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¿Estamos en el principio del fin de la pandemia?

Las primeras dosis de la vacuna frente al covid-19 desarrollada por la compañía Pfizer han llegado este sábado al centro logístico de Pfizer en Guadalajara.

Carmen San José Pérez y Fernando Luengo

En las cabeceras de muchos medios de comunicación y en las mesas de tertulian@s se afirma que, en efecto, estamos ante el principio del fin de la pandemia. Una afirmación que, en nuestra opinión, debe ser matizada.

Por supuesto, una variable fundamental que podría justificar este tipo de titulares es que, al fin, se dispone de una vacuna aprobada (hay otras en camino) para comenzar a tratar a la población. Su lanzamiento es, sin duda, un éxito de la ciencia, sobre todo de la ciencia básica que llevaba muchos años investigando sobre vacunas basadas en ARN; un proceso que ha contado con grandes inversiones, financiadas sobre todo con fondos públicos, y que ha supuesto compartir conocimiento científico. De modo que es muy comprensible el alivio que en buena parte de la ciudadanía ha despertado saber que contamos con una vacuna eficaz, que es razonablemente segura y que puede disminuir los casos de coronavirus. Si bien hay que ser plenamente conscientes de que subsisten algunos importantes interrogantes, como su impacto en los episodios graves o el tiempo que durará la inmunidad en las personas que reciban la vacuna.

Tampoco debemos pasar por alto los privilegios que representa para los laboratorios la comercialización de las vacunas; las cuantiosas subvenciones públicas de las que se han beneficiado, dinero de tod@s que debería haber estado asociado a una estricta condicionalidad, que, sin embargo, no ha existido. A cambio de ese apoyo no se ha exigido a estas empresas un compromiso en materia de bajos precios y supresión o congelación de las patentes. La defensa de estas —que no sólo encontramos en las corporaciones afectadas, sino en las instituciones y gobiernos comunitarios, también en el español— no es otra cosa que una privatización del conocimiento científico, lo cual imposibilita un acceso justo a medicamentos y vacunas. Estas empresas están cosechando enormes ganancias con las compras masivas realizadas por los países comunitarios, el Reino Unido y Estados Unidos, y por las espectaculares subidas en bolsa de sus acciones, que sobre todo están beneficiando a los principales ejecutivos y grandes accionistas. A todo ello, se suman las garantías que los gobiernos han ofrecido a los laboratorios en caso de reclamaciones por los efectos adversos que puedan surgir con la aplicación de la vacuna.

Hay que ser conscientes, asimismo, de que la vacuna sólo llegará a una parte relativamente pequeña de la población mundial —resulta que los pobres también existen—. Los gobiernos de estos países, muchos de ellos atrapados en un bucle de deuda insostenible, carecen del margen presupuestario para hacer frente al coste de la vacunación masiva de su población. Las iniciativas en materia de reestructuración de la deuda externa y de ayuda externa están siendo a todas luces insuficientes. Así pues, miles de millones de personas continuarán en situación de vulnerabilidad extrema, expuestos a esta y otras enfermedades. Y no hay que olvidar que su vulnerabilidad también es la nuestra.

Por lo demás, las causas estructurales de la pandemia, que tienen que ver con el modo de producir y consumir característico del capitalismo y la lógica globalizadora, con la expansión del agrobusiness industrial, con la degradación y alteración de los ecosistemas, con la internacionalización de los procesos productivos, con el crecimiento del comercio internacional han sido ignoradas en las agendas de los gobiernos y las instituciones; atrapados entre las urgencias de la crisis económica y social y las necesidades perentorias que se derivan de la misma, por un lado, y la presión de las grandes corporaciones y las elites empresariales y financieras, por otro lado.

Igualmente, a diferencia de lo que sostiene la propaganda oficial con el lema “no dejar a nadie atrás”, mucha gente se está quedando en el camino, sin trabajo o con empleos precarios, con salarios que no cubren las necesidades más básicas, con una parte de población en situación de pobreza severa, con las implicaciones que ello tiene en términos de vulnerabilidad, tanto en términos económicos como de salud. Hay que volver la mirada a los determinantes sociales de la salud y abordar mediante políticas públicas la mejora de las condiciones de vida de las clases populares, con lo hecho hasta ahora no toda la población superará la crisis, a pesar de que ahora tengamos una vacuna.

En definitiva, la “ventana de oportunidad” que, en teoría, abría la crisis y que tanto se ha aireado, se está convirtiendo en realidad en una defensa cerrada de los privilegios asociados al mantenimiento del actual estado de cosas. Y las instituciones estatales y globales, más preocupadas por preservarlo y por evitar el descalabro del mundo capitalista desarrollado, no están llevando a cabo una política a la altura del enorme desafío que representan las crisis actuales, de las que la pandemia tan sólo es una dramática consecuencia.

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Carmen San José Pérez es médica de familia y Fernando Luengo es economista.

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