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Los museos dicen adiós a la justicia social

José Manuel Rambla

El neoliberalismo logró convencernos hace años de que los valores emancipatorios de la izquierda eran fantasmagorías caducas. Su único destino posible era, en el mejor de los casos, las polvorientas vitrinas de algún museo, como las tablillas mesopotámicas o los etnológicos aperos de labranza. Ahora, cuando hasta sus más acérrimos defensores reniegan de los dogmas del capitalismo salvaje, los responsables museísticos internacionales han decidido que los principios progresistas ni siquiera son merecedores de una modesta exposición temporal y se apresuran a expulsarlos de sus modernas e interactivas instalaciones para arrojarlos al cubo de la basura.

La noticia saltaba a finales de agosto, pero apenas ha tenido repercusión. Pasó desapercibida, asfixiada entre culebrones de verano, los datos de la inflación, la guerra en Ucrania y el sepelio de su graciosa majestad. Y sin embargo, se trata de un hecho relevante que arroja no poca luz a las incertidumbres sobre las que navegamos. Ocurrió en Praga, donde tuvo lugar la conferencia general del Consejo Internacional de Museos. Su objetivo era actualizar la definición de museo, vigente desde los años 70, para adecuarla a la realidad del siglo XXI; una aspiración lógica y sencilla, en principio, que sin embargo había devenido en una discusión bizantina sin posible de solución.

Ni el debate museístico ni su conclusión han tenido mucho eco en los medios. Ni siquiera en las olvidadas secciones de cultura

El escollo estaba en que la propuesta de nueva definición, presentada en 2015, había provocado urticaria en delegaciones tan poderosas como la francesa. El motivo: aspirar a que los museos se concibieran como espacios “democratizadores, inclusivos y polifónicos”, cuyo objetivo fuera “contribuir a la dignidad humana y a la justicia social, a la igualdad mundial y al bienestar planetario”. Para los grandes expertos occidentales, aquellos presupuestos, defendidos especialmente por sus colegas de las antiguas colonias, eran inaceptablemente “ideológicos” y no estaban dispuestos a comulgar con ellos. Y no lo han hecho. Finalmente, la propuesta aprobada en Praga los ha eliminado, sustituyéndolos por una pretendida definición “aséptica” que diluye el compromiso social de los museos en una vaporosa ambigüedad.

Sin embargo, ni el debate museístico ni su conclusión han tenido mucho eco en los medios. Ni siquiera en las olvidadas secciones de cultura, demasiado ocupadas con el último concierto de Rosalía o la inevitable nueva entrega de lista de series, todas siempre imprescindibles, por supuesto (sobre todo para la cuenta de resultados de las grandes plataformas digitales). Y ello pese a que las discusiones que han tenido lugar en la ciudad de Kafka nos ayudan a entender en gran medida la dificultad de la izquierda para promover alternativas a un neoliberalismo que se desmorona antes nuestros ojos y nuestra impotencia. Porque en una sociedad que considera normal que la democracia, la dignidad humana y la justicia social ya no sirvan ni como piezas de museo, difícilmente será capaz de imaginar o aspirar a un mundo diferente, más libre e igualitario.

En última instancia, es la constatación de que la lucha por los imaginarios colectivos se está perdiendo por mucho que la derecha, la ultra y la moderada, insista tanto en su guerra cultural contra la “dictadura progre”. En realidad, su sobreactuación es un trampantojo. Pero nosotros nos lo creemos y con nuestra complaciente corrección política nos entregamos, en un ejercicio de reafirmación en nuestras convicciones, a consumir la última serie que nos desvelará los entresijos ocultos del poder o nos alertará de los peligros distópicos que nos acechan. Ya se sabe: para adaptarse al siglo XXI hay que sustituir a Marx por Netflix y La Internacional por Rosalía. Aunque mientras tanto no haya sitio para nuestros principios ni el museo de cera.

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José Manuel Rambla es periodista

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