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Shakira factura contra tu resentimiento

Antonio Sánchez Domínguez (@AntonioSD_)

Un extraño espectro recorre algunos de los análisis resultantes de los dos millones de tuits que se pusieron en las primeras 24 horas de los 60 millones de escuchas —solo en YouTube— de la Sesión número 53 de Bizarrap —esta vez con Shakira. Es el espectro del resentimiento.

¿Acaso no hay en ellos legítimas preocupaciones sobre la calidad de la canción? ¿Acaso no estamos ante legítimas preocupaciones sobre si tiene sentido o no el arte basado en el despecho? ¿Acaso no estamos ante una legítima preocupación por la salud mental de los hijos de Shakira —y Piqué, eh?— ¿Acaso no estamos ante una legítima crítica feminista de Shakira por su crítica a otra mujer?

La respuesta a todas estas preguntas es no. Se habla de todas esas cuestiones para no abordar lo que verdaderamente está en juego. Todas esas preguntas ponen de relieve que lo que hay en el fondo de la sobrepreocupación en torno a la calidad de la canción, la sororidad en la canción o la salud mental de los hijos es solo resentimiento.

Empecemos por el despecho como motor artístico. ¿A qué se debe la relevancia de esta preocupación? Sí, son tres o cuatro canciones ya sobre el mismo tema. ¿Pero es esto mucho? ¿Es esto importante? ¿Es esto criticable? La respuesta es no. El despecho ha sido un motor del arte desde que el tiempo es tiempo. Muchos autores han edificado la mitad o todas sus obras en torno al despecho, en torno al abandono, en torno a las malas mujeres. ¿Acaso no venimos, como han reseñado algunos tuiteros, de aquellos versos, cantados durante treinta años, de “la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta? ¿Cuántas canciones han montado en torno a una ruptura Sabina, Los Beatles, Justin Timberlake, todos? ¿Qué decir de las Charlottes de Goethe, de las Beatrices de Dante, de las Diotimas de Hölderlin? ¿Les echamos en cara que edificaran la mitad de lo que escribieron en torno a un rechazo? ¿Les decimos: “oye, ya está bien, cambia de tema un poco que ya da vergüenza, tienes 40 años y sigues montando poemas en torno al mismo rechazo”?

¿Cuántas canciones han montado en torno a una ruptura Sabina, Los Beatles, Justin Timberlake, todos? ¿Qué decir de las Charlottes de Goethe, de las Beatrices de Dante, de las Diotimas de Hölderlin?

Otros analistas exhiben otra extraña preocupación que requiere de mucho tuit: “vaya con esta mala feminista que critica a otra mujer” o “se comporta como una cría”. Pero es que el derecho a comportarse como críos lo han ostentado, con mucha diferencia, hombres: Hombres G, Bumbury, Sabina, Justin Timberlake, C. Tangana o los Beatles. Shakira, en ese caso, estaría reivindicando lo mismo para las mujeres. Eso es lo que llevaba a que, por lo mismo, ellos fuesen meros “canallitas” mientras que ella es la “despechada”, la “cuarentona aburrida” o la “mala feminista”. Ella ha sido antisorora, pero ellos nunca fueron antifraternales por el “sufre, mamón, devuélveme a mi chica, o te revolverás entre polvos pica pica”. ¿Nos imaginamos a un hombre siendo fraternal con un hombre al que dobla en edad y que se lleva a su chica? Imaginemos que Clara Chía un buen día se va con un hombre de su edad, esto es, que tenga la mitad de la edad que tiene Piqué. ¿Exigiríamos fraternidad a Piqué? Obviamente no.

¿Por qué no podemos considerar que Shakira ha sido un poco canallita? ¿Por qué no podemos decir: “mírala, qué graciosa, metiendo pullitas”? No, ella no puede ser canallita porque es mujer y tiene más de cuarenta. Ella solo puede ser una amargada, una frustrada a la que han dejado por una mujer que tiene la mitad de años. Pero no hablamos de cómo el movimiento a la inversa es imposible. Ninguna mujer puede dejar a alguien por alguien que tenga la mitad de su edad.

Esa exigencia de sororidad, esa exigencia de pureza en el trato entre mujeres es otra forma de nombrar el patriarcado. Se les pide y se les pone un baremo imposible de alcanzar.

Otra de las críticas principales que se le hace es que es irresponsable porque puede estar perjudicando a sus hijos. Pero esta crítica nunca se le hizo a él cuando saltó la noticia de que estaba teniendo una aventura con sabe Dios quién, metiéndola en su empresa; y siguió sin hacerse esta crítica cuando supimos que esto había ocurrido en su propia casa —con todo lujo de detalles escabrosos y morbosos como el famoso affaire mermelada—. Esa diferencia entre exigencia de responsabilidad, devoción y entrega para con los hijos que solo se le ha hecho a la madre es otra manera de mencionar, de nuevo, una sola cosa: patriarcado.

Está demostrado, en fin, que hay una doble vara de medir y que un pecado de resentimiento crece en el corazón de los hombres. A veces lo ocultamos en un cuestionamiento de la calidad de la canción —la calidad de la anterior sesión de Bizarrap no generó la mitad de la mitad del debate, y eso que era sobre el Mundial—, a veces lo ocultamos en la presunta vergüenza de ver cómo los demás exponen su vida privada —como si esto no hubiera sido el motor del arte incluyendo a toda la música contemporánea pero también a todos los clásicos que no tuvieron problema alguno con exponer a las mujeres de su vida a un escarnio público dolorosísimo—. Pero de lo que tenemos que darnos cuenta es de que, en realidad, una excesiva preocupación por la calidad —en este caso y no tanto en otros— solo pone de relieve que el privilegio ostentado hasta ahora por los hombres peligra. Privilegio aquí significa capacidad de ser libre de decir y predicar lo que se quiera de lo que se quiera —de predicar el despecho, motor histórico del arte masculino, de predicar que el otro, el que te quita la novia, es un mamón, es inferior, es infame, es aburrido; de predicar qué tiene calidad y qué no—.

Que las mujeres facturen en lugar de que las mujeres lloren significa que, en realidad, facturen dinero o no, sí que facturan predicados, esto es, sí que facturan capacidad de expresar libremente el despecho, motor del arte ya no solo masculino, sino también femenino; que predican, también, que la otra puede ser una mamona, una infame o una aburrida. Lo que está en juego es el lugar del arte, el lugar desde el que se expresa y se produce. Lo que está en juego es nuestro miedo —el miedo de los hombres— a perder el lugar privilegiado de enunciación, el lugar de poner nombre a las cosas, el lugar de decir de éste o de aquel o de aquella lo que son y dejan de ser. Ese lugar es el que Shakira reivindica por ella, para ella, pero sobre todo para todas.

Que esto se haga relevante cuando lo hace una mujer prueba la verdad y la necesidad de la canción.

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Antonio Sánchez Domínguez es diputado de Más Madrid y Profesor Asociado de Filosofía en la Universidad Complutese.

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