Medio ambiente

El coche eléctrico: una prueba de fuego para el crecimiento sostenible

Imagen de archivo de coches eléctricos en puestos de recarga.

Cuando en el debate político y social de los países occidentales se habla del futuro, dos son las temáticas que suelen estar sobre la mesa. Una es la transición energética hacia un modelo más sostenible, que palie los efectos más devastadores de un cambio climático que no es que vaya a llegar, es que ya ha llegado. Otro es el trepidante avance de la tecnología. Dos de sus consecuencias son el cambio en nuestros hábitos que posibilitará la llegada del 5G y el avance en robótica y tecnología artificial, que puede conllevar un aumento en el confort pero también una peligrosa desestabilización fruto de la pérdida de puestos de trabajo. Los modelos más optimistas suelen hablar de una insostenibilidad presente y una sostenibilidad futura, que sin cambiar el ritmo de vida de los países más desarrollados respete al medioambiente y no agote los recursos. La premisa, sin embargo, no es aceptada por muchos críticos que aseguran que, tal y como concebimos el progreso, los avances no serán compatibles con un futuro sin un colapso no solo medioambiental, también económico y social. Y el ejemplo del coche eléctrico es perfecto, porque ilustra a la perfección la confrontación entre dos modelos, dos predicciones y dos escenarios.

La transición energética hacia la sostenibilidad suele presentarse con varios objetivos. El primero es de un futuro donde el 100% de la energía sea de origen renovable, prescindiendo del uso de combustibles fósiles no solo finitos, también contaminadores y dañinos en términos de calidad del aire y de cambio climático. El otro es el de la descarbonización del transporte, incluido en los sectores difusos, que contaminan tanto o más que la industria, tanto energética como de otros ámbitos. Los partidarios de que el crecimiento es compatible con la sostenibilidad se agrupan bajo las tesis del crecimiento verde, que incluso da nombre en España a un lobby de muchas de las empresas más poderosas del IBEX: el Grupo Español para el Crecimiento Verde. Los que, sin embargo, defienden que es imposible frenar los efectos más dolorosos del cambio climático sin una reducción del consumo y de la producción son los llamados decrecentistas. Las buenas noticias de los primeros suelen tener más eco y presencia. Las malas noticias de los segundos plantean una duda que no suele aplicarse al ámbito de la movilidad: ¿Es posible que el 100% del parque móvil de vehículos sea eléctrico?

El diésel y la gasolina contaminan el aire de nuestras ciudades y la atmósfera, provocando modificaciones del clima a nivel global de consecuencias que en muchos lugares del mundo serán devastadoras. La solución parece fácil: ayudar a la implementación del coche eléctrico, que no emite absolutamente nada en circulación porque no hay combustión, y sustituir todos los vehículos del parque móvil actual por vehículos limpios. En 2017, solo un 0,4% de los coches circulando por España eran de propulsión eléctrica, algo más de 52.000 contando a los híbridos. En el año 2020, el Ministerio de Industria espera una penetración de 150.000, lejos de los 300.000 que, según las estimaciones de Deloitte, serían necesarios ese año para cumplir con los objetivos de emisiones de CO2.

El informe de Greenpeace publicado este martes, que asegura que la eliminación del carbón y de la energía nuclear del mix energético tendría un coste asumible para España en 2025, plantea una flota de 500.000 vehículos eléctricos para ese año. El informe de la organización ecologista asume que la mitad de ellos tendrá un sistema de gestión de carga inteligente y que la mayoría estarían conectados de noche, cuando la demanda eléctrica es más reducida. Greenpeace asegura que la implementación de este tipo de vehículos cuadra con un escenario de aumento de la demanda eléctrica moderado que permitiría prescindir de las térmicas y de las nucleares, evitando así toneladas y toneladas de emisiones de CO2. Pero no aclara si es posible el mismo escenario amable con un 100% de vehículos eléctricos, con un tamaño similar al del parque móvil actual.

Actualmente, existen grandes obstáculos para esta implementación a gran escala: la ausencia de una autonomía aceptable para viajes largos, el precio y la ausencia de puntos de recarga en el espacio público son las tres grandes desventajas. Pero suponiendo que estas barreras desaparezcan, la sostenibilidad de este modelo de transporte se pone en duda. Las estimaciones de Greenpeace introducen esos 500.000 vehículos eléctricos en un escenario en el que las renovables ganan mucho peso en la generación de energía, respaldadas por el gas, por lo que la electricidad que consumirían sería mucho más limpia. Pero con millones de coches, motocicletas y autobuses necesitando electricidad por las calles, ¿las renovables pueden asumir esa carga? ¿Y el propio sistema eléctrico?

Dos respuestas antagónicas

Lógicamente, el impacto ambiental de los vehículos impulsados por electricidad depende de cómo se genere esa electricidad. Un estudio de Endesa de 2015 aseguraba que el impacto en CO2 de un coche eléctrico en España, a día de hoy, con el mix energético actual, es de 50 gramos mixpor kilómetro recorrido. Si el coche circula por Polonia, con un dominio apabullante del carbón como generador de electricidad, la cifra subiría a 124 gramos. Por lo tanto, los expertos coinciden en que el fin del transporte de combustión tiene que ir de la mano del 100% de energía eléctrica generada por renovables. La electricidad es solo una parte de la energía que se consume y se genera en cualquier país: los combustibles fósiles juegan un importante papel tanto en la industria como en el funcionamiento del parque móvil actual. Por lo tanto, el futuro dibujado por los optimistas del coche eléctrico consiste en unas energías renovables acaparando la mayor parte del sistema energético del país.

Hay muchas voces que consideran perfectamente planteable un parque móvil del tamaño del actual y 100% eléctrico. Muchas provienen de empresas como Red Eléctrica Española (REE) o Endesa, obviamente interesadas en ese planteamiento. El estudio de la última, elaborado junto a Euroelectric, plantea que el 18% de la energía eléctrica generada en España bastaría para cubrirlo. "Siempre que la carga se organizase de manera inteligente", matizaba la empresa, sin ocupar las horas de mayor demanda. La Agencia Internacional de la Energía (IEA, siglas en inglés) también apoya este planteamiento con el mismo matiz, pero a nivel mundial: si los 1.200 millones de automóviles que circulan a día de hoy fuesen eléctricos, acapararían el 10% de la energía consumida en todo el planeta. "Un 100% de vehículos eléctricos es imposible", asegura Turiel, teórico decrecentista

El científico del CSIC y una de las voces más autorizadas en términos de decrecentismo, Antonio Turiel, discrepa de manera contundente. Acepta que un 10% del parque móvil, en el caso de España, pueda ser eléctrico sin contaminar más, apoyado por un aumento en el uso de renovables. Pero hasta ahí. "Un 100% es, sencillamente, imposible", afirma. "Los números no salen". Alude a varias "limitaciones" que los estudios de la IEA y de Endesa no tienen en cuenta. Tres de ellas tienen que ver con un componente indispensable de estos vehículos: las baterías. Afirma el experto que la disponibilidad de litio, cobalto y cadmio, entre otros metales, no dan para tanto vehículo, teniendo en cuenta la competencia por el recurso de ordenadores, móviles y demás dispositivos electrónicos. La huella de carbono del coche, asumiendo que se fabricarían al mismo ritmo que los de diésel o gasolina, debe tener en cuenta que la extracción de estos recursos no es ni limpia ni poco contaminante. Y, además, "existe un efecto de pérdida de capacidad de las baterías con la temperatura", advierte Turiel. Mantiene que, cuando la temperatura ambiente supera los 30 o 35 grados, algo común en los veranos españoles, su capacidad se resiente.

Pero el obstáculo más importante, a su juicio, parte de un hecho: el 80% de los vehículos de España duermen en la calle. Alimentarlos con electricidad requeriría de un esfuerzo a nivel de infraestructuras que considera insostenible. En todas las calles se necesitarían puestos de gran potencia para alimentarlos que, más allá del gasto en cobre y otros materiales, supondrían un esfuerzo que la red eléctrica no podría soportar.

Antonio Turiel explica en su blog que, además, una mayoría de generación de energía por renovables, no solo en cuanto a la electricidad sino en cuanto al resto de sectores, es difícil de imaginar porque, quitando el factor de interconexiones con países vecinos, no hay espacio en España para tanta fotovoltaica y tanta eólica al ser generaciones de energía de densidad baja: necesitan de grandes infraestructuras para producir una cantidad relativamente pequeña de electricidad. En el caso de la segunda, Turiel calcula: "Sembrando toda España de molinos de viento de 80 metros de alto se podría conseguir 239 Gw de potencia media, lo cual es aproximadamente lo que consumimos hoy en día". A nivel internacional, un estudio publicado esta semana ponía en evidencia que, aunque sea posible un predominio renovable en la energía mundial, vamos a un ritmo extremadamente lento: aun contando con las nucleares, tardaríamos 400 años con los avances actuales en su implementación para cambiar el sistema energético.

Esas limitaciones, sumado al hecho de que el petróleo no solo se acaba sino que las predicciones aseguran que cada vez será más caro extraerlo (el concepto del cénit del petróleo) hacen afirmar al experto que el futuro del parque móvil en países como España es desaparecer, en gran medida, por los precios de la gasolina convencional y por los límites de lo eléctrico, en favor de una movilidad en ciudades impulsada por los coches compartidos y las bicicletas. "Será necesaria una gran reconversión industrial", reconoce, y tendrá su impacto: en gran manera, causado por el shock de la obligación de consumir menos en un sistema capitalista que vive del crecimiento.

El consumo de las tecnologías disruptivas

El progreso y el crecimiento se suelen asociar a la llegada de las tecnologías disruptivas: el 5G, la inteligencia artificial y la robótica provocarán cambios en la rutina de las sociedades occidentales, pero está por ver si esos cambios son compatibles con la sostenibilidad, al igual que con el caso del vehículo eléctrico. Tendemos a pensar que el móvil o el ordenador son limpios, pero diversas consultoras aseguran que el sector TIC aporta el 2% de las emisiones de CO2 del mundo. Una búsqueda en Google emite 7 gramos de este contaminante (aunque la empresa lo niega). No solo es que funcionen con electricidad: la gestión de la inmensa cantidad de datos que hacen posible que exista Internet no sale gratis.

Ahora es el 2%, pero el Internet de las cosas que facilitará el 5G llevará a un smartphone conectado con muchísima más rapidez y capacidad, pero también a un coche conectado, una lavadora conectada, un frigorífico conectado… el número de datos por gestionar aumentará considerablemente. Los servidores que se encargan de ello consumieron en 2013, en Estados Unidos, el 7% del total de la electricidad. No solo necesitan estar conectados constantemente para distribuir la información de la red de redes: también se sobrecalientan y es necesario refrigerarlos, lo que gasta aún más. Si se estima que se triplique la cantidad de energía que consumen estos espacios, es necesario actuar para que la hiperconectividad sea compatible con la sostenibilidad.

La Comisión Europea ya se ha puesto manos a la obra y, mediante el proyecto de investigación RenewIT, persigue dos objetivos: mejorar la eficiencia tanto de los dispositivos a lo largo y ancho del mundo para que consuman menos como la de los centros de datos; e instar a las gigantes tecnológicas a que utilicen energías renovables para alimentar sus infraestructuras.

A pesar de las intenciones, las promesas y las predicciones, el futuro no está escrito. El consenso científico sobre el cambio climático es claro, pero no hay consenso sobre qué debemos hacer de verdad para evitar el colapso. El debate sobre si la sostenibilidad es compatible con el progreso y el crecimiento seguirá durante décadas, pero no se puede alargar demasiado: no tenemos mucho tiempo.

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