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Medio ambiente

España da la espalda a cumbres sobre desertificación pese a ser el país más árido de Europa

Desierto de Monegros.

España, el país más árido de Europa, no ha enviado representación a la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (UNCCD COP13), que se ha celebrado en Ordos (China) entre los días 6 y 16 de septiembre. "Probablemente por temas de agenda", confirmaba a Europa Press el Ministerio de Medio Ambiente. La noticia pasaría desapercibida de no ser porque el 70% del territorio español está en riesgo de desertificación.

Esto, contrariamente a lo que pueda parecer, no quiere decir que el 70% de España se vaya a convertir en el desierto del Sáhara en unos años. Implica que gran parte de los recursos naturales del país más árido de Europa están en peligro. Y sin la base de la pirámide, la construcción de nuestro modo de vida se derrumba. Los expertos alertan de que la sostenibilidad en el consumo de la tierra, del suelo y del agua no ha llegado. Sin sostenibilidad, España se seca.

Conocemos como desertificación el proceso mediante el cual el suelo pierde su potencial de producción. La tierra de zonas áridas, el 41% del total de la tierra sobre la superficie del planeta, tiende a degradarse por una combinación de acción humana y alteraciones climáticas. Como ante el calentamiento global, se trata de un problema a largo plazo, con múltiples causas y consecuencias, en el que muchos agentes priorizan la mirada al beneficio inmediato. Sus efectos, además, están siendo agravados por el factor que, en mayor o menor medida, lo agrava todo: el cambio climático.

El paisaje de la desertificación es bien conocido: los olivares andaluces, donde se elimina la competencia de las hierbas que aparecen bajo los árboles y se acelera la erosión; las infinitas estepas de Castilla o el sureste peninsular, donde la sequía últimamente ataca con fuerza. Es un problema identificado y conocido desde hace décadas, aunque por entonces no estaba agravado por los factores climáticos. El por entonces Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación presentó en 1981 el Proyecto de Lucha contra la Desertificación en el Mediterráneo (Lucdeme), derivado de una conferencia celebrada en Kenia de Naciones Unidas al respecto en 1977, la primera de las citas a las que el Gobierno, en este año, ha decidido no acudir. Actualmente la lucha se articula a través del Programa de Acción Nacional contra la Desertificación (Pand), de 2008, que establece causas, consecuencias, objetivos y prioridades. Aunque sus avances, a juicio de determinadas voces autorizadas, aún no se vean.

 

Mapa de riesgo de desertificación en España.

Las causas de la desertificación están bien identificadas. Los suelos áridos, pobres en nutrientes y con tendencia a la erosión, se ven amenazados por la pérdida de la cubierta forestal a través de incendios o de la acción directa del hombre, por el abandono de tierras por la crisis de la agricultura tradicional en favor de las grandes explotaciones, por la explotación insostenible de los recursos hídricos subterráneos, por el sobrepastoreo o por la concentración de la actividad en el litoral por el turismo o la agricultura de regadío. Un cóctel al que hay que sumar la influencia del cambio climático, demostrada y real ya en España. El aumento de las temperaturas y el descenso de las precipitaciones, como es obvio, no le sienta bien a un suelo seco. Tampoco vendrá bien el aumento de la frecuencia de los fenómenos extremos que se prevé a corto plazo, como olas de calor intensas, aguaceros repentinos o heladas.

El Pand, a grandes rasgos, marca varias líneas de actuación prioritarias. La identificación de las zonas de riesgo corre a cargo del proyecto Lucdeme. La lucha contra la pérdida de productividad de nuestro suelo se basa en el análisis y la investigación para determinar los mejores enfoques, la restauración de tierras degradadas (mediante la reforestación, por ejemplo) y la formulación de propuestas de usos sostenibles, y, por último, el incentivo a los proyectos de prevención, mitigación o restauración de zonas concretas. Se trata de una labor transversal, que afecta a políticas sociales, culturales, medioambientales, económicas y forestales, cuya ejecución requiere una coordinación milimétrica.

"A pesar de este plan nacional, no hay una actuación clara. Son declaraciones de intenciones", asegura Jaime Martínez Valderrama, de la Estación Experimental de Zonas Áridas de Almería. Pone como ejemplo la proliferación de cultivos de regadío en el sureste español (Murcia y Almería), que hacen un uso intensivo del agua que acelera el proceso de desertificación. El responsable de Aguas de Greenpeace, Julio Barea, apunta también a esa zona como paradigma del sinsentido. "Se plantea el regadío en lugares absolutamente demenciales, como Monegros. Son operaciones insostenibles. No puede ser que España, pobre en recursos, consuma como si fuera rica. Hay que administrar bien", indica el ecologista. Barea señala que el modelo agrícola intensivo, de explotación de grandes hectáreas de terreno, "machaca los suelos. Y esas grandes corporaciones no tienen problema en irse a otro lugar y dejar una zona yerma".

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¿A qué panorama nos enfrentamos en los próximos años si no se pone freno a la desertificación? Que la tierra no produzca afecta al primer eslabón del ciclo económico. Necesitamos agua en abundancia, necesitamos fruta, necesitamos verdura, necesitamos madera. "Grandes extensiones de cultivo leñoso, como los olivares, o los invernaderos, no se van a poder sostener. No podemos seguir con este ritmo", asegura Valderrama. "Las consecuencias son directas para los ecosistemas", afirma Barea, lo que tendrá una repercutirá en la actividad económica de nuestro país. A estos problemas se le suma una cantidad aún sin cuantificar, por su dificultad, de "refugiados climáticos" que tendrán que huir del pueblo y de la tierra que les vio nacer porque ya no les puede dar de comer.

La relación entre desertificación y cambio climático es un círculo vicioso. El calentamiento global degrada los suelos y los suelos, al estar degradados, pierden su capacidad de absorber dióxido de carbono. "Los suelos europeos contienen una cantidad de carbono equivalente al CO2 emitido por los sectores de transporte, calefacción, industria y energía en Europa durante un periodo superior a 40 años”, indica Ecologistas en Acción, que ultima junto a otras organizaciones europeas la campaña People4Soil, que pide a la Comisión Europea la protección de los suelos, "la base que nos sostiene y permite la vida".

"Hoy millones de hectáreas fuera de Europa están intensamente explotadas para suministrar alimento y pienso al mercado europeo, a menudo con graves impactos para los agricultores. La actividad agrícola, ganadera y forestal ya está en riesgo por el mal estado en el que se encuentran los suelos en gran parte de Europa", asegura el comunicado de la organización ecologista. Como detallan, no es un problema exclusivo de España, máxime cuando el 60% de los terrenos agrícolas de todo el planeta están degradados, como cifra la ONU, que alerta además de que cada vez es necesaria más producción agrícola para abastecer el aumento demográfico que se prevé. Pero en España, como el cambio climático, sus efectos se esperan más rigurosos, por la influencia directa de nuestra ubicación geográfica. Las soluciones aún no parecen ser tan rigurosas.

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