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Por qué vacunar a los niños: su incidencia está disparada en Euskadi y Navarra e impacta en sus familias

Vacunación a un niño en Toronto (Canadá).

Este martes, la Comisión de Salud Pública del Consejo Interterritorial, que reúne a los cargos intermedios en la materia de las comunidades autónomas y al Ministerio de Sanidad, ha aprobado la inyección de la vacuna de Pfizer en menores de 5 a 11 años. El producto de la farmacéutica estadounidense fue autorizado por la Agencia Europea del Medicamento (EMA, siglas en inglés) hace unas semanas, y horas después la Comisión Europea dio luz verde a su comercialización para este tramo de edad.

España, sin embargo, se desmarca de los consejos del organismo comunitario al retrasar la segunda dosis: el intervalo de administración de la segunda dosis será ocho semanas, para contribuir a incrementar la respuesta inmune, así como para tener vacunados a todos los niños en un corto espacio de tiempo con al menos una dosis. El objetivo es evitar o al menos limitar la transmisión cuanto antes y no tanto esquivar unos cuadros graves que ya de por sí son muy infrecuentes en menores, a no ser que sufran comorbilidades, es decir, que sumen el covid a otras afecciones.

Si la principal misión de la vacuna es evitar las enfermedades graves y los niños no las sufren, ¿por qué vacunarles? En primer lugar, porque los beneficios de estos productos, como llevan repitiendo años los expertos en Salud Pública, no son solo individuales, sino también colectivos. La experiencia de las últimas olas en España ha mostrado que el SARS-CoV2, lejos de desactivarse con el 70% de la población vacunada, se concentra con más intensidad en la población no vacunada ante la ausencia de restricciones duras. Pasó con jóvenes y adolescentes este verano y está pasando ahora: en Navarra y Euskadi, las dos regiones más afectadas por el episodio actual, registran una incidencia (casos/100.000 habitantes) a 14 días en menores de 11 años de más de 1.000 puntos.

Por lo tanto, cortar las alas al virus en todos los tramos, sufran o no con probabilidad enfermedad grave, es beneficioso para todos. Las vacunas no evitan la transmisión, pero la dificultan, como muestran los datos ofrecidos desde hace unas semanas por el Ministerio de Sanidad: a siete días, la incidencia entre los que han recibido la pauta completa es un tercio de la total.

Pero por otro lado, los datos de Navarra y Euskadi muestran una consecuencia más concreta de la alta transmisión en niños. Después de los menores de 12 años, los tramos etarios más afectados por la sexta onda son los que corresponden a sus padres: entre 600 y 800 casos por cada 100.000 personas entre los 30 y los 50 años. La vacuna evita la gran mayoría de cuadros severos que pueden acabar en un hospital, pero no son perfectas.

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La Comisión de Salud Pública, a propuesta de la Ponencia de Vacunas (los expertos en vacunología, inmunología y epidemiología que asesoran a Gobierno y comunidades) ha reconocido el beneficio de la vacunación en los niños para evitar lo máximo posible la "transmisión familiar", y la circulación del virus en general. Pero también hay un beneficio para ellos. Según informó Pfizer tras sus ensayos, reconocidos por la EMA y la Agencia Española del Medicamento, Comirnaty reduce el riesgo de enfermedad en menores de 12 en un 90%. Y en España, los responsables han señalado una de las principales consecuencias de la pandemia en este tramo: el covid persistente.

No hay muchos datos aún sobre la prevalencia de este síndrome, que recoge decenas de síntomas que notifican los pacientes cuatro semanas después de contagiarse de covid y que pueden durar años: hay quien arrastra cansancio, taquicardias, fiebre, erupciones cutáneas o dolor de cabeza desde marzo de 2020. Un estudio publicado en octubre de 2021 estimó que el 4% de los menores de 17 que han pasado la enfermedad sigue con síntomas un mes después. Y como los cuadros suelen ser leves, ni ellos ni sus familias entienden por qué su rendimiento académico cae en picado o pierden el interés con jugar con los amigos.

Aún es demasiado pronto (el ensayo de Pfizer apenas contó con 2.000 niños) para comprobar si el pinchazo conlleva efectos secundarios graves, como la trombocitopenia asociada a la vacuna de AstraZeneca, que en todo caso y con alta probabilidad serán muy infrecuentes. Tanto Europa como España, tal y como hacen con cualquier otro medicamento, volverán a desplegar su vigilancia farmacológica para reaccionar a cualquier revés.

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