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8M

El 8M bajo la mirada feminista de dos generaciones: "Puede haber división, pero no ruptura, seguimos siendo fuertes"

Una máxima del movimiento feminista organizado es trabajar en base a consensos. Los debates existen, las discrepancias siempre han estado, pero las activistas llevan años esforzándose por avanzar a partir de los acuerdos alcanzados en cada momento. Algo ha cambiado en los últimos años. Así lo perciben las veteranas y así se atreven a intuirlo sus discípulas, las chicas más jóvenes que se acercan al movimiento feminista. Este 8M, Día Internacional de la Mujer, infoLibre charla con ellas: mujeres que llevan décadas organizadas y jóvenes que llegan cargadas de fuerza.

Teresa Sáez cumplirá en abril 64 años y empezó a participar activamente en el movimiento feminista a finales de los setenta. Cuando piensa en la evolución de los últimos años rebosa entusiasmo. "Ni en nuestros sueños nos imaginábamos esta respuesta a favor de la igualdad en los últimos cuatro años". Lo dice con rotundidad, convencida de estar en lo cierto. "En el primer 8M masivo que nos vimos en las calles aparecieron las lágrimas y los abrazos, lo habíamos conseguido. Y lo conseguimos con constancia y trabajo. Era nuestro objetivo: que el feminismo entrara en vena". Entró, pero algo se quebró.

No lo llamaría ruptura Ángeles Álvarez, feminista socialista. "No veo ruptura, veo un proceso", sostiene al otro lado del teléfono, muy similar al vivido en su juventud: las "mismas personas defienden las mismas posturas" de entonces. Álvarez se acercó al feminismo hace cuatro décadas y le ha acompañado toda una vida. Al echar la vista atrás entrevé los mismos debates que sobrevuelan hoy. "Hace cuarenta años ya estábamos con el debate sobre la prostitución, pero se resolvía por una vía muy sencilla: había temas que no se tocaban". Sencillamente, explica la activista, exdiputada y ex secretaria de Igualdad del Partido Socialista, porque no había acuerdo posible. "La prostitución no entraba en el manifiesto porque tenía que haber unanimidad". Y había, y hay, dos posiciones: quienes defienden su abolición y quienes ven en la regulación la única vía de salida posible.

Esa división se expresaba en las manifestaciones. "Nos pegábamos voces vía consignas, pero nunca hubo violencia. El año pasado fue un punto de inflexión: se arrancaron y se pisotearon pancartas. Nunca había pasado tal cosa, hubo violencia para taparle la boca al feminismo abolicionista", explica Álvarez. La manifestación de 2020 quedó marcada por la confrontación entre dos grupos. Las mujeres abolicionistas denunciaron ataques contra ellas y sus pancartas. La Comisión 8M aseguró que este bloque trató de adelantarse al resto para ocupar la primera línea. "Las compañeras realizaron un cordón con los brazos para garantizar que la cabecera pudiera acceder al escenario", pero el grupo "las agredió con insultos, empujones y golpes". Ya entonces orbitaba un asunto ahora crucial: la inclusión de las mujeres trans. "Las mujeres trans forman parte del movimiento feminista y para nosotras la transfobia es una forma de violencia. También lo es la apropiación y la instrumentalización del abolicionismo para reproducir un discurso de odio", decía la Comisión 8M.

El conflicto germinó en Madrid, pero se extendió con virulencia por todo el país. Teresa Sáez vuelve a los años ochenta y noventa. El abolicionismo ya existía entonces y no siempre cosechaba elogios, pero los disensos convivían. "Esa es la diferencia", rememora la activista, "éramos capaces de aprender las unas de las otras, escuchábamos y había una actitud de ponerse del lado de las mujeres". Aquellos debates pretéritos se reformulan ahora. "También hemos vivido el debate en torno al sujeto del feminismo, si debían ser las mujeres trabajadoras o todas las mujeres", cita a modo de ejemplo. Ahora son las mujeres trans quienes piden su turno. "Nuestro sujeto va a ir cambiando, como cambia la vida, pero debemos conservar la consigna de 'todos los derechos para todas'", opina. Perder de vista esos principios es "forzar la máquina" hasta degenerar en "posiciones dentro del feminismo que no se habían vivido nunca". "Esta exclusión, este casi negar la palabra, es un retroceso impresionante", explica.

Purpurina y política

Patricia Aranguren llegó al activismo al calor del movimiento LGTBI en Pamplona. Aquello fue como una suerte de salvavidas: allí la recibieron con los brazos abiertos cuando la joven estaba saliendo del armario. A los 22 años se traslada a Madrid y se topa con la Comisión 8M en plena efervescencia. "Nunca había estado en una asamblea feminista como tal y aquella era de 200 personas, con mujeres súper mayores y adolescentes de quince años", recuerda cuatro años después. "Me encontré a mujeres racializadas, trabajadoras del hogar, compañeras en silla de ruedas. Esa imagen me impactó y me enganchó muchísimo", reconoce la joven. "Yo no hablé", admite. Cómo iba a hablar, "nunca había vivido algo así". En la Comisión 8M encontró "redes muy bonitas intergeneracionales" que se pasan el testigo sin asomo de superioridad. "Las mayores siempre nos están diciendo que son ellas las que aprenden de nosotras, pero yo no sé qué aprenderán", confiesa.

La brecha generacional es anecdótica. "Lo comentamos mucho en las cañas de después. Por ejemplo, ellas dicen que llevan toda la vida luchando contra los estereotipos, una de las cosas que hacían antes era no maquillarse y de pronto se encuentran con chavalas de quince años que no es que vayan maquilladas, es que llevan purpurina en la sombra de ojos".

La purpurina cabalga junto a la política. Y a veces emergen tensiones. "Ha pasado muy rápido en los últimos tres años", dice en referencia al debate sobre la autodeterminación de género. "Las personas trans siempre estaban en las asambleas porque les atraviesan las violencias del patriarcado". La ley que prepara el Ministerio de Igualdad ni siquiera es objeto de disputa, sostiene la activista: "No estoy en muchas asambleas en las que la gente se lea las leyes y las debata". Para ella, el conflicto sobre el encaje de las personas trans "es un debate de mentira, no tiene nada que ver" con las feministas, "es política institucional".

También habla de política Ángeles Álvarez. "Hay un grupo minoritario en el movimiento de mujeres, en posiciones según mi manera de entender muy poco feministas, colocadas en un discurso neoliberal con la etiqueta de izquierdas". Ese grupo, opina la socialista, "se ha encontrado con un partido político que necesita confrontar con el partido que ha llevado las políticas públicas más importantes y que necesita tener banderas propias". El primer partido es Unidas Podemos, el otro el Partido Socialista. Los morados "han encontrado en este tema un espacio de confrontación, pero a medida que aprenden de feminismo se les desdibuja su línea con el PSOE". Pone dos ejemplos: la postura crítica de Podemos respecto a la prostitución y los vientres de alquiler. "Ese pequeño grupo con un partido necesita dibujar un perfil propio, pero no sé hasta dónde quieren llegar".

"Les va la vida en ello"

Laura Curiel aborda el debate con extraordinaria lucidez. A los quince años se dio cuenta de "la realidad: que a la mujer le quedaba un trayecto para vencer las desigualdades, las violencias machistas y la discriminación". Aquel sentir nació gracias al estímulo de las protestas contra La Manada y el movimiento #MeToo. "Todo eso nos unió más", dice la joven de ahora 19 años. Es su primer año en la Comisión 8M de Madrid, a la que entró "con el objetivo de compartir conocimientos y construir una estrategia que genere cambios en la sociedad, para una transformación feminista". Dice que fue a por todas, que se sintió como en casa.

La activista no niega el debate, pero sitúa la confrontación en un segundo plano. Está entusiasmada. "Aprendo cada día de mis compañeras, de su manera de pensar, su trayectoria, sus historias, sus victorias y sus derrotas, esto es una gran inspiración para mí", confiesa acelerada. Cree que "puede haber una ruptura" a raíz de la autodeterminación de género, pero busca acercar posiciones. Se toma unos segundos para pensarlo y rectifica: "Puede haber división, pero no ruptura, seguimos siendo fuertes. Hablando y educando nos entenderemos".

Patricia Aranguren califica el actual como un "momento raro de pausa" pero dice tener "mucho ánimo". Lo potente del 8M "es el proceso que genera" y ahí es donde están ahora las activistas. A Teresa Sáez le preocupa que las tensiones puedan disuadir a las generaciones más jóvenes, pero cree importante que esas chicas "no lo duden: el feminismo es placer y lo que se ha conseguido tiene que continuar". Ahí coinciden todas. A las más jóvenes Ángeles Álvarez les diría que "la prostitución no es una opción laboral, que alquilar el cuerpo no es una alternativa para sobrevivir y que tienen el orgullo de ser mujeres". Pero sobre todo les diría que no den un paso atrás, que el feminismo es suyo y "que les va la vida en ello".

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