Investigación: la amenaza del plástico en Europa

Incineradoras de residuos europeas: las dudas sobre sus emisiones que siguen sin resolverse

Incineradoras

Eurydice Bersi y Nico Schmidt (Investigate Europe)

Uno de los hechos más preocupantes y menos conocidos de la crisis energética del pasado otoño fue una medida de emergencia valorada por el Gobierno alemán. Permitía que las incineradoras funcionaran sin filtros, debido a la inminente escasez de los productos químicos necesarios. Esa pesadilla se evitó, pero puso de manifiesto la vulnerabilidad de un sistema de eliminación de residuos que muchos defienden como la solución de oro.

La preocupación medioambiental por la incineración de residuos, que en los años noventa era una de las principales pancartas de protesta en toda Europa, ha ido desapareciendo a medida que los sistemas modernos reducían los temores a la contaminación. Continúan existiendo protestas, pero suelen reunir solo a las personas que viven cerca de una planta o a activistas muy concienciados, como ocurrió por ejemplo el pasado 16 de abril en una concentración frente al Ayuntamiento de Madrid para reclamar el cierre de la incineradora de Valdemingómez.

Lo cierto es que buena parte de los 30 millones de toneladas de residuos plásticos que se generan cada año en Europa se incineran, y la mayoría de los países queman más plásticos ahora que hace una década. Esta cifra aumentará a medida que se abandonen los vertederos y entren en funcionamiento decenas de nuevas plantas proyectadas en Polonia y la República Checa.

La producción de energía y calor se considera un beneficio concreto para las comunidades locales, aunque las cantidades son relativamente pequeñas: el 2,5% de la energía de Europa procede de las incineradoras. Cuando se incineran, los plásticos son peores asesinos climáticos que el carbón, ya que emiten 2,9 toneladas de CO2 por tonelada frente a 2,7 toneladas de C02 por tonelada de carbón.

Y los expertos advierten de que sigue habiendo otras preocupaciones ecológicas. "Lo que sé es que hay que vigilar muy de cerca a los operadores de las incineradoras de residuos", afirma Günter Dehoust, investigador principal del Öko-Institut de Alemania, donde se encuentra una quinta parte de las cerca de 500 incineradoras de residuos de Europa.

En su investigación sobre la amenaza que el plástico supone en Europa, el consorcio periodístico Investigate Europe descubrió tres lagunas importantes que pueden facilitar que la contaminación de las incineradoras permanezca ocultainfoLibre es el único medio español que participa en este proyecto internacional [puedes leer aquí todos los artículos que se van publicando de esta serie de investigación].

Falsa percepción de la seguridad

La primera laguna está vinculada a la forma de medir la contaminación de las incineradoras: en la mayoría de los casos en condiciones estables, rara vez durante los arranques y paradas, a pesar de que está ampliamente documentado que estos son los momentos en los que se puede emitir más contaminación. Cuando en 2019 se revisaron por última vez las directrices para la incineración de residuos en toda la UE, ocurrió algo notable.

"En nuestro grupo de trabajo, luchamos para que las emisiones de dioxinas y furanos se midieran continuamente en toda Europa", confiesa una fuente presente en las discusiones. "Los gobiernos francés y belga también lo apoyaron. La Agencia Federal de Medio Ambiente alemana acabó bloqueándolo", añade.

Las dioxinas y los furanos son probables carcinógenos que se emiten principalmente cuando se incineran plásticos que contienen cloro, como el PVC. Cuando se les suministran los productos químicos adecuados, los filtros modernos capturan la mayoría de las dioxinas, lo que supone una gran mejora con respecto a los resultados del pasado. Marcus Gleis, jefe de la delegación alemana, afirma que los representantes franceses compartieron tarde los datos pertinentes. "No hubo tiempo de examinarlos", afirma.

"La industria intenta medir durante las paradas", afirma Abel Arkenbout, toxicólogo jefe de la Fundación ToxicoWatch, con sede en los Países Bajos. "Pero cuando las condiciones no son normales, los instrumentos no son capaces de medir. Es irresponsable presentar a la gente una falsa percepción de seguridad cuando ésta se basa en mediciones y métodos de medición imperfectos, que no funcionan correctamente en los momentos clave de los procesos de combustión incompleta".

Ella Stengler, directora general de la organización europea que agrupa a las incineradoras (CEWEP), sostiene en cambio que la contaminación se mide adecuadamente: “Estamos muy orgullosos de los resultados medioambientales de las plantas de conversión de residuos en energía en Europa”. 

Vigilancia de los riesgos

En segundo lugar, sólo se controlan unos pocos contaminantes clorados. No se miden las PFAS, agentes potencialmente tóxicos que contienen flúor, también conocidos como “sustancias químicas eternas” porque no se descomponen. Y ello a pesar de que las incineradoras figuran entre los presuntos lugares contaminados por PFAS. "Muchos de los productos que utilizamos en nuestra vida cotidiana contienen PFAS y, cuando estos productos se convierten en residuos, no hay muchas vías de tratamiento disponibles que eviten la dispersión de estas sustancias", admite Stengler, quien no obstante añade que "todavía no existe un método de medición certificado para los PFAS".

En tercer lugar, la normativa no obliga a vigilar los efectos de la contaminación de las incineradoras en los organismos vivos de su entorno, ni en productos como la leche y los huevos. Sólo se realizan pruebas para detectar la liberación de una gama limitada de sustancias químicas en el medio ambiente. Esto podría subestimar ampliamente los efectos reales de los cócteles tóxicos que se acumulan en las células a lo largo del tiempo.

Mediante biomonitorización de huevos de gallinas, musgo y agujas de pino en los alrededores de incineradoras de varios países europeos, Abel Arkenbout detectó una importante contaminación y huevos con exceso de dioxinas. "Cuando se encuentran dioxinas en los alrededores de una planta incineradora no hay correlación con las emisiones de la planta", mantiene Stengler, señalando un informe de la industria que detalla muchas otras fuentes de dioxinas. 

No todos los trabajos de Arkenbout han sido revisados por pares. Pero el toxicólogo jefe en la fundación ToxicoWatch responde a las críticas invitando a que más gente se centre en estos temas: "Creo que no debemos ser los únicos, tiene que haber más gente, más gobiernos que estudien la contaminación en torno a las incineradoras".

Los activistas luchan por el acceso a los datos

Ella Stengler afirma que el sector está comprometido con la transparencia: "Los operadores están legalmente obligados a comunicar los datos a su autoridad competente para que evalúe el cumplimiento. A su vez, las autoridades competentes están legalmente obligadas a poner los datos pertinentes a disposición del público, por lo que son de libre acceso" Sin embargo, los activistas se han enfrentado a numerosas batallas legales en toda Europa tratando de acceder a esos datos.

Un ejemplo es Volos, ciudad portuaria a los pies del mítico monte Pelión, en la Grecia central. Una frondosa colina separa la encantadora ciudad de una centenaria fábrica de cemento, gestionada ahora por Lafarge/Holcim, que utiliza 185.000 toneladas de residuos como combustible cada año. Este proceso de alimentar la producción con residuos se denomina coincineración.

Las autoridades llevan años restando importancia a los problemas de contaminación a pesar de que en Volos se registran cuatro veces más accidentes cerebrovasculares, sobre todo entre las mujeres, y 2,5 veces más casos de cáncer de hígado que en la media nacional. Las investigaciones han revelado fuertes aumentos de los ingresos hospitalarios en los momentos exactos en que la contaminación por partículas era elevada.

"Han intentado presentarnos a todos como locos", afirma el cardiólogo Matthaios Dramitinos, ex director del hospital municipal de Volos. Hay otras fuentes de contaminación en la ciudad (tubos de escape de coches, chimeneas, otras fábricas), y la contribución exacta de la cementera a los problemas de salud de la ciudad es un tema muy discutido.

Después de tres grandes protestas, una de las cuales se saldó con la muerte de un activista (varios otros se enfrentan a procesos judiciales por desobediencia civil), la empresa accedió a publicar en Internet los datos sobre contaminación. Pero no incluyó información sobre el mercurio u otros metales pesados, a pesar de que el mercurio es uno de los principales problemas de contaminación en las cementeras. En cuanto a las dioxinas, subproductos de la incineración de plástico, la empresa sí comparte abiertamente las medias de las mediciones diarias. Sin embargo, la planta ha obtenido permiso para pasar a quemar gas natural en lugar de residuos plásticos cuando, una vez al año, una empresa certificada realiza las lecturas de dioxinas.

"El uso de combustibles alternativos es claramente una opción medioambiental segura y técnicamente la mejor práctica, que cambia el panorama en el sector, acelerando significativamente el camino de Europa hacia la neutralidad climática", declaró un portavoz de Lafarge/Holcim.

Stelios Limnios, ingeniero jubilado y activista, afirma que los datos deben recopilarse de forma independiente. "Las autoridades provinciales han prometido hacer sus propias mediciones desde 2016", afirma. "Lo están retrasando intencionadamente, porque el problema se hará evidente". La oficina de medio ambiente regional declinó dar explicaciones, remitiendo las preguntas de los periodistas a la jefa de la administración local, Dorothea Kolyndrini, que no estaba disponible.

"Se suponía que íbamos a supervisar el funcionamiento de la planta a través de un comité local de control", añade Limnios. "El comité nunca se formó y, en 2019, en uno de los últimos actos de del Gobierno saliente de Syriza, el acuerdo para su establecimiento se desechó en silencio". 

Economía sumergida

La supervisión es necesaria para controlar los tipos de residuos quemados. Pero en Francia no se informó a un comité local de supervisión cuando, en enero de 2023, una planta municipal de residuos de Niza gestionada por Veolia incineró residuos radiactivos. La empresa dijo que había sido un accidente, pero el riesgo de que residuos peligrosos acaben en incineradoras normales siempre está ahí.

Europol advierte de que existe una economía sumergida importante basada en el comercio con residuos ilegales. El problema ha crecido desde 2018. Fue entonces cuando China, hasta entonces el vertedero de todo el planeta, prohibió la importación de la mayoría de tipos de residuos problemáticos. Cuando se combina con un control laxo de las emisiones, la incineración es una forma atractiva de deshacerse de los residuos problemáticos a un coste muy inferior al de un tratamiento adecuado. También es rentable para las plantas que queman los residuos. Cuando el fiscal rumano Teodor Nita preguntó a un político por qué no se tomaban medidas serias contra los contrabandistas de residuos, recibió una respuesta sorprendente. "No podemos hacerlo porque enfadaría a los fabricantes de cemento y ellos tienen un fuerte grupo de presión", le dijo a Nita, según una investigación de Deutsche Welle.

Pero la incineración en sí también produce residuos problemáticos. Por cada tonelada de residuos incinerados se producen unos 300 kilos de cenizas de fondo o escorias, cargadas de sustancias tóxicas. "En Alemania está permitido utilizar las cenizas de fondo de las incineradoras en la construcción de carreteras, bajo el asfalto. Me revuelve el estómago", denuncia Peter Gebhardt, uno de los mayores expertos alemanes en incineración. "El agua de lluvia puede filtrarse y los contaminantes tóxicos pueden llegar al medio ambiente", añade. El temor de Gebhardt se ve confirmado por un informe holandés que detalla la contaminación cuando las escorias entran en contacto con el agua.

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La industria afirma que la incineración forma parte de la economía circular y señala que muy pocos plásticos pueden reciclarse realmente. Argumentan que es la mejor manera de reducir la montaña de plásticos, al tiempo que se recuperan materiales como los metales incrustados en diferentes tipos de residuos, todo ello produciendo cantidades limitadas de calor y electricidad. Sea lo que sea, un círculo o una línea recta, deja una firma distintiva y potencialmente tóxica. Una que mucha gente prefiere no buscar, por miedo a que las alternativas sean peores.   

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Edición: Chris Matthews

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