La sacerdotisa que lucha contra el genocidio en Gaza, el ecocidio y se adelantó al lenguaje inclusivo

Una puerta del museo Tate Britain de Londres es el lugar para la cita con Sue Parfitt. Si llueve, adentro; si no, afuera. El día 5 de marzo, víspera de su 84 cumpleaños. Sue vive en Bristol y va a menudo a Londres. “Esta vez he venido a un funeral, aunque con frecuencia vengo a protestar o a citas judiciales”, comenta. Fue ordenada sacerdotisa en la primera hornada (1994).

El cristianismo como ideario y el anglicanismo como ritual han motivado a esta mujer desde que tiene uso de razón. Tomarse el cristianismo a rajatabla o amar al prójimo como a sí mismo le ha llevado al activismo político, desde que entró en la universidad al estreno de la década de 1960 hasta hoy. Las causas han ido cambiando; no obstante, la organización Palestine Action (Acción Palestina), –declarada terrorista por el gobierno británico y pacífica por el Tribunal Supremo–, y Christian Climate Action (Acción Cristiana Climática) se han convertido en sus mayores frentes. “La Policía me ha detenido más de 30 veces”, apostilla mientras toma una taza de té con leche de avena; insiste en lo de avena porque es vegetariana y está en contra de la industria cárnica por la cantidad de recursos naturales que utiliza.

“Yo nací en el sur de Gales, cerca de Newport, durante la Segunda Guerra Mundial; tengo ligeros recuerdos de despertarme y preguntarle a mi madre por el bang que me despertó o el cerrar las cortinas porque los aviones alemanes sobrevolaban y la luz nos podía delatar”, explica con claridad y memoria de afortunada octogenaria. El anglicanismo le permitió casarse con un sacerdote, fallecido en 2013. Todavía siente el vacío que ha dejado en su vida su marido tras 28 años de matrimonio y doce de esa inquietante presencia de la ausencia en que se convierten los recuerdos de los seres queridos y de los enamorados. No tuvieron hijos, pero tiene una gran red de amigos. Es miembro de CND (Campaña para el Desarme Nuclear) y activa pacifista.

“Mi familia era de valores cristianos, que son humanos y universales. Al entrar en la Universidad de Bristol para estudiar historia, empecé a entrelazar la religión y la política con una huelga de conductores de autobuses, la criminalización del racismo, la influencia del 68 o el eslogan americano de Martin Luther King I have a dream (Tengo un sueño)”, recuerda Sue junto a la taza rebiteada con su pintalabios.

“Mi marido y yo empezamos a ir a Palestina hace cuarenta años con grupos de peregrinos. Desde que pisamos aquel suelo respiramos las consecuencias de la guerra del 67; en los lugares sagrados la política palpitaba. Resulta imposible separar la religión o sus valores de la política; el cristianismo no puede limitarse a ir a misa los domingos y después a casa, o rezar por Zoom y quedarse en el sofá, viendo las injusticias a nuestro alrededor”, explica la activista que igual se apunta a paralizar una autopista que a escribir cartas a quien corresponda.

Varios miembros de Acción Palestina entraron el año pasado en la base aérea de Brize Norton, en el condado de Oxfordshire, para pintar dos aviones con frases contra el genocidio que comete Israel contra los palestinos. El Gobierno laborista clasificó la organización de terrorista. El Tribunal Supremo ha rechazado la clasificación y el Ministerio del Interior ha apelado la decisión, de momento, a la espera de la nueva sentencia. Sue reconoce que “la organización causó perjuicios materiales, pero no hay razón para calificarnos de terroristas. Se trata de libertad de expresión porque, según la sentencia que haya, yo estaría cometiendo el delito de apología del terrorismo”.

Como miembro de la organización Acción Cristiana Climática dice lo siguiente: “Cristo fue un activista radical que defendía a los pobres. Hoy el ecocidio se debe a la explotación de los pobres por parte de un grupo minoritario de superricos. La catástrofe climática va desde la desforestación de los bosques a la industria armamentista y las guerras que crean o el consumo innecesario al que nos abocan”, explica, antes de rechinar: “En España sabéis lo que es una dana o una ola de incendios por la sequía; oscilaciones del ecocidio”.

Al acabar la universidad, Sue entró en un convento; después pasó a una residencia social para madres solteras sobre la que dice que era una casa protectora y comprensiva con las, presuntamente, caídas en desgracia. “Cuatro monjas ayudábamos a 16 madres; les cuidábamos los bebés mientras ellas iban a buscar trabajo. La ayuda allí no tenía nada que ver con lo que ha salido de las residencias de las órdenes católicas en Irlanda”, comenta, aludiendo a los horrores de los conventos de monjas irlandeses, conocidos en los últimos años.

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La monja colgó el hábito antes de ingresar en el Colegio Teológico de Oxford para iniciar la carrera eclesiástica que, como máximo, la ordenaba diaconesa. Ahí empezó la campaña por la ordenación de mujeres sacerdotisas, aprobada en 1992 y ejecutada en 1994. Se adelantó a pedir el lenguaje inclusivo en la liturgia: a perdonar no solo a los hombres, a respetar no únicamente a los hermanos; aunque todavía se agradece la vida al Padre y la Todopoderosa no existe en la liturgia. De esa campaña, se cumplen 50 años.

El año pasado el Gobierno británico (como otros) incumplió por segunda vez consecutiva el objetivo de reducir la emisión de gases contaminantes a la atmósfera. La noticia pasó desapercibida en los medios, pero no la ignoraron Sue y su amiga también octogenaria, Judy Bruce. Ni cortas ni perezosas decidieron provocar el eco mediático que creían merecía la noticia. Con una pancarta que rezaba “El Gobierno no cumple la ley” y unas herramientas, se metieron en la Biblioteca Británica y simularon rayar la vitrina que encierra la Carta Magna, de 1215, que constata que el Gobierno debe cumplir la ley. Ahora, Sue tiene prohibida la entrada en la biblioteca citada, pero se la repampinfla. Consiguieron salir en los medios, que era lo que buscaban para denunciar el incumplimiento de las medidas contra la contaminación.

Otra de las motivaciones de Sue es la defensa de los jurados populares. Y así, una lucha detrás de otra, en 84 años, de los que asegura que “este es el peor momento que he vivido, ni la crisis de los misiles de Cuba ni la primera amenaza nuclear hicieron tanto daño como el perpetrado por las intervenciones militares de los últimos años”.

Una puerta del museo Tate Britain de Londres es el lugar para la cita con Sue Parfitt. Si llueve, adentro; si no, afuera. El día 5 de marzo, víspera de su 84 cumpleaños. Sue vive en Bristol y va a menudo a Londres. “Esta vez he venido a un funeral, aunque con frecuencia vengo a protestar o a citas judiciales”, comenta. Fue ordenada sacerdotisa en la primera hornada (1994).