GOBIERNO

Garzón, el extraño caso del ministro que sobrevive a las críticas de su presidente

Alberto Garzón, durante una entrevista con infoLibre.

Si fuera por Pedro Sánchez, Alberto Garzón habría salido del Consejo de Ministros hace muchos meses. Quienes conocen los entresijos del Gobierno admiten que resulta bastante “palpable” que el presidente no tiene ningún tipo de “sintonía personal ni política” con su ministro de Consumo, con el que la comunicación es prácticamente inexistente. Hasta tal punto es así que, según las fuentes del Ejecutivo consultadas, ni siquiera han hablado “directamente” durante la crisis de las macrogranjas. “No lo soporta”, resume gráficamente un miembro del Gobierno. Pero el caso es que, aunque su nombre ha estado en la rampa de salida en más de una ocasión, las polémicas en torno al consumo responsable de carne y a los modelos de producción ganadera han acabado por reforzar la figura política del titular de Consumo. 

Las razones de fondo que llevan a Sánchez a esa animadversión manifiesta por el también líder de Izquierda Unida tienen que ver con las polémicas suscitadas a raíz de declaraciones en torno a sectores clave de la economía española como el turismo o la ganadería, “temas sobre los que pronunciarse en el sentido que lo hace Alberto supone pisar callos muy importantes en el PSOE”, razonan desde Unidas Podemos. 

El planteamiento en Moncloa es que Garzón se extralimita en sus declaraciones públicas abordando asuntos delicados que “no son de su competencia” y sobre los que, según fuentes socialistas del Ejecutivo, “tampoco consulta antes”. Sobre la ganadería, por ejemplo, la única voz autorizada para el presidente es la del ministro Luis Planas, y lo mismo en el caso del Turismo con Reyes Maroto.

Desde el entorno del ministro de Consumo no entienden las críticas y recuerdan que el fomento de hábitos de consumo saludable y sostenible sí son competencias explícitas de su cartera. Además, en el equipo de Garzón tampoco comprenden que “haya que pedir permiso” para decir una “obviedad” como que la carne de ganadería extensiva es más saludable y sostenible que la de las macrogranjas. Al mismo tiempo, en la parte morada del Gobierno recuerdan que “no son pocos los ministros que han opinado durante meses de la reforma laboral sin que hayan llamado antes a Yolanda para consultarle”. 

Pero lo cierto es que, para el presidente, la presencia de Garzón en su gabinete resulta a todas luces incómoda tras dos crisis, la del chuletón y la de las macrogranjas, que además han acabado suponiendo un importante desgaste para el propio Sánchez y para el partido socialista, donde se tiene la sensación a posteriori de haber perdido ambas batallas comunicativas de cara al electorado progresista. Todo el mundo reconoce en el Gobierno, de hecho, que las palabras del presidente respecto al punto del chuletón fueron un error y ahora también se intenta frenar la polémica por las macrogranjas apenas unos días después de que el propio líder del Ejecutivo arremetiera en público contra su ministro durante una entrevista en la Cadena Ser: “Lamento mucho esta polémica, y con eso lo digo todo”, sentenció. 

No es ni mucho menos habitual oír a un presidente del Gobierno señalar y desacreditar en público a un miembro de su propio Consejo de Ministros, algo que en el caso de Garzón ya ha ocurrido en dos ocasiones y que demuestra hasta qué punto alcanza el nivel de rechazo que Sánchez le profesa a su titular de Consumo. Y por eso el nombre del líder de Izquierda Unida ya ha estado en alguna ocasión en la rampa de salida del Ejecutivo, aunque, como en cualquier coalición de gobierno, está establecido que cada parte decide los nombres que la representan. Varias fuentes del Gobierno coinciden en que, si del presidente hubiese dependido, Garzón habría salido del Consejo de Ministros en la profunda remodelación de Gobierno del verano. Según ha podido contrastar infoLibre, el propio Sánchez ha llegado a deslizar esa posibilidad a la líder de Unidas Podemos en la coalición, Yolanda Díaz, que ha rechazado la salida de su compañero de filas. Durante toda la crisis de las macrogranjas, la vicepresidenta segunda ha respaldado públicamente al ministro de Consumo y ha llamado “a cuidar la coalición”, intercediendo entre Moncloa y el propio Garzón para bajar decibelios. 

Fortalecido por las polémicas

La conclusión es que, si alguna vez hubo alguna posibilidad de que Alberto Garzón saliese del Gobierno, se acabó disipando por las dos polémicas en torno a la carne, sobre las que en el espacio confederal de izquierdas se considera que su compañero tenía “toda la razón”. Explican fuentes de Unidas Podemos que “no se puede siquiera plantear” la salida del líder de IU tras los dos encontronazos con el PSOE porque eso supondría aceptar “que se le echa por decir cosas que son ciertas y que están en el programa de Gobierno” y acabar “asumiendo el discurso de la derecha”. Es más, la reflexión que hacen los morados es que “más por torpeza de la Moncloa, se ha ganado claramente la batalla de la opinión pública en ambos casos” y que, por tanto, hoy Garzón es una figura política reforzada gracias, precisamente, a las “desafortunadas” críticas del presidente. 

En Moncloa asumen que, al menos por ahora, Garzón no saldrá, mientras que en Podemos reconocen incluso que el ministro se ha convertido en un inesperado “reclamo electoral” para la campaña de Castilla y León, donde Unidas Podemos pretende que tenga mucha presencia. “La ganadería familiar tiene mucho peso en la comunidad, creemos que Garzón ha sabido conectar con esa sensibilidad y queremos aprovecharlo”, explican en Podemos. 

Las veces que pudo salir

Pero no solo desde el PSOE se ha planteado la salida de Alberto Garzón del Gobierno. Aunque por distintas razones, compañeros de filas del propio ministro le han planteado explícitamente que abandone la cartera de Consumo para convertirse en candidato. Lo hizo Pablo Iglesias pensando en las elecciones de mayo en la Comunidad de Madrid antes de decidir que finalmente sería él mismo el candidato. Entonces, el líder de IU contestó rotundamente que no. 

Meses después, desde la dirección de Podemos se le pidió insistentemente dar el paso para convertirse en candidato a la Junta de Andalucía, unos comicios que están a la vuelta de la esquina y que se plantean como especialmente dificultosos para el conjunto de la izquierda, dividida en numerosas siglas y sin una cara visible con perfil candidatable hasta la fecha. 

Garzón rechazó en su día lo que desde su entorno se consideraban “presiones” de los morados para abandonar el Ejecutivo, aunque el asunto se retomó de nuevo hace unos meses. En esta ocasión fue la propia líder de Unidas Podemos en la coalición, Yolanda Díaz, quien le planteó directamente la posibilidad de ser candidato en Andalucía, ofreciéndole permanecer en el cargo de ministro hasta la convocatoria oficial por parte del presidente de la Junta. Tras varias semanas de reflexión, Garzón volvió a desechar la propuesta. En público y en privado insiste en que no contempla otro escenario que no sea el de acabar la legislatura como ministro. Fuentes del espacio de Unidas Podemos en Andalucía dan por “absolutamente descartado a día de hoy” que el líder de IU acabe cambiando de opinión. 

Un político con pocos aliados

El paso por el Gobierno de Alberto Garzón dibuja, en buena medida, el perfil de un político aislado. Su relación con Pablo Iglesias saltó por los aires precisamente durante las negociaciones para formar un gobierno de coalición y justo antes de la repetición electoral de las generales de 2019. Garzón se pronunció en contra de tumbar la investidura de Pedro Sánchez y defendió un apoyo externo al PSOE, desmarcándose incluso públicamente de la decisión de Iglesias de apostar por entrar en el Gobierno. Ese movimiento conllevó además la salida de Izquierda Unida de Yolanda Díaz, persona de la más estrecha confianza entonces de Iglesias y que quiso escenificar de ese modo su distanciamiento con el líder de IU. 

Luego, tras la repetición electoral, Garzón se convirtió en ministro in extremis. En la primera conversación que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias mantuvieron en la Moncloa 24 horas después de las elecciones y en la que apalabraron el pacto de coalición con reparto de carteras incluído, el nombre del líder de IU no estaba en la lista. Semanas después, y tras el malestar expreso mostrado por Garzón, Iglesias acabó convenciendo a Sánchez de la conveniencia de no dejar fuera al líder de IU, uno de los espacios políticos que conforman Unidas Podemos.

Tampoco tiene apenas relación Alberto Garzón con Enrique Santiago, secretario general del PCE, la formación más importante de la confederación de izquierdas, aunque desde la salida de Pablo Iglesias la relación con Yolanda Díaz sí se ha reconducido. De hecho, él ha sido de los dirigentes de la coalición de izquierdas que más explícitamente ha apoyado su hoja de ruta como candidata. La vicepresidenta segunda ejerce como líder de los morados en la coalición y, en el caso específico de la crisis con el PSOE a cuenta de la ganadería, la comunicación y el trabajo conjunto ha sido constante. Eso sí, entre los morados también hay quien echa en falta que Garzón “consensúe o comunique” con anterioridad determinadas estrategias de “asuntos que puedan resultar delicados”, como puede ser hablar de la ganadería española en un medio extranjero. “La realidad es que lo de las granjas ha salido bien por pura casualidad y gracias, principalmente, a la torpeza del PSOE. Pero no estábamos preparados para ello ni ha sido algo diseñado, y con este tipo de cosas hay que tener cuidado porque se pueden volver en contra”, reflexiona un dirigente del espacio confederal. 

A ojos de todo el mundo en el Gobierno, el caso de Garzón resulta extraño de explicar. Sin grandes aliados estratégicos internos, con el pulgar del presidente del Gobierno bajado hace meses y con la regulación de la publicidad de las casas de apuestas como medida estrella de su departamento ya ejecutada, el ministro de Consumo ha obtenido una relevancia seguramente inesperada gracias a las polémicas generadas en torno a sus declaraciones. Algo que, al menos de momento, se traduce en un capital político nada desdeñable: seguir, contra todo y contra todos, disponiendo de su cargo. 

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