Reconquistar el presente

Paula Barreiro Cores

Desde que el ser humano es ser humano ha aspirado a eso que llamamos felicidad y se la ha imaginado. Cuando uno se piensa feliz, tiende a verse lejos, muy lejos, del ruido  asfixiante de la fábrica, del dolor de espalda que provocan las sillas de una oficina, de las mesas que hay que servir, de las escaleras infinitas que te pagan por fregar, de todos los paquetes que quedan por repartir y del metal del andamio. Solemos creer que la felicidad está con la familia, con los amigos, en ese tiempo que a veces tenemos la suerte de reservar para leer, pasear o divertirnos. Cuando uno se piensa feliz, se ve muy lejos de sus obligaciones y muy cerca de aquello a lo que libremente decide dedicarse cuando ya las tiene cumplidas. 

En el siglo IV a. C. escribió Aristóteles en su Política que el día en que las lanzaderas tejieran solas no harían falta ni esclavos ni ayudantes, no sería necesaria la fuerza de  trabajo. Los avances tecnológicos se suceden a velocidades vertiginosas con el objetivo de acelerar el proceso productivo, para producir más mercancías con menos tiempo de trabajo. Hoy no sólo tenemos máquinas que producen de manera cada vez más eficiente, sino que la propia productividad de los trabajadores no deja de crecer. Producimos cada vez más con menos tiempo, pero nuestro sistema de producción, recordando la imagen del sociólogo estadounidense Wallerstein, es como un ratón en una rueda que necesita correr más deprisa solamente para correr más deprisa, sin dirección ni sentido. La  velocidad de dicha rueda no permite la reflexión a la que debiera invitar cualquier avance tecnológico o aumento del rendimiento de los trabajadores que incremente la producción: ¿queremos producir lo mismo que hasta ahora y dedicar menos tiempo de vida al trabajo o producir más y más hasta que el planeta deje de aguantar? 

El tiempo no es una entidad neutral que ordene los acontecimientos de forma natural, sino que tiene un importante peso político del que nos toca hacernos cargo como sociedad. No es verdad que el tiempo pase igual para todos. Actualmente, la disposición del propio tiempo es un privilegio para los que más tienen, y esto no sólo se refleja en el momento presente de cada uno, sino también en el tiempo que nos queda para el futuro. Numerosos estudios demuestran cómo la esperanza de vida es mucho mayor en las zonas ricas que en aquellas con menor capacidad económica. Los que más tienen no sólo viven mejor, sino que también viven más tiempo, y, a su vez, tienen más tiempo disponible para vivir. 

Limitar el número de horas que trabajamos no es una simple medida económica, sino la misma reivindicación de nuestra humanidad, la manifestación de un deseo mucho más profundo, una llamada a involucrarnos en aquello que nos hace humanos

Es por ello que el tiempo libre no puede percibirse como un lujo, sino como un tiempo ganado para la vida y la libertad. Tener tiempo libre es precisamente estar liberado de las presiones asfixiantes que el propio tiempo impone. Hoy, parar a descansar significa, en la mayoría de los casos, quedarse atrás en la carrera por el ascenso social y la mejora de las condiciones de vida. Tener tiempo libre es tener, justamente, libertad. Libertad  para hacer lo que nos dé la gana, libertad para decidir cómo queremos vivir. 

Sin esa libertad quedan suprimidas todas las condiciones que son necesarias para el ejercicio de una vida autónoma, se hace imposible que cada individuo construya, sin la coacción de la necesidad, un tipo de vida que pueda querer repetir. La dignidad que nos corresponde a los seres humanos por el hecho de serlo va de esto, de independencia, de mayoría de edad, de la capacidad de escoger nuestra forma de estar en el mundo. De la  posibilidad de la realización personal de uno mismo sin amenazas. Porque la libertad no es libertad para servir y ser servido, la libertad es la capacidad para autodeterminarnos, para ser quienes queremos ser, para hacer lo que en verdad queremos hacer y no solamente lo que necesitamos para sobrevivir. 

En medio de nuestras agendas abarrotadas de obligaciones y tareas es habitual que nos encontremos pensando en qué podremos hacer cuando tengamos tiempo. Así,  postergamos escapadas que nunca llegan, novelas que nunca serán leídas y proyectos que jamás serán realizados. Esto que sucede en nuestras vidas también ocurre en la práctica política. Es habitual encontrarse con argumentos que tratan de retrasar las conquistas sociales a un futuro imaginario que nunca llega. Excusas como el estado de la economía —como si esta fuera algo ajeno a la mayoría social— y similares aparecen con fuerza ante cualquier amago de avance colectivo. Cuando los debates sobre la  mejora de la calidad de la vida de la gente común se abren paso no como utopías, sino como exigencias para el presente —como la subida del salario mínimo—, los reaccionarios se apresuran a hacer sonar las trompetas del apocalipsis; cuando es bien sabido que, años, meses o incluso semanas más tarde, terminarán apoyando los avances en derechos y hasta reclamando la autoría de los mismos. No hay excusas que valgan.  Tenemos que dejar de aplazar la vida al igual que debemos dejar de aplazar la política útil. Libramos una contienda por el futuro, pero también por nuestro tiempo presente, y de eso trata la reducción de la jornada laboral: de hacernos dueños del presente donde se gesta el futuro que queremos construir. 

Limitar el número de horas que trabajamos no es una simple medida económica, sino la misma reivindicación de nuestra humanidad, la manifestación de un deseo mucho más  profundo, una llamada a involucrarnos en aquello que nos hace humanos y nos distingue del resto de seres vivos. Detrás de cada hora que se gana al trabajo nos aguarda una infinitud de posibilidades, tantas como queramos: contemplar un atardecer sin prisas, compartir con nuestros seres queridos, cultivarse a uno mismo o,  simplemente, divertirse e irse de cañas. En definitiva, todo aquello que hace que la vida merezca la pena ser vivida. Queremos vivir mejor y queremos hacerlo ahora, porque ni la vida ni el tiempo esperan, ni nosotros queremos esperar.

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Paula Barreiro Cores es estudiante de Filosofía y Derecho en la Universidad Complutense y codirectora de la sección 'En Teoría' del programa 'El vuelo de la lechuza' de la radio del CBA.

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