Vuela el dinero a mansalva y los diarios de mayor tirada se van tras él, ya saben: non olet, dedicándole sus páginas a un premio literario que está echando a andar. La presencia de un par de periodistas culturales y la publicidad que han puesto en esos medios ayuda no poco. Pero mientras hablamos de dinero, no nos centramos en la literatura, que es lo que tocaría, ni en otros asuntos que afectan al conjunto de la población. ¿Ha habido, acaso, un solo medio de comunicación que haya comentado los méritos de las cinco obras finalistas? ¿Alguien ha pensado en las que se han quedado fuera y que quizá tenían los mismos o mayores méritos literarios? ¿Cuántas de las obras preseleccionadas y finalmente elegidas han leído los prejurados y los jurados? Las narraciones finalistas han sido: Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince; Marciano, de Nona Fernández; Los ilusionistas, de Marcos Giralt Torrente; El buen mal, de Samanta Schweblin; y Canon de cámara oscura, de Enrique Vila-Matas.
Flaco favor le ha hecho El País a Samanta Schweblin dedicándole tres páginas, la portada de Babelia entre ellas, cuatro días antes de que se fallara el premio. De estas obras, tres son de heterodoxa concepción genérica, aunque alguna de ellas podría leerse como novela; un libro de cuentos y una novela, propiamente dicha. Pero con semejantes méritos podrían también haber figurado los libros de Cristina Fernández Cubas (Lo que no se ve), Javier Cercas (El loco de Dios en el fin del mundo), Juan Gabriel Vásquez (Los nombres de Feliza), Julio Llamazares (El viaje de mi padre), Jorge Fernández Díaz (El secreto de Marcial), Andrés Neuman (Hasta que empieza a brillar) o Elvira Navarro (La sangre está cayendo al patio).
En fin, para haberse puesto AENA en manos de tanta gente (La Tropa Produce, cuyos componentes tienen más que ver con la organización de eventos, que con el conocimiento del sistema literario; scouts; diez preseleccionadores, de los que solo conozco dos nombres: Jordi Amat y Karina Sainz Borgo, periodistas de El País y Abc; y el jurado), y haberles pagado por su trabajo, me temo que AENA ha cometido unos cuantos errores. El premio no es de narrativa hispanoamericana, sino de narrativa española e hispanoamericana, o, si quieren, de narrativa hispánica. Las decisiones que se han tomado parecen presididas por lo políticamente correcto: de los cinco finalistas, dos son españoles y tres hispanoamericanos (un colombiano, una chilena y una argentina, con lo que los mexicanos no estarán contentos); las editoriales de los libros seleccionados son: Alfaguara, Random House, Anagrama y Seix Barral, que ha logrado colocar dos libros (o sea libros de grandes grupos editoriales: dos de Random, dos de Planeta y uno de Feltrinelli). El jurado, por su parte (“caprichosamente elegidos”, señala con razón Ignacio Echevarría), está formado por Rosa Montero, Pilar Adón, Leila Guerriero, Luis Alberto de Cuenca, José Carlos Llop, Sergio Vila-Sanjuán, Jesús García Calero y Elmer Mendoza. Se trata de seis escritores y dos periodistas, aunque algunos de ellos compartan ambos oficios; de los cuales, tres son mujeres y cinco hombres; seis españoles, una argentina, y un mexicano. Si dejamos a parte a Luis Alberto de Cuenca, poeta, ensayista y traductor, el resto están vinculados a Seix Barral, Random, Anagrama, Destino y Tusquets, aunque Elmer Mendoza ha pasado por Tusquets, Alfaguara, Random, y Pilar Adón que es codueña de Impedimenta, que en este jolgorio no aparece. En suma, todo está forzadamente equilibrado, falta la espontaneidad que proporciona la libertad y la independencia de criterio, el conocimiento.
De los anuncios en la prensa (los he visto en El País, La Vanguardia, ABC y El Periódico), unos están en castellano y otros en catalán, según el lugar donde se edita el diario, aunque varios de ellos tengan versiones en las dos lenguas, se impone el catalán, a pesar de que se trate de la edición en castellano del diario. Puestos a quedar bien con los defensores de la lengua catalana, podrían haber tenido en cuenta su literatura, así como la gallega y la vasca. En El País, el diario que más atención le ha prestado, a pesar de no tener en el jurado a ninguno de sus periodistas, han aparecido tres artículos, entre ellos, uno de Mauricio Lucena, el inventor del premio, y un extenso reportaje de Andrea Aguilar.
Más de uno se preguntará cuánto va a costar la convocatoria del premio. Con el millón que se lleva el ganador, los 120.000 euros destinados a los otros cuatro finalistas, los gastos de la organización previa al fallo, los anuncios en la prensa a toda página y la fiesta en Barcelona con motivo de la concesión (viajes, hoteles y comidas), el gasto total no bajará del millón y medio de euros. Si tanto afán tiene AENA de ayudar a la cultura, de “devolver a la sociedad lo mucho que la sociedad ha dado a los trabajadores y accionistas de AENA”, en el lenguaje demagógico y populista del señor Lucena, podría haber destinado ese dinero, con mucho más provecho a las mal dotadas bibliotecas públicas, a concederles becas a escritores que no disponen de medios y que han iniciado una carrera literaria prometedora, a fomentar los talleres de lectura, a comprar ejemplares o poner publicidad en revistas literarias o culturales, que tienen problemas de supervivencia, como la excelente El Ciervo, que acaba de cumplir 75 años de vida y está tambaleante, o respaldar programas de radio como El ojo crítico.
El Premio AENA fastidia a los editores medianos y a los modestos; y a los lectores mínimamente atentos no les dice nada que no sepan
Pero lo más sorprendente de todos los argumentos que se han barajado para justificar la existencia del premio es que no existe ningún otro que se conceda al mejor libro de narrativa publicado el año anterior. Se ha aludido, con un cierto desdén, al Nacional de Narrativa, aunque su trayectoria ha sido, en general, acertada. Este premio lo concede de hace muchas décadas en Ministerio de Cultura, y está dotado con 30.000 euros. La pregunta que nos hacemos es por qué el estado a través de la ASepi se pone a competir con el ministero de Cultura, despilfarrando un dinero que podría emplearse mucho mejor. Javier Marías en algunos de sus últimos artículos, recogidos en Así que pasen treinta años (2025), se refería a este “bobo siglo”, una época que será recordada, nos dice, “por su pintoresquismo y su extrema ridiculez”, por el “cretinismo imperante” y por los numerosos “oportunistas lunáticos”; y remacha así su opinión: “vivimos en una época particularmente enloquecida e idiota, en la que abundan los disparates (…), los ataques a la libertad y las injusticias”. Olvidemos lo que tiene de exageración, de arbitrariedad, olvidémonos del dedo y centrémonos en la visión de la luna, pero me atrevo a decir que a este premio le hubiera sacado todo su jugo.
Desde 1956 se falla en España el Premio de la Crítica y en estos setenta años lo han ganado desde C.J. Cela, Miguel Delibes, Gonzalo Torrente Ballester, Ana María Matute, Juan Marsé y Juan Eduardo Zúñiga, a Luis Mateo Díez, Javier Marías, Rafael Chirbes o Cristina Fernández Cubas, y entre los hispanoamericanos, Mario Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Ricardo Piglia o Mariana Enríquez, por solo citar unos pocos nombres. Esther Tusquets comentó en más de una ocasión que el único premio que le hubiera gustado recibir era el de la Crítica, y Caballero Bonald, que lo obtuvo en tres ocasiones, dos en poesía y una en narrativa, solía repetir que de todos los premios que había ganado, era el que más alegría le había proporcionado, por su independencia, al no estar dotado económicamente. Claro que el hecho de carecer de dotación no lo hace incontestable y honesto, pero ayuda a ello. ¿No se trata de un premio consolidado? ¿Quién le ha quitado el prestigio? La experiencia me dice que los ganadores, sin excepción, reciben el premio con alegría, por su independencia, ya que pasan a formar parte de una gran historia, de la mejor tradición literaria en español.
Los premios se consolidan y adquieren prestigio con el tiempo, por el acierto de sus decisiones, destacando algún buen libro literario, de un pequeño editor, que haya pasado inadvertido, como ocurrió en el caso de Raúl Quinto con Martinete del rey sombra, algo que no ha ocurrido nunca con el Planeta, modelo que dicen haber seguido, “el galardón con más repercusión comercial en España”, según el señor Lucina, y con ningún otro premio comercial.
Por supuesto, en todo este evento urdido por AENA, por usar el léxico de trapo de los organizadores, una empresa pública, no aparece ningún crítico literario, que son quienes están construyendo, semana tras semana, y año tras año, con sus reseñas, artículos y libros, lo que está siendo la historia de la narrativa española e hispanoamericana, a uno y otro lado del océano. ¿Acaso conocen mejor la narrativa actual los componentes del jurado? ¿Dónde han mostrado esos conocimientos? ¿O son, en algunos casos, nombres que les suenan a los lectores, o periodistas que acogerán en su medio los avatares del premio, con artículos, noticias, reportajes y entrevistas, a cambio de publicidad pagada? Como ha señalado Ethan Nosowsky, de Graywolf Press, en respuesta a El País: “un robusto ecosistema crítico es fundamental”. En España lo hay (Santos Sanz Villanueva, Juan Antonio Masoliver, José María Pozuelo, Ángel Basanta, Ascensión Rivas, Selena Millares, Domingo Ródenas de Moya, José Luis Martín Nogales, por solo citar unos pocos y limitarme a la narrativa), aunque sus nombres más relevantes no siempre escriben en los lugares que tienen más visibilidad.
¿Recuerdan ustedes el premio Heliodoro, fallado en 1979, del que parece ser que andaba detrás Manuel García Viñó, que tanto ruido causó, tanta cuerda se le dio en la prensa, y acabó quedándose en nada, tras su única convocatoria? ¿Recuerdan el premio de la Fundación José Manuel Lara, fallado entre el 2002 y el 2009, y que desapareció porque acabó resultando imposible mantener el reparto de los ganadores entre las doce editoriales que lo apoyaban, bajo el patrocinio de Planeta? Lo único sensato que recuerdo, de este último premio, es que en los dos últimos años que se falló se incorporaron al jurado dos personas independientes que sabían muy bien lo que juzgaban: José-Carlos Mainer y José María Pozuelo. Podríamos seguir con otros semejantes e igualmente fallidos, como el Juan Goytisolo…, pero no es necesario.
De esta extraña operación salen ganando no pocos: algunos escritores, no demasiados, porque pueden obtener un dinero suculento y fácil; los grandes grupos porque sus libros obtienen una propaganda gratuita, y además, del libro ganador se comprarán ejemplares para ser distribuidos. Pero fastidia a los editores medianos y a los modestos; y a los lectores mínimamente atentos no les dice nada que no sepan. Al menos, un par de artículos, de Ignacio Echevarría y Carmen Domingo (“De lo que estoy en contra es del uso de dinero público de forma tan… obscena”), en El Cultural y El País, han juzgado el premio con lucidez.
¿Quién será, en fin, el ganador? Sin cuestionar la independencia del jurado, los indicios apuntan a Abad Faciolince, con lo que al menos nos quedará el consuelo de que se ha premiado un buen libro, en medio de tanto salseo, en este despliegue del teatro de las vanidades.
______________________________
Fernando Valls es es catedrático de Literatura Española y crítico literario
Vuela el dinero a mansalva y los diarios de mayor tirada se van tras él, ya saben: non olet, dedicándole sus páginas a un premio literario que está echando a andar. La presencia de un par de periodistas culturales y la publicidad que han puesto en esos medios ayuda no poco. Pero mientras hablamos de dinero, no nos centramos en la literatura, que es lo que tocaría, ni en otros asuntos que afectan al conjunto de la población. ¿Ha habido, acaso, un solo medio de comunicación que haya comentado los méritos de las cinco obras finalistas? ¿Alguien ha pensado en las que se han quedado fuera y que quizá tenían los mismos o mayores méritos literarios? ¿Cuántas de las obras preseleccionadas y finalmente elegidas han leído los prejurados y los jurados? Las narraciones finalistas han sido: Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince; Marciano, de Nona Fernández; Los ilusionistas, de Marcos Giralt Torrente; El buen mal, de Samanta Schweblin; y Canon de cámara oscura, de Enrique Vila-Matas.