Día Internacional contra la Violencia de Género

Cinco falsas creencias sobre la violencia de género

Víctimas de violencia machista acampan en Sol, en una imagen de archivo.

La virulencia y el arraigo que caracteriza a la violencia machista se explica, en parte, por las creencias que la alimentan. El histórico poder de los hombres sobre las mujeres ha construido toda una estructura organizada en base a roles y estereotipos de género. Un entramado que marca comportamientos y que castiga la transgresión. La realidad sangrante de la violencia de género se encuentra todavía empañada por todo un conjunto de mitos que tienen un objetivo claro: deslegitimar la lucha feminista. Este sábado 25 de noviembre se celebra el Día Internacional contra la Violencia de Género e infoLibre repasa con expertas en violencia machista cuáles son algunos de los mitos que, pese a carecer de base, perpetúan y normalizan la violencia contra las mujeres.

1. Denuncias falsas

La cuestión de las denuncias falsas sigue siendo probablemente el mito más evidente, aun cuando los datos no dejan espacio para interpretaciones. Según la Memoria que presenta anualmente la Fiscalía General del Estado, el periodo entre 2009 y 2016 se cerró con 1.055.912 denuncias por agresiones machistas, de las cuales sólo 79 recibieron condena por denuncia falsa, es decir, el 0,0075% del total.

El argumento de las denuncias falsas suele llevar aparejado el de la violencia supuestamente invisibilizada contra los hombres. A nivel mundial, en 2012, una de cada dos mujeres asesinadas lo fue a manos de su compañero sentimental o un miembro de su familia. Únicamente el 6% de los hombres asesinados en todo el mundo murieron en las mismas circunstancias, según el Estudio mundial sobre el homicidio elaborado en 2013 por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito –UNODC por sus siglas en inglés– y recogido por la organización Mujeres de Guatemala.

"El tema de las denuncias falsas es una cuestión clara y meridiana que se puede desmentir con los datos". Así lo sostiene Susana Martínez, presidenta de la Comisión para la investigación de malos tratos a mujeres. Toda sospecha de denuncia falsa se somete a una instrucción "por falso testimonio o por denuncia falsa, y si se miran las estadísticas se puede comprobar que los procedimientos son del 0,008%", recuerda. Por tanto, "los propios datos desmienten la creencia de las denuncias falsas", mientras que la realidad revela que "todavía sigue existiendo una bolsa oculta de mujeres que no denuncian por diversos motivos, como la dependencia afectiva, económica, la falta de confianza o el miedo a represalias".

Marisa Soleto, presidenta de la Fundación Mujeres, coincide en que "ni tan siquiera existe un movimiento que anime a las mujeres a denunciar" de forma insistente, porque "una mujer tiene que reunir mucha fuerza y estar bien asesorada para que el proceso de denuncia por violencia de género le merezca la pena". La situación actual, explica, es que "las mujeres no denuncian".

Esta falsa creencia, expone Martínez, se basa en una estrategia perfectamente trazada por el patriarcado, basada en que "cada vez que hay un avance en cuanto a la sensibilización de profesionales y de la sociedad en general, hay a su vez un intento de respuesta para contrarrestar ese avance".

2. Perfil de la víctima y perfil del maltratador

La violencia de género actúa como un fenómeno transversal que no responde a perfiles concretos. Supera cualquier estatus social, nivel cultural, poder adquisitivo o lugar de origen. Basta mirar la cifra de feminicidios desde el año 2003: un total de 916 mujeres han sido asesinadas desde entonces. La violencia machista se ceba diariamente con las mujeres por el simple hecho de serlo.

Sin embargo, todavía persiste el análisis que tiende a encasillar a víctima y agresor en unos perfiles concretos. La primera suele ser, según el falso diagnóstico, una mujer pasiva y dependiente, mientras que el segundo suele  responder a un hombre con problemas psicológicos.

La Red Ciudadana para la detección y apoyo a las Víctimas de Violencia de Género, dependiente de la Junta de Andalucía, señala en un informe que "la idea que se tiene acerca de que un maltratador es una persona de baja formación, con nivel adquisitivo medio-bajo, con ideas marcadamente machistas y de tendencias violentas, no se corresponde con la realidad. No hay un perfil social de maltratador", afirma. Lo mismo asevera en cuanto a las víctimas. "La mujer maltratada tampoco responde a un perfil de mujeres susceptibles de recibir maltrato; ni son mujeres de estratos sociales bajos, ni son siempre mujeres dependientes económicamente de sus parejas, ni son mujeres de baja formación y escasa cualificación", aunque sí matiza la existencia de algunos "carácteres adquiridos" a consecuencia del maltrato, como la culpabilización, el miedo o el estrés.

Susana Martínez explica que, precisamente, la creencia más extendida indica que "los malos tratos se dan en un perfil de clase social medio-bajo" e incluso también es habitual señalar a la población migrante, "algo que tampoco es cierto porque en España aún se da y se sigue normalizando" la violencia contra las mujeres. En cuanto a los maltratadores, suele predominar la idea de "desorden mental o problemas de alcoholismo o drogadicción". Este tipo de fenómenos externos "pueden ser un factor de riesgo, pero alguien puede ser alcohólico y no maltratar", señala Martínez, quien insiste en que se trata de "una cuestión de ideología".

Con ella coincide Marisa Soleto. "Es un crimen ideológico, y los factores causales tienen que ver con valores y con una posición de poder y de sometimiento", relata la experta. Existen ciertos "factores exógenos que pueden tener influencia" pero que no son decisivos.

Bárbara Tardón, doctora en estudios de género, insiste en que "el perfil del agresor es muy variable, no es un joven ni es un loco". En los casos de violencia sexual, por ejemplo, "se asocia que a partir de una edad desaparece la excitación" y por tanto no entra en el imaginario social que los hombres mayores sean agresores. Frente a ello, continúa, es habitual "que los hombres mayores agredan a sus cuidadoras, algo que está muy aceptado". Unido a esto y a la creencia de que la violencia sexual está directamente relacionada con el apetito sexual, también se piensa que "sólo se agrede a mujeres jóvenes", por lo que el grupo de mujeres mayores que también son víctimas "quedan fuera". La violencia machista, y la sexual como una de sus vertientes más complejas, afecta a "todos los perfiles".

3. Agresiones sexuales: desconocidos y callejones

La violencia sexual es precisamente una de las formas de abuso que más mitos soporta. El imaginario colectivo ha asumido que las violaciones se producen en callejones oscuros, por parte de desconocidos y bajo el uso de la fuerza extrema. Sin embargo, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual principalmente por parte de un compañero sentimental, según la OMS. Las llamadas violaciones en cita son igualmente habituales y no siempre se encuentran precedidas por ataques físicos.

La encuesta publicada en 2014 por la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea revela que el 5% de las mujeres que habitan en la Unión Europea han sido obligadas a mantener relaciones sexuales a partir de los 15 años, mientras que el 6% afirma que alguna persona las obligó a participar en una actividad sexual en contra de su voluntad o cuando eran incapaces de negarse a ello. Otro 6% reconoce haber accedido a realizar actividades sexuales porque temía lo que pudiera pasar tras una negativa.

Tardón explica que "toda la violencia de género, y en especial la sexual, está atravesada por mitos, que se mantienen de forma constante en toda la historia y que buscan desacreditar a las víctimas, restar responsabilidad a los agresores, y sembrar dudas sobre una vulneración de derechos humanos". Estos mitos funcionan, además, como "mano ejecutora del sistema patriarcal" con el fin de "controlar la libertad sexual de las mujeres y su comportamiento" a través de la imposición de roles y mandatos de género.

"Entre el 80% y el 90% de las agresiones sexuales se producen en casa, en entornos íntimos", expone Tardón, por lo que "sólo estamos llegando a ese 10%" que sí se produce en espacios públicos y callejones oscuros. Se obvia, por tanto, "todo ese porcentaje altísimo de casos de padres, parejas o compañeros de trabajo" que también son agresores.

Igual de incierta es la asociación que vincula la violencia sexual con el uso de la fuerza. "El miedo te paraliza y te dejas llevar", de modo que la mayoría de las veces las mujeres se encuentran "incapacitadas para poder actuar" o ejercer algún tipo de resistencia.

4. Las víctimas olvidadas

Casos como el de Juana Rivas o Ángela González ponen sobre la mesa el debate en torno a la protección de los niños. Los hijos de las víctimas también reciben, desde el año 2015, el estatus de víctimas. En lo que va de año son 23 los niños huérfanos a causa de la violencia de género y ocho han sido asesinados por sus padres. Pese a ello, en la actualidad se cree que "el ejercicio de la violencia de género no afecta a las relaciones paternofiliales", lamenta Soleto. Pero el maltratador "no es un buen padre" y la violencia de género "siempre perjudica" a la relación entre padre e hijos.

Se trata de, tal y como recomienda el Convenio de Estambul, priorizar sobre el interés superior del menor y tomar "las medidas legislativas u otras necesarias para que, en el momento de estipular los derechos de custodia y visita relativos a los hijos, se tengan en cuenta los incidentes de violencia".

Soleto admite que se está avanzando en el desarrollo de una legislación que intente contemplar ese interés del menor, pero "todavía están muy presentes" los estereotipos de género en el aparato judicial. "Los jueces hacen caso a ese mito o creencia de que uno, por muy mal que se lleve con su esposa, no tiene por qué ser un mal padre", denuncia.

5. El mito del amor romántico

La violencia de género, más allá de los golpes, adquiere otras muchas formas, sutiles pero destructivas. La base del iceberg que se alimenta, en muchos casos, por un mito de amor romántico que tradicionalmente ha funcionado como excusa perfecta para maquillar relaciones tóxicas, celos, control y violencia verbal.

"Hay una falsa creencia entre los más jóvenes, y es que el maltrato es exclusivamente físico", recalca Susana Martínez. Por contra, suele obviarse el "control o el lenguaje verbal dominante", que está "muy normalizado y no se ve como inicio de maltrato".

En 2015, el CIS elaboró un estudio –Percepción de la violencia de género en la adolescencia y la juventud– en el que concluye que uno de cada tres jóvenes de entre 15 y 29 años considera "inevitable" o "aceptable" la conocida como violencia de control, y de hecho no identifica los comportamientos de control con violencia de género. Sin embargo, el 97% sí considera "inaceptable" la violencia física y sexual.

Otro estudio, realizado por la Diputación de A Coruña, revela que un 54% de los encuestados –adolescentes de entre 14 y 16 años–, únicamente percibe la violencia de género cuando se trata de agresiones físicas, de forma que "el alumnado mantiene un bajo grado de conciencia y una menor apreciación del maltrato psicológico respecto del físico". Además, casi cuatro de cada diez chicos –el 37,4%– opina que la violencia de género es consecuencia de una "pérdida momentánea de control provocada por los nervios".

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