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Violencia de género

Organizaciones de mujeres rurales denuncian la ausencia de recursos para luchar contra la violencia machista

Manifestantes salen a la calle por el 8M en Santiago de Compostela.

La violencia de género como lacra que afecta transversalmente a todas las mujeres –sin importar edad, clase o formación– es un hecho que, tras 886 víctimas mortales en los últimos catorce años, no admite debate. Sin embargo, existen una serie de condicionantes que sí pueden resultar determinantes a la hora de hacer frente a este tipo de violencia. El pasado lunes, la presidenta de la Diputación de Palencia, Ángeles Armisén, señalaba que el medio rural implica una "dificultad añadida" debido a que los núcleos sociales son más pequeños y las denuncias suceden en un espacio más reducido.

Aunque no existen estadísticas sobre la incidencia de la violencia machista en el rural –los datos no están distribuidos por ámbito geográfico–, las organizaciones que trabajan sobre el terreno ponen sobre la mesa las especificidades de este entorno y reclaman pasos en firme para abordar la problemática desde una perspectiva integral capaz de garantizar resultados también para las mujeres rurales.

Aislamiento y dependencia económica

Rosa Arcos, presidenta de la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur) en Galicia, explica en conversación con este diario la dificultad que acarrea "toda la presión de un entorno pequeño donde muchas veces la mujer no sólo vive con su maltratador, sino también con sus padres, y los vecinos son todos conocidos". A su juicio, "se hace muy complicado para las mujeres visibilizar que están sufriendo una situación de violencia", que por otro lado, no siempre se identifica como tal porque "está muy arraigada en el acervo del medio rural".

La presidenta de Fademur a nivel estatal, Teresa López, recalca que el mundo rural  "tiene unas especificidades que hay que abordar y que por el momento no se han tenido en cuenta" por los poderes públicos. En primer lugar, López sostiene que "las sociedades son más pequeñas y todo el mundo se conoce", algo que en su opinión cuenta con puntos positivos y negativos. "Dar el paso de denunciar siempre es más complicado, la mujer tiende a darle más vueltas, pero la parte buena es que se puede tejer una red solidaria importante" entre las mujeres del lugar.

En el contexto de sociedades tan pequeñas como las que caracterizan al medio rural, Rosa Arcos incide en la importancia de lograr una independencia económica para las mujeres. "La ausencia de oportunidades económicas, laborales y la falta de independencia son cuestiones que generan presión en las mujeres", apunta, y recuerda que las explotaciones agrarias son empresas familiares difíciles de romper. "Los obstáculos de actuar en un entorno para el que no está pensado la ley dificultan muchísimo la presentación de denuncias, y las pocas que lo hacen ven que tienen que abandonarlo todo", reitera.

En este punto coincide con ella Belén Ramiro, quien en nombre de la Confederación de Mujeres del Mundo Rural (Ceres) insiste en que el problema "se agudiza con la dependencia económica", que a su vez es una cuestión "muy relacionada con la violencia de género". Señala, en este sentido, que "en los medios rurales hay una alta tasa de paro y muchas mujeres no están en activo, no forman parte de las estadísticas porque son amas de casa". Como resultado, concluye, se genera un escenario de "mucha dependencia económica de la única fuente de ingresos".

Derribando estereotipos

Desde Ceres se apunta, asimismo, al medio rural como una "sociedad muy machista donde los roles de género tradicionales están bastante marcados", lo que se traduce en que "para una mujer es más difícil salir de las espirales y romper con esas pautas". Por ello, defiende la confederación, "el gran problema es la cultura patriarcal que impide a muchas mujeres ser ellas mismas identificadas como víctimas de malos tratos".

Si bien las expertas consultadas coinciden en que las situaciones de violencia pasan en muchas ocasiones desapercibidas, la mayoría rechaza la idea de que el espacio rural sea más machista que el urbano. "En el mundo rural vivimos siete millones de mujeres, y entre ellas hay absolutamente de todo, hay mujeres sumisas igual que en el conjunto de la sociedad, pero también hay muchas mujeres libres, empoderadas y muy concienciadas con la realidad que viven", expone Teresa López, quien considera que "los estereotipos se han superado ya hace mucho tiempo".

También Rosa Arcos entiende que los clichés "no están presentes en la mentalidad de las mujeres del medio rural", sino que el principal problema es lo "complicado de querer romper con la violencia de género por la presión que se ejerce en un entorno pequeño con las relaciones familiares tan presentes". Por este motivo, continúa, "la violencia está muy invisibilizada y se entiende como un tema de consumo doméstico", algo que Arcos no achaca "a un atraso en el sentido cultural, sino a la dificultad de un entorno muy opresivo".

Por su parte, Carmen Quintanilla, presidenta de la Asociación de Mujeres y Familias del Mundo Rural (Afamer), se manifiesta contra los estereotipos que estigmatizan al medio y resalta que, precisamente como consecuencia de los mismos, las mujeres rurales sufren de una "doble discriminación: la de ser mujer y la de ser rural". Señala que "lo más importante es entender la violencia de género como fruto de la desigualdad entre hombres y mujeres", y recalca que las muestras de machismo que existen en el rural "se reproducen de igual forma que en el mundo urbano".

Un problema de recursos

Las organizaciones insisten en que "hay un dato objetivo, y es la falta de recursos, sobre todo con la incidencia de la crisis económica", tal y como expone Teresa López. Las casas de acogida, por ejemplo, "se han concentrado en las cabeceras de comarca o incluso en las ciudades, mientras que el transporte se ha recortado". Por ello, López reclama que en el marco del debate sobre un pacto contra la violencia de género "sería fundamental incluir estas especificidades del mundo rural", y además "involucrar a las asociaciones presentes en el territorio".

A su denuncia se suma la de Rosa Arcos, quien subraya que la Ley Integral "no formula ninguna línea específica de trabajo para luchar contra la violencia de género en el medio rural", algo que "de alguna manera dificulta la detección, prevención y actuación en todos los ámbitos, porque si no tienes las herramientas disponibles para actuar en función de las condiciones del entorno, es muy complicado hacerlo".

Aunque Arcos reconoce la complejidad de combatir la violencia de género en todos los ámbitos, argumenta que "es muchísimo más difícil luchar contra ella donde no hay medios, ni protocolos, ni la presencia de personal especializado que garantice protección". A su juicio, resulta fundamental "pensar en planes de lucha contra la violencia de género en el medio rural que tengan en consideración las condiciones en las que viven las mujeres: aislamiento, presión del entorno familiar, falta de servicios públicos de proximidad y poca implantación de las organizaciones de mujeres que trabajan específicamente en los temas de violencia".

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Como paso previo, Carmen Quintanilla pone en primera línea la necesidad de elaborar estadísticas del impacto en el medio rural y en el urbano, porque "los datos reales marcan objetivos reales". Exige, asimismo, "una mayor dotación de juzgados de violencia de género" en el territorio rural, y el desarrollo de "canales de información fluidos" que prioricen en la "formación de hombres y mujeres".

Entretanto, las asociaciones rurales trabajan por organizar actos, charlas y talleres desde una perspectiva de género que informen sobre las innumerables ramificaciones de la violencia machista. "Hay que hacer un trabajo de informar y potenciar el empoderamiento de las mujeres extrapolado a todos los ámbitos de la vida", señala la organización Ceres, "y hay que empezar muy por debajo, hablando de todo tipo de temas". Afammer también organiza "jornadas, charlas y talleres de sensibilización y lucha" para contribuir a un "cambio de mentalidad", mientras que Fademur ha declarado todas sus sedes como "espacios seguros contra la violencia de género". 

Sin embargo, recalca Teresa López, la actividad de las organizaciones "es voluntariado puro" que no debería en ningún caso sustituir a las labores institucionales. "Tendría que hacerse de una manera más integral y con más recursos para poder atajar esta lacra social", sentencia.

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