presidenta de la Comunidad de Madrid decir —con una impunidad asquerosa— que la homofobia estaba alojada en la cabeza de la izquierda y, mire, no, señora presidenta, la LGTBIfobia se aloja en nuestra memoria corporal y emocional. Ninguna palabra, ningún murmullo ha sido inocuo en nuestra infancia y no lo es ahora, como tampoco lo han sido las hostias. Alojamos una poderosa LGBTIfobia que nos acompañará de por vida y que, si nuestro poder adquisitivo nos lo permite, nos hará gastarnos la mitad de nuestro sueldo en nuestra salud mental.

Somos sujetos políticos y estamos hartos del dolor. Nos lo debemos como inadaptades, como personas que bien entrada su madurez sufrimos depresión, trastornos de adaptación y bloqueos emocionales

Las palabras de Díaz Ayuso también conforman mi memoria del dolor, junto a las de algún compañero de clase y algún profesor sobre mi pluma, a las de todos aquellos que se rieron, a los prejuicios de algún que otro médico o con el miedo al rechazo en algún puesto de trabajo por ser visible. Todos ellos juegan con el mandato de silencio que envuelve a su violencia contra nosotros. Me han llamado pollo, nena, marica, maricón, bujarra, incluso enfermo y siempre he callado. Lo siento.

Esa violencia política e institucional es solo una de las aristas de este agresivo poliedro que nos revienta pero, la sufrimos en los centros escolares o en nuestras casas y, para cuando conseguimos liberarnos un poco de sus yugos, ya es tarde para tener herramientas correctas para socializar con las familias elegidas y… volvemos a hacer lo que se espera de nosotros y nosotras. Porque a ellos les complace y nosotros necesitamos sobrevivir.

Componiendo el puzzle de mis piedras, pienso que me gustaría que la vulnerabilidad fuese un derecho para todos, especialmente para aquellos que hemos tenido muchas grietas en ese proceso en el que nos construimos: en la infancia y adolescencia. Debería serlo porque es un gran ejercicio de honestidad con uno mismo, pero también con los que nos rodean. Debería ser un derecho y no lo es porque no es productiva para el liberalismo, sino incapacitante.

Queridas lesbianas, transexuales, querides queer, gays, intersexuales y bisexuales, nuestro dolor es una poderosa herramienta de transformación social para que esto no pase. Sigamos conquistando el espacio político porque únicamente eso nos hará más libres. Los derechos son nuestro horizonte. No somos cuerpos sexualizados, ni unidades de consumo, qué más quisiera el patriarcado de nosotros. Somos vidas libres.

Somos sujetos políticos y estamos hartos del dolor. Nos lo debemos como inadaptades, como personas que bien entrada su madurez sufrimos depresión, trastornos de adaptación y bloqueos emocionales. Se lo debemos a lo que no pudieron más, a los que siguen ocultándose, a los que nos sexiliamos y a los que después de una vida de lucha vuelven a sufrir la homofobia en una residencia de la tercera edad.

Nuestro dolor solo se puede metabolizar si nos reconciliamos con la realidad, si lo convertimos en nuevos derechos, en cambios sociales que nos hagan ser ciudadanos libres, iguales y de pleno derecho: lo hicimos con el matrimonio igualitario, con los cambios registrales para las personas trans y lo hemos hecho con la ley trans y LGTBI.

Empezó Gallardón despolitizando el orgullo y convirtiéndolo en un evento de consumo y terminarán por desactivarnos políticamente si no somos conscientes de que juntas y juntos tenemos más fuerza. Necesitamos coexistir con dignidad más allá del centro de las grandes ciudades y de todos aquellos entornos que durante años hemos percibido como seguros. Necesitamos estar en todos los espacios.

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Víctor Amor es periodista.

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