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Reflexiones en torno a una crisis judicial

Antonio Estella

Estamos viendo estos días cómo el Derecho es mucho más que esa dama vendada, que en una mano lleva la balanza y en la otra la espada, que estamos acostumbrados a ver en las representaciones clásicas de la Justicia. Fijémonos, empero, una vez más, en esa imagen: quizás podamos extraer alguna que otra enseñanza de ella. La dama va vendada, como ya hemos dicho. Eso implica que está ciega ante las partes. No puede “ver” quién está delante de ella. Ello representa la idea de independencia. Independencia, como dice Martin Shapiro, “frente a todos”, además. El juez tiene que ser independiente frente a los poderes políticos, económicos, sociales, culturales. Tiene que soportar las presiones que vengan de todos los lados, y tomar decisiones de forma imparcial e independiente.

Nos olvidamos, sin embargo, de un elemento que es completamente crucial, cuando analizamos la venda que tapa los ojos de la Justicia. Quizá porque la venda exprese el deseo de imparcialidad de los jueces “frente afuera”, pero no nos dice nada, o casi nada, sobre otro riesgo igual de peligroso para la independencia: las presiones que vienen desde “adentro”, desde el propio juez . Más profundamente, la Justicia está vendada hacia fuera y hacia dentro, podemos decir, aunque no existe ninguna imagen que represente con tanta claridad este segundo aspecto. Sí, los jueces tienen que dejar a un lado sus inclinaciones personales, sus gustos, sus sesgos, sus preferencias, sus intereses, cuando están juzgando. Tienen que dejar de ser ellos, de alguna manera, cuando están haciendo su trabajo de juzgar. Desde un punto de vista institucional, se han establecido muchas medidas para impedir u obstaculizar las presiones que vienen desde fuera. Pero se ha hecho mucho menos para conjurar el segundo tipo de riesgo que se menciona. Personalmente no creo, sinceramente, que los jueces, por ejemplo del Tribunal Constitucional (TC) , estén soportando unas presiones insuperables por parte de los representantes políticos que los auparon a tan altos magisterios, para hacer lo que están haciendo. Creo que la realidad va por otro camino: son ellos mismos los que están reinterpretando su función como meros tentáculos del poder político. Es decir: los jueces podrían hacer otra cosa, pero no quieren. Dicho todavía de otro modo: pueden soportar las presiones externas, pero no están consiguiendo controlar las que vienen de dentro, las que vienen de ellos mismos. Se olvidan del doble carácter de la venda que está tapando la visión de la dama de la Justicia.

Juzgar implica “sopesar” correctamente todos los argumentos que se plantean ante un juez. Sopesar es pesar bien, pesar correctamente, de tal manera que al final la balanza esté en equilibrio

Segundo, la balanza. La balanza representa el equilibrio. Juzgar implica “sopesar” correctamente todos los argumentos que se plantean ante un juez. Sopesar es pesar bien, pesar correctamente, de tal manera que al final la balanza esté en equilibrio. Por eso juzgar es tan complejo. Pero remontémonos por un momento a la historia de la simbología de la balanza, que proviene del Antiguo Egipto. Osiris era el dios que hacía el balanceo, pero en este caso, entre el corazon del difunto y la pluma, que representaba la verdad. Si el corazón pesaba más que la pluma, era porque las mentiras en la vida del difunto pesaban más que sus verdades. Me interesa más esta representación de la idea de la balanza. Más allá del equilibrio, las decisiones de los jueces tienen que arrojar verdad. Más modernamente, tienen que ser creíbles ante los ojos de todo el mundo.

La credibilidad, la verdad podemos decir, de las decisiones judiciales, es una cuestión compleja, que depende de toda una serie de factores. Depende, para empezar, de cómo los jueces realizan esa operación de equilibrio, de sopesar. Es decir, depende de los argumentos jurídicos que empleen para llegar a decisiones correctas. Depende, también, de los resultados: los argumentos pueden ser buenos, pero si al final del día las decisiones son incorrectas, carecerán de credibilidad. Si después de pensar en cómo salvamos un río, después de desarrollar millas de argumentos técnicos y jurídicos de la máxima sofisticación, los peces de ese río se siguen muriendo, entonces es que esa decisión no era correcta, y por tanto, creíble. Y depende, finalmente, de cómo los jueces son elegidos para su cargo. Idealmente, las personas llamadas a ejercitar las más altas magistraturas judiciales deberían representar un consenso político, social, judicial, lo más amplio posible. Recordémoslo de nuevo, sin embargo: solamente aquellos que sean capaces de controlar la Hidra interior podrán emplear de manera correcta la balanza.

Finalmente, está la espada. Es el elemento más perturbador de la imagen clásica de la Justicia. La espada implica amenaza. Implica violencia. Implica desafío. Implica que si las decisiones de la justicia no se cumplen de manera voluntaria, entonces habrá que emplear la espada para conseguir dicho efecto: dura lex sed lex. Sin embargo, no podemos ver este elemento como algo aislado de los otros dos, de la venda y de la balanza. Es justo al contrario, hay que verlos en su conjunto, de manera combinada. El tipo de equilibrio que debería arrojar la justicia es el equilibrio que representa la idea de rigidez del derecho, pero también el de flexibilidad. El derecho que está en equilibrio no es solamente el derecho de la espada; es el derecho que supone un punto intermedio entre flexibilidad y rigidez. La espada está ahí para recordarnos una potencialidad del derecho. Una potencialidad a la que el propio derecho debería renunciar. Una potencialidad que se puede volver, de hecho, contra el propio derecho y la propia idea de Justicia, si no está en equilibrio con los otros dos elementos de su propia imagen.

¿Está excesivamente idealizada esta imagen de la Justicia? ¿No deberíamos reconocer que, en el fondo, el Tribunal Constitucional es simplemente una tercera cámara política, de la misma manera que lo son el Congreso y el Senado? ¿No nos ahorraríamos muchos disgustos si en lugar de emplear la imagen de la Justicia antes descrita, utilizáramos la de una Dama que carece de venda, balanza y que mantiene la espada como forma amenazante frente a los otros dos poderes políticos? ¿No es algo hipócrita escribir un artículo en el que damos una visión casi sublimada de lo que debería ser la Justicia aunque sabemos que nunca la alcanzará? Sí, podemos decir que sí. Pero entonces, imaginémonos ese mundo contrafactual. Algunos tendrán la tentación de superponer un cuarto poder sobre el tercero, un quinto sobre el cuarto, y así sucesivamente. Porque los valores de la Justicia, equilibrio, ponderación, prudencia, igualdad, neutralidad, que encarna la Justicia, son valores que conviene mantener. Si los Padres Fundadores inventaron un tercer poder independiente del resto fue por algo. Y que recordemos las ideas fundamentales en las que descansa esa división tripartita del poder es si cabe hoy en día mucho más importante que nunca, para evitar oasis de horror, en medio de desiertos de aburrimiento.

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Antonio Estella es catedrático Jean Monnet "ad personam" de Gobernanza Económica Global y Europea en la Universidad Carlos III de Madrid.

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