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Coronavirus

Las dolorosas lecciones del Covid-19: cómo pudimos evitar la pandemia y qué podemos hacer para eludir una nueva tragedia

Ciudadanos ataviados con guantes y mascarillas hacen cola para comprar en un supermercado este viernes, en Roma, Italia.

La pandemia ocasionada por el nuevo coronavirus ha pillado por sorpresa a Gobiernos de medio mundo, a instituciones, al mercado y a la inmensa mayoría de ciudadanos, que vivía febrero en calma sin pensar en que en pocas semanas el mundo se enfrentaría a uno de los mayores desafíos que recuerda. Pero el peligro de la transmisión descontrolada y a nivel mundial de un nuevo y desconocido agente infeccioso ya era valorado por epidemiólogos, expertos en Salud Pública y en Medicina Preventiva, a los que nadie hizo mucho caso. Las lecciones que ya daban antes de la aparición del Covid-19 no solo sirven para lamentarse de lo que pudimos haber hecho y no hicimos, sino para mirar el futuro y evitar que una nueva mutación de un virus pueda volver a poner en jaque la salud y la economía de sociedades enteras. Entre otras: más inversión en I+D, más comunicación y cooperación entre Estados, más dinero para los países menos preparados, y un respeto tajante y mundial por la biodiversidad y la conservación de ecosistemas. Que aunque no lo parezca, tiene mucho que ver.

Ha circulado en redes durante estos días un informe auspiciado por la Organización Mundial de la Salud y de fecha septiembre de 2019, prácticamente a las puertas de lo que estaba por venir, titulado Un mundo en peligro: informe anual sobre la preparación mundial para las emergencias sanitarias, elaborado por epidemiólogos y expertos de máximo nivel de todas partes del mundo. Asusta lo acertado de sus predicciones. Las cifras, eso sí, aún están por cumplirse: depende de cómo evolucione la pandemia en las próximas semanas y meses. "Nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de personas y liquidar casi el 5% de la economía mundial. Una pandemia mundial de esa escala sería una catástrofe y desencadenaría caos, inestabilidad e inseguridad generalizadas", aseguraron hace meses Gro Harlem, exdirectora de la OMS, y Elhadj As Sy, secretaria general de la Cruz Roja, en el prólogo.

Lo valioso del documento, sin embargo, no es la posibilidad que ofrece para el lamento sino las claves que ofrece para que no vuelva a tener lugar una pandemia así, aunque la prioridad absoluta ahora mismo sea contener el avance y el daño de la presente. Las recomendaciones de los expertos convocados por la OMS se resumen en dos palabras: cooperación y financiación. "Además de las responsabilidades que les corresponden en el ámbito interno, los dirigentes nacionales tienen también obligaciones en materia de preparación respecto al mundo en su conjunto". Apuntan a que se deben "establecer de forma proactiva los sistemas y compromisos necesarios para detectar y controlar posibles brotes epidemiológicos".

Esto pasa por aumentar la partida presupuestaria de todos los países a la "cobertura sanitaria universal", así como el apoyo a las naciones más vulnerables en caso de emergencia sanitaria, así como mejorar la comunicación para "poner en marcha un sistema para compartir de inmediato las secuencias genómicas de todo patógeno nuevo con fines de salud pública". Como se ha demostrado con el nuevo coronavirus, a pesar de que los más pobres son los que más sufren los efectos de las pandemias –tanto estrictamente sanitarios como económicos–, "todas las naciones son vulnerables". Según predijeron, "una pandemia de gripe de una virulencia moderada tendría un costo equivalente al 2,2% del PIB". Insistieron con claridad: "El mundo no está preparado para una pandemia causada por un patógeno respiratorio virulento y que se propague con rapidez".

La Organización Mundial de la Salud recordó, además, en el informe, que los casos de brotes, epidemias y pandemias estaban aumentando en los últimos años. Fruto, como veremos posteriormente y entre otras causas, de la degradación de los ecosistemas por la acción humana y el aumento en la frecuencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos por el cambio climático, que provocan una caída brusca en las condiciones higiénicas de las poblaciones afectadas. "Entre 2011 y 2018, la OMS realizó un seguimiento de 1483 brotes epidémicos en 172 países. Enfermedades potencialmente epidémicas como la gripe, el síndrome respiratorio agudo severo (SARS), el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), el ébola, el zika, la peste o la fiebre amarilla, entre otras, presagian una nueva era marcada por una mayor frecuencia en la aparición de brotes de consecuencias nefastas y propagación potencialmente rápida, cada vez más difíciles de gestionar". Por lo que, una vez paliado el terrible efecto del SARS-Cov2, tendremos que pensar en cómo evitar que se vuelva a repetir.

Podemos remontarnos a mucho antes en el tiempo para encontrar a epidemiólogos alertando del peligro de una pandemia. Es el caso de Larry Brilliant, reputado experto estadounidense que en 2006 ya mostraba al público de su charla TED la ahora famosa "curva", el modelo que utilizan sus colegas de profesión para estudiar los impactos de la difusión de un agente patógeno peligroso. Brilliant, que ha dedicado su carrera a detener el avance de enfermedades peligrosas como la polio o el temido ébola, aseguraba por entonces que el 90% de los epidemiólogos consultados creían que una gran pandemia afectaría a la vida de sus hijos o nietos. No se equivocaban. "Pensaban que si esa pandemia tiene lugar, habrá una gran recesión global mientras el tenso elástico de la globalización se rompe", afirmó el científico hace casi 15 años ante su aforo. Promovida, entre otros factores, por el alto nivel de movilidad del que disfrutamos en la actualidad: cualquiera puede viajar, a un precio razonable, de una punta a otra del mundo en horas.disfrutamos

Charla TED del epidemiólogo Larry Brilliant en 2006.

Para Brilliant, una de las posibles soluciones para evitar futuras pandemias es un sistema global e interconectado de detección temprana: que identifique cuanto antes la mutación de un virus que afecte gravemente a la salud y se propague rápidamente, se comunique con las autoridades competentes y proceda a aislar al paciente 0 y al resto de contagiados hasta el momento. Como ya aseguraba el epidemiólogo en 2006, es mucho más fácil, seguro y barato actuar al principio de la curva. Desgraciadamente, no funcionó así en Wuhan: desde que se identificó a los primeros afectados por una "neumonía de origen desconocido" hasta que cerró el mercado que se baraja como origen del brote pasó demasiado tiempo.

La degradación de los ecosistemas influye

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Puede parecer un desvarío de ecologistas radicales, pero la comunidad científica ha consensuado que la pérdida de biodiversidad, el daño y la destrucción de ecosistemas y la cada vez mayor convivencia de humanos con especies animales portadoras de miles de virus aumenta el riesgo de pandemias. En general, explica el investigador del departamento de Biogeografía y Cambio Global del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Fernando Valladares, "una naturaleza que sea funcional y compleja nos protege de muchas cosas (…), no hay sistema sanitario que se pueda equiparar". "Desde hace 15 años", puntualiza, hay artículos científicos que prueban el papel protector de la biodiversidad a la hora de separarnos de agentes infecciosos peligrosos. ¿Por qué? La respuesta es sencilla y compleja a la vez: cuantas más especies, sobre todo animales, convivan en un ecosistema, más posibilidades hay de que los virus muten y circulen de un animal a otro sin saltar al ser humano. Este salto se conoce como zoonosis y es lo que se sospecha que ha sucedido con el nuevo coronavirus.

Valladares apunta a dos fenómenos ya demostrados, aunque probablemente haya otros que apuntalen el papel protector de la biodiversidad: la amortiguación y la dilución. Mediante el primero, está comprobado que por cuantas más especies distintas pase el virus (algunos animales, como los murciélagos, son portadores de miles de coronavirus distintos), más improbable es que mute para pasarse a humanos. La dilución implica que el aumento de posibles transmisores hace que disminuya la carga vírica de cada individuo, lo que dificulta el contagio. "Se ha comprobado en casos como el de la enfermedad de Lyme. Cuando la zarigüeya dejaba de habitar determinados ecosistemas, el agente saltaba con más frecuencia a los humanos". Por ello, resume el científico, "hay que recuperar esa complejidad perdida" y "revisitar todo lo que sea revisitable" acerca de cómo el ser humano se relaciona con el medio natural.

¿Soluciones? A largo plazo, proteger y cuidar la biodiversidad y alcanzar la sostenibilidad de todos los procesos económicos para evitar la mayoría de impactos sobre el medioambiente. A corto plazo, apunta Valladares, lo que habría que hacer es "cumplir la ley". No solo para la protección de los espacios naturales vulnerables, también para el control sobre el mercado negro de comercio de animales exóticos. El pangolín, últimamente bajo la lupa como posible especie de la que proviene el nuevo coronavirus, está en peligro de extinción. “Hay que revertir por todos los cauces” su consumo como alimento, explica Valladares, sin la superioridad moral de los europeos diciéndole a poblaciones en extrema pobreza y con carencia de proteínas qué pueden o no pueden comer, sino articulando intervenciones mediante ONGs para que, poco a poco, modifiquen hábitos que pueden resultar dañinos para ellos y para todo el planeta. Ninguna solución es fácil, pero el peligro de las epidemias globales, como ahora tenemos desgraciadamente presente, es real.

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