Las críticas al pacto PP-Vox: “Ponen el grito en el cielo por 150 adolescentes que sí quieren vivir aquí”

“Están poniendo el grito en el cielo por 150 adolescentes que sí quieren vivir aquí”. La frase la pronuncia Sandra Fernández Cebrián, una profesora que da clases en Las Hurdes, una de las comarcas de Extremadura que más sufre la despoblación. A su instituto acuden menores africanos acogidos en el centro de Caminomorisco, uno de los recursos autonómicos de la Junta donde residen quienes no tienen familias que puedan hacerse cargo de ellos, sea cual sea su nacionalidad. Ella recibe en sus aulas a varios de estos adolescentes de entre 14 y 17 años. Todos llegaron en patera. Sin ninguna compañía. Los hay de Marruecos, Senegal o Mali. “A pesar de la dificultad del idioma, se les nota las ganas de aprender, la motivación, quieren poder buscarse la vida”, cuenta a infoLibre la profesora. Cada cual lleva su propia mochila. Su propio drama. Unos escapan de conflictos bélicos, otros de zonas donde ya no se puede vivir por el destrozo medioambiental, otros huyen de la pobreza y la falta de futuro. “Son jóvenes que quieren quedarse en Extremadura, estudiar y trabajar aquí”, afirma Fernández Cebrián.

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La docente hace esta reflexión tras el acuerdo pactado por PP y Vox en Extremadura que, entre otros puntos, rechaza “de forma expresa” acoger a más menores extranjeros no acompañados. Y usan el acrónimo MENA para definirlos. “En el centro de Caminomorisco, por ejemplo, hay plazas vacías, hay sitio de sobra. Nos podemos permitir perfectamente doblar esa cifra de 150 menores migrantes tutelados y repartidos por toda la región y llegar a los 364 que pide el Gobierno central. Y en ningún caso ese hecho supondría un riesgo de seguridad nacional ni un peligro para el futuro de otros jóvenes extremeños”, expresa la docente, quien trabaja día a día con esta realidad.

En cuanto a la palabra MENA, subraya: “Se nos olvida que son niños, no los podemos despersonalizar”.

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Asimismo, uno de los puntos del texto aprobado por ambos partidos es la “verificación de edad de los inmigrantes ilegales”. El documento reza así: “Se habilitará la oportuna consignación presupuestaria destinada a la realización de pruebas de determinación de edad para evitar fraudes en la condición de menor y el colapso de los servicios”. Pero en la práctica, sobre el terreno, el problema es otro: “Cuando estos menores acogidos cumplen los 18 años, se quedan sin nada, porque ya no pueden estar en los centros. Hay veces que son derivados a otros recursos, pero en otras ocasiones se quedan solos y sin red”, explica Fernández Cebrián.

No obstante, desde la Plataforma de Apoyo a las Personas Migrantes y Refugiadas en Extremadura, de la que forma parte esta docente, han emitido un comunicado que igualmente recoge: “La Administración está obligada a verificar la edad de quienes dicen ser menores, una tarea conscientemente desatendida hasta la fecha. De hecho, celebraremos si así se garantiza, pues hay muchísimos en Extremadura no reconocidos como tales que por fin podrán acceder al sistema de protección como les corresponde. Recordamos que, antes que migrantes, son niños y niñas”.

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Al hilo de esta cuestión, la profesora incide: “Se genera mucho ruido y, cuando se desconoce la realidad, se puede hacer mucho daño. En un pueblo pequeño, donde pones cara a las personas, no hay problema, el peligro está en que acabe imponiéndose el miedo que se le está metiendo a la gente”.

El burka y el niqab

Otro de los puntos polémicos del acuerdo PP-Vox en Extremadura es la “prohibición del burka, el niqab y cualquier prenda similar” en espacios públicos.

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Sobre esta medida hablan dos profesoras de la asignatura de Religión Islámica que se imparte como optativa en 12 colegios de la región y un instituto, situados principalmente en el norte de la provincia de Cáceres, donde reside población originaria de Marruecos que trabaja en la agricultura (en su mayoría en el cultivo del tabaco).

“Se nos pone en el centro sin escucharnos. Se busca una solución a un problema que no existe. Se enfoca nuestra vestimenta para lanzar discursos xenófobos y dicen que es para defendernos”, expresa Sara Hbaidi, de 26 años, que vive en Jaraíz de la Vera y trabaja en el IES Maestro Gonzalo Korreas de esta localidad cacereña. “Yo en Extremadura nunca he visto un burka (la prenda que tapa por completo, con una rejilla para los ojos y que es propia principalmente de Afganistán), y mujeres musulmanas que lleven niqab (la que solo deja libre los ojos) si acaso una o dos”, añade.

Ella nació en España pero sus padres son marroquíes de Oujda, una ciudad en la frontera con Argelia y a pocos kilómetros de Melilla.

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De esa misma localidad procede Meryem Lahjaji, que con año y medio llegó a Extremadura. Ahora tiene 30 y da clases de Islámica en el colegio El Pozón de Navalmoral de la Mata y en el centro Río Tajo de Saucedilla. “Mi entorno más cercano vive esta medida con preocupación e incertidumbre, porque se centra en la vestimenta de la mujer, en símbolos concretos, de manera que nos simplifica y nos estigmatiza”, asegura.

Añade, además, que “no todas las mujeres musulmanas usan pañuelo”. Ella y su compañera sí: el hiyab, el más común, que deja el rostro al aire y tapa el pelo.

“Estamos siempre bajo observación”

La supresión del Programa para la Enseñanza de Lengua Árabe y Cultura Marroquí es otra de las medidas del acuerdo. Básicamente, consiste en clases optativas por la tarde, impartidas en solo dos colegios. En ellas, los menores pueden aprender a leer y a escribir en marroquí. “No sé por qué están en contra de la diversidad cuando solo aporta riqueza, aprender otra cultura es un privilegio”, coinciden Hbaidi y Lahjaji. Y añaden: “Estamos siempre bajo observación, es muy incómodo, no queremos que haya consecuencias en la convivencia, que surjan comentarios fuera de lugar, que nos señalen, porque no existe ningún conflicto en ese sentido”.

No obstante, Lahjaji cree que “el papel lo aguanta todo” y que la polémica pasará. Ella vive en Majadas de Tiétar, un pueblo que no llega a los 1.300 habitantes y que sufre, como muchos otros, la pérdida de vecinos y el envejecimiento poblacional. “El 95% de los niños que nacen aquí ya son de familias extranjeras”, dice.

La experiencia que describen estas tres docentes responde a zonas donde la inmigración sí está presente. Pero la realidad es que, más allá de que gran parte del acuerdo entre PP y Vox esté centrado en quienes vienen de fuera, Extremadura es la comunidad donde menos extranjeros viven. Lo evidencian los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Apenas representan un 5% del total, mientras que la media nacional se sitúa en el 14%.

La preocupación que sí se arrastra desde hace décadas es la pérdida de habitantes. Las cifras hablan por sí solas. Según los números definitivos del INE, a 1 de enero de 2025, en la comunidad autónoma había casi 39.000 residentes menos que justo una década antes (se traduce en una bajada del 3,5%).

Si el análisis se centra en los jóvenes de entre 20 y 29 años en el mismo periodo, la caída es más significativa, de hasta un 19% (se traduce en 24.327 menos). “Tenemos una solución fantástica y no la vemos”, manifiesta Fernández Cebrián. Y apostilla: “Se nos olvida nuestra propia historia, los extremeños fuimos emigrantes”.

Pero además de avivar el debate de la inmigración en la comunidad con menos extranjeros, el pacto entre el PP y Vox ha hecho especial mención a la comunidad musulmana, procedente en su mayoría de África. De nuevo los datos hablan: a Extremadura quienes llegan de fuera lo hacen sobre todo desde América Latina, representando casi el 40% del total. Los de países africanos suponen el 21%, la mitad.

Tanto unos como otros son los responsables, aunque de manera leve, de que Extremadura pueda contener la herida de la despoblación, especialmente en los últimos cinco años. No obstante, muchas de estas personas viven en un segundo plano, fuera del sistema, en un contexto que los convierte en vulnerables.

Por ello, la regularización puesta en marcha por el Gobierno central ha sido celebrada por el Movimiento de Mujeres Migrantes de Extremadura, que se llaman a sí mismas ‘Las Migrantas’. “Cómo no alegrarse, hay quienes llevan años en la oscuridad, y cuando estás ahí es muy fácil que te exploten”, manifiesta su presidenta, Maryórit Guevara. Ella es de Nicaragua, vive en Mérida, lleva cinco años en España y sabe perfectamente cómo es el periplo para conseguir permiso de residencia.

Arguye que, más allá de una cuestión de dignificar la vida, esta medida tiene un trasfondo económico porque se plantea desde el propio sistema capitalista: “Hace falta mano de obra que se pueda contratar, sobre todo en sectores como la agricultura o la construcción. Sin los papeles en regla, es más complicado”. Aún así, considera que quien pueda lograr beneficiarse dejará de vivir con el miedo en el cuerpo.

Se calcula que en Extremadura la cifra no superará las 3.000 personas regularizadas, sobre todo porque hay situaciones en las que conseguir los documentos necesarios se convierte en una tarea complicada. Guevara pone como ejemplo a quienes llegaron siendo menores y ya han cumplido los 18. “No sabemos cómo pedir los certificados”.

A este contexto, añade otra arista: “A veces ocurre que la madre se ha venido con sus hijos, el padre se ha quedado en el país de origen y se necesita su autorización para solicitar documentos; si no la da, no se puede seguir con el proceso. Y nos hemos encontrado casos así. Es otra forma de violencia vicaria”.

Habrá obstáculos en el camino, pero Guevara aplaude esta medida que, a su juicio, podrá luchar contra situaciones “casi de esclavitud” como las que ha visto sufrir a mujeres empleadas en los cuidados. “Se les exige una atención de 24 horas para atender a personas mayores dependientes y, en ocasiones, apenas se les paga 600 euros. A quienes están en contra de este proceso parece que les molesta que tengamos derechos”, resume la portavoz de ‘Las Migrantas’.

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En este sentido, habría que recordar las declaraciones de la consejera de Salud y Servicios Sociales de la Junta de Extremadura, Sara García Espada, solo horas antes de que se conociera el acuerdo PP-Vox. Esa misma mañana alertó del impacto en las listas de espera a consecuencia de esta regularización. Habló de consultas, intervenciones programadas o seguimiento clínico. Y de operaciones como prótesis de rodillas.

Guevara se lamenta de los “discursos de odio contra los migrantes” y argumenta, además, “que estas personas ya están en el sistema, pero trabajando en b”. Discursos que, tal y como denuncian los colectivos y las plataformas de apoyo a personas migrantes, se intentan expandir en una comunidad con falta de habitantes.

Trasladado al terreno político, Extremadura se perfila ya como el primer ejemplo de cómo el PP ha quedado absorbido por la ideología antiinmigración de Vox en una de las regiones de la España vaciada.

“Están poniendo el grito en el cielo por 150 adolescentes que sí quieren vivir aquí”. La frase la pronuncia Sandra Fernández Cebrián, una profesora que da clases en Las Hurdes, una de las comarcas de Extremadura que más sufre la despoblación. A su instituto acuden menores africanos acogidos en el centro de Caminomorisco, uno de los recursos autonómicos de la Junta donde residen quienes no tienen familias que puedan hacerse cargo de ellos, sea cual sea su nacionalidad. Ella recibe en sus aulas a varios de estos adolescentes de entre 14 y 17 años. Todos llegaron en patera. Sin ninguna compañía. Los hay de Marruecos, Senegal o Mali. “A pesar de la dificultad del idioma, se les nota las ganas de aprender, la motivación, quieren poder buscarse la vida”, cuenta a infoLibre la profesora. Cada cual lleva su propia mochila. Su propio drama. Unos escapan de conflictos bélicos, otros de zonas donde ya no se puede vivir por el destrozo medioambiental, otros huyen de la pobreza y la falta de futuro. “Son jóvenes que quieren quedarse en Extremadura, estudiar y trabajar aquí”, afirma Fernández Cebrián.

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