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El momento de una ofensiva demócrata

Isa Ferrero

La clave es la resistencia de la democracia en un contexto en el que la pasividad no es el mejor aliado.

Semanas antes del resultado del 23 de julio era tremendamente pesimista, por mucho que sospechara de unas encuestas bien preparadas —o bien cocinadas— para influir en las elecciones y permitir un gobierno de la derecha extrema con la extrema derecha. No hacía falta ser muy agudo. Cualquiera con un poco de memoria y atento a las dinámicas en tiempos de Zapatero sabe perfectamente que las encuestas han sido tradicionalmente otra herramienta más de manipulación al servicio de la derecha.

Por eso reconozco una inmensa alegría cuando se empezó a contabilizar los votos el 23 de julio. Qué ridículo debe ser montar toda una conspiración en la que el protagonista del cuento es Tezanos cuando al final tu sesgo a la hora de elaborar encuestas te hace fallar más que él. Eso no exculpa ni mucho menos su mala labor de estos últimos años, pero sí es una forma de justicia poética dado que la prensa conservadora es la primera que manipula con descaro.

Como dice Jónatham Moriche, entre otras personas, lo que hicieron los españoles fue grandioso. En un contexto internacional muy desfavorable —en el que Europa está seriamente amenazada por una deriva ultra que puede inclinar la balanza hacia la extrema derecha en unos meses—, tuvo lugar un milagro made in Spain. Un milagro que tiene dinámicas propias, pero que fue una lección a Occidente por lo que se ha comentado alguna vez: este es el momento más importante y a la vez el más peligroso de nuestra historia.

Aquí hay dos posibles soluciones: un mundo cada vez más espeluznante devorado por la gravedad de la crisis climática e incapaz de resolver la avalancha de crisis que se avecinan o un mundo que sabe que todavía existen soluciones viables para un problema muy complejo que requiere la más eficiente cooperación y un proyecto socialdemócrata renovado y adaptado a este siglo XXI.

Antes de nada, uno siente la obligación de agradecer a toda la gente que hizo posible que este milagro ocurriera. Por parafrasear a Howard Zinn, los incontables esfuerzos de mucha gente anónima para movilizar a los demócratas, pero también liderazgos increíblemente positivos e inesperados —como fue el caso de José Luis Rodríguez Zapatero—. De igual forma, un esfuerzo hercúleo de periodistas de izquierdas que intentaron por todos los medios visibilizar las mentiras del Partido Popular y una oportuna intervención de Silvia Intxaurrondo que cambió la campaña. Por supuesto una campaña bastante buena de Pedro Sánchez y Yolanda Díaz, mostrando una complicidad que ilusiona a los demócratas. Por otro lado, tampoco me olvido de la generosidad de Irene Montero al sufrir una campaña infernal de la derecha que no le recomendaría ni a mi peor enemigo.

La derecha recibió un durísimo golpe el 23 de julio. Basta leer artículos infames como el de Jorge Bustos para darse cuenta de que esperaban una victoria aplastante. Esperaban empezar una nueva era en la que la derecha iría pisoteando poco a poco a la izquierda hasta convertir nuestro país en la Hungría de Europa, con ideólogos cercanos a la extrema derecha o si se prefiere a una mezcla terrible entre putinismo y trumpismo.

También observa Moriche que la derecha sigue desorientada y sin saber muy bien qué hacer. Losantos es el ejemplo más representativo, ya que parece estar más del lado de Feijóo que de Abascal. Este es quizá un síntoma del mal estado de forma de VOX, pero también del Partido Popular, que devorado por el extremismo ya cuenta con el apoyo de los periodistas que utilizan la miseria como herramienta de trabajo.

Estas buenas noticias no deberían servir para bajar la guardia. Se avecinan tiempos muy duros, con una derecha que tiene las herramientas suficientes para torpedear la presidencia de Pedro Sánchez. El margen que tienen a día de hoy tanto Sánchez como Yolanda Díaz es mínimo para mantener este gobierno y para sacar reformas, pero vale la pena explorarlo por dos razones simples: para que Europa resista y para resolver de una vez el eterno conflicto territorial y salir del círculo vicioso que le encanta al nacionalismo español o nacionalismo madrileño.

Se avecinan tiempos muy duros con una derecha que tiene las herramientas suficientes para torpedear la presidencia de Pedro Sánchez

No solo hay un motivo pragmático (conseguir los suficientes apoyos y mejorar la convivencia), sino también una razón moral que conviene resolver. La respuesta que se dio al llamado “desafío independentista” fue completamente desproporcionada. Es el tiempo de la humildad y la generosidad, como nos enseña Yolanda Díaz al visitar a Carles Puigdemont.

Nunca me ha gustado expresarme de forma beligerante, pero tengo que reconocer que estamos en un momento en el que no debemos titubear. Debemos ser conscientes de que nos enfrentamos a toda una banda de periodistas despreciables y mediocres que harán todo lo posible para dar entrada a un gobierno de extrema derecha. Si no les convenzo, echen un vistazo a la caverna.

No descubro la pólvora diciendo que en términos comparativos tenemos una prensa mucho más sesgada a la derecha que los Estados Unidos. Un país como Estados Unidos, con instituciones que tienen cierto respeto hacia el modelo democrático estadounidense, ha podido soportar cuatro años de Trump. Las críticas al Partido Republicano y al trumpismo han sido continuas desde los grandes medios de comunicación. Por desgracia, no nos parecemos en nada a Estados Unidos. En España la prensa conservadora aplaudiría con gusto las andanzas de un Trump, un Abascal o un Feijóo que imitara esas mismas tropelías.

Estaba estos días buscando metáforas y creo que podemos recurrir a la Relatividad General para explicar nuestro momento: España sería algo así como una pequeña partícula en caída libre que se acerca lentamente al horizonte de sucesos de un agujero negro. El 23 de julio demostramos que tenemos la suficiente gasolina como para acelerar y no entrar. Demostramos a Europa y los Estados Unidos que si seguimos luchando podemos escapar.

Pero antes de sacar el champán, debemos tener en mente que, si nos descuidamos una pizca, el destino será terrible: entraremos en ese horizonte del agujero negro y ya nadie podrá sacarnos ni vernos. Ni siquiera la luz puede escapar de la mezcla de autoritarismo y catástrofe climática. En ese escenario —que no queremos explorar— lo único que podemos hacer es esperar a que la fuerza de la gravedad nos aniquile.

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Isa Ferrero es investigador especializado en cambio climático y meteorología y autor del libro “El futuro del liberalismo”.

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