Almudena y la debacle moral de la derecha madrileña

Jorge García Castaño

Buena parte de la ciudadanía ha asistido estupefacta a la demostración de sectarismo de las autoridades madrileñas en torno al reconocimiento de Almudena Grandes. No han tenido a bien pasar por el velatorio, ni transmitir un mensaje en redes sociales o a la familia, como sí han hecho la Familia Real y, por supuesto, el presidente y la vicepresidenta del Gobierno. Incluso han rechazado reconocerla como hija predilecta, distinción que sí se hizo en su momento con Plácido Domingo o Julio Iglesias, sin votos en contra.

Algunos medios hablarán mucho estos días de la creciente polarización, de que izquierda y derecha no se ponen de acuerdo ni para esto, de que nuestra clase política —así, en general— no está a la altura… Sin embargo, lo que estamos viendo es otra cosa, es el deterioro democrático que provoca la acción de la extrema derecha en nuestras instituciones. Como decía Eduardo Madina hace pocos días en la SER, no es lo mismo y no podemos tratar igual a quien debate sus posiciones —por controvertidas que sean en democracia— que a los que quieren excluir a una parte de la sociedad de la democracia y los derechos.

No hay polarización. Hay una paulatina moderación de la izquierda y una rápida radicalización de la derecha. Podemos es hoy una fuerza más moderada que cuando se fundó, mientras el PP, atraído por Vox hacia el abismo, es cada día menos reconocible. Caso aparte es Más Madrid, que ya demostró durante cuatro años de gobierno que se puede gobernar para todos, manteniendo un comportamiento institucional intachable con todas las ideologías, religiones o identidades. Representamos a todas y todos y estuvimos en todo lo que había que estar, aguantando mucho en muchos sitios, como deben hacer una alcaldesa y un equipo de gobierno decente.

Mientras tanto, la derecha —huérfana de liderazgos fuertes y con valores— se encamina al abismo espoleada por las redes sociales y las tramas mediáticas que, construidas con dinero público y corporativo, se han convertido en una fábrica de odio con el único objetivo de abrir un foso entre los bloques electorales. Que nadie cambie de bloque por mal que lo hagan los suyos, el odio moviliza más que la razón, la verdad o la mentira ya no quieren decir nada.

Almeida no puede justificar su actuación diciendo que los progresistas hacemos lo mismo. La que tiene enfrente es una oposición con un enorme sentido institucional. Fue Rita Maestre y no Almeida quien propuso los Pactos de Cibeles en plena pandemia, cuando la derecha se dedicaba a bombardear al Gobierno central, o quien ofreció toda la ayuda de nuestra militancia para quitar la nieve con palas durante las semanas de Filomena.

Los progresistas no se opusieron en su momento a que Julio Iglesias o Plácido Domingo fueran hijos predilectos y han sido capaces de acordar todos los reconocimientos que ha tenido el Ayuntamiento hacia madrileños destacados en distintos campos. Ni siquiera nos opusimos a que Botella recibiera la Medalla de la Ciudad. No porque compartamos nada de su gestión —ha sido, junto a Almeida, la peor alcaldesa de la democracia— sino precisamente porque era alcaldesa y no estaba condenada (en ese momento al menos).

Mientras tanto se han destrozado placas en memoria de los fusilados en la tapia de La Almudena, versos de Miguel Hernández, reconocimientos a Largo Caballero o Indalecio Prieto, se ha puesto una calle a Millán Astray, se han quitado las ayudas a las entidades LGTBI y feministas que no gustaban al Gobierno de Almeida, se han censurado conciertos y exposiciones, se ha perseguido a las asociaciones de vecinos que han alimentado a miles de familias ante la incompetencia de las autoridades, ni siquiera se ha inaugurado el monumento a las víctimas del Yak 42 que lleva meses terminado y cerrado…

Hubo otro tipo de derecha. Yo puedo decir que la conocí. No me cabe duda de que Gallardón no solo hubiera ido al velatorio de Almudena Grandes, sino que hubiera ofrecido el Ayuntamiento como capilla ardiente y hubiera planteado él mismo los distintos reconocimientos, igual que puso el nombre de Fernando Fernán Gómez al Centro Cultural de la Villa o visitó el velatorio de Marcelino Camacho. No es una cuestión de ideología, sino de estatura política y de calidad humana.

No me cabe duda de que Gallardón no solo hubiera ido al velatorio de Almudena Grandes, sino que hubiera ofrecido el Ayuntamiento como capilla ardiente y hubiera planteado él mismo los distintos reconocimientos

No escribo esto pensando en que debamos responder con la misma medicina, todo lo contrario. Este enorme sectarismo no debe llevarnos a abandonar cualquier espacio común y dedicarnos a la política del odio, a seguir deteriorando la democracia. Estas instituciones, mejores o peores, son lo único que tenemos la mayoría para conquistar derechos.

Mientras tanto, sigamos trabajando para hacer lo más corta posible esta oscura etapa para nuestra ciudad con la absoluta confianza de que dentro de muchísimos años, los madrileños seguirán leyendo y queriendo a Almudena Grandes. La historia, sin duda, pondrá a cada uno en su sitio.

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Jorge García Castaño es concejal de Más Madrid en el Ayuntamiento de Madrid

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