A lo largo de mi larga y fructífera carrera literaria he recibido críticas, muchas, pero la insinuación de que soy un Gargamel desubicado fue la más demoledora. Diez años, diez malditos años documentándome sobre la ciudad que me vio crecer para que me digan que lo mío es “tan solo un infantil juego de espejos”. ¡Todo, todo lo investigué! La intervención de manos negras en reservados de restaurantes llamados Can Nicolau regentados por chinos que confunden el bocadillo de fuet con el de chorizo, el impacto en el redactado del padrón de conflictos geopolíticos que solo entretienen a un jubilado babeante… ¡y va ese crítico con la amplitud de miras de un bizco becario, suelta que mi novela es tan poco consistente como los clavos de unos feriantes gitanos! ¡Que no recoge ni un átomo del Zeitgeist urbano! El periodistilla aquel concluía que hoy en día no existe la metrópolis. Que con la epidemia de los locales de brunch que sirven avocado toast y zumos detox uno ya no puede hablar de ella, pues todas son iguales y carentes de personalidad. ¡Toda, toda una vida pagando impuestos en la icónica Barcelona con olor a meado para que no pueda ni defecar sobre ella en cuatrocientas páginas de una ficción que es mía! ¡Que firmo de mi puño y letra! Un secuestro emocional. Otro populismo gremial.
Me dolió, sí, pero me dije: no podrán conmigo. Nunca han podido, de hecho. Yo no soy un escritor cualquiera, ni siquiera de oficio. Yo soy un intelectual. Un artista, si se me permite una afirmación tan poco modesta: vale más una evidencia certera que la falsedad. Lo que no me mata me hace más fuerte y no me avergüenza que mi credo no provenga de ningún libro de Dostoievski: si este eslogan salvó a los directores de grandes bufetes de abogados, obsesos marginados en la hora del recreo, no será casualidad. Está claro que no encontraron consuelo en los artículos del grupo Prisa, que ahora tienen por reseñistas a tecleadores con uñas pintadas de negro porque solo así pueden defender que Fulanita es una futura promesa menor de treinta años y no porque se la quieran zumbar. Siempre muchachas guapas, conviene señalar: no llevan ortodoncia ni les cuelga un moco cual estalactita. Pero volvamos a lo importante, que es que dije: no podrán conmigo. ¿Y qué hice luego? Pues marcharme. ¿Que se burlan con que me he quedado petrificado en la gloriosa época de la Transición, porque me atrevo a denunciar que el teléfono móvil es el enemigo de un pueblo, vago y maleante, experto en perder tiempo bebiendo cervecitas en la terraza de su apartamento en Benidorm? ¿Que creen que solo soy un viejo cuadriculado por alegar que prefiero el garrote vil antes que rehuir el uso del masculino genérico? Pues no os preocupéis, que hago las maletas y me voy adonde Cristo perdió la alpargata. Y así lo hice: en un Santiamén, me planté en este municipio de ochenta habitantes sin júbilo ni conversación, con la memoria justa para no acostarse nunca sin comprobar el gas.
Quien me conoce lo sabe: soy un humanista obstinado y comprometido con mi valía hasta al fin. Así que, si para comprobar una por una todas las réplicas que recibí por mi obra tengo que dejar a mi familia, a mi escritorio o incluso mi amado bar de abajo, donde me sirven el carajillo en vaso de vidrio translúcido, lo hago. Sin que me tiemble el pulso: soy un Superman letrado. ¡Que me tocó hacer la mili en la temida base de Guadarrama, donde si te olvidabas de abrocharte un botón del uniforme te castigaban contando estrellas, carajo! ¿Cómo me iba a asustar instalarme en una aldea fantasma de los Pirineos, donde la máxima amenaza es una serpiente del grosor de un pulgar? De hecho, más bien lo contrario: desde que me instalé, he descubierto términos grandilocuentes sobre los réptiles que anidan por las montañas, como el llangardaix ocel·lat o la serp d’Esculapi. Y de variantes de setas como l’Orella de Judes, la banya de bou o la farina borda –esta última importante recordarla porque envenena–. Gracias a haberme acomodado a estos confines sin pipicanes ni pasos de cebra he entendido que la sandía es una fruta de temporada; y no, mi confusión no tenía nada que ver con una falta de retención, sino con cómo cambia tu percepción cuando comes productos directos del campo: cuando algo es tan bueno, no existe el despiste. Me reprochaban no haber sabido captar el ruido de una época: pues aquí me tenéis, midiendo los decibelios desde sus orígenes. Me hago una excursión al monte de aquí al lado y me queda claro clarinete que el agua del tetrabrik de caldo Aneto tiene por germen el nacimiento de un lindo riachuelo escondido entre matorrales. O que el jamón de las patatas fritas marca Ruffles sabor jamón no tiene ni un ápice de carne curada y sí una avalancha de aderezos que simulan el sabor de unos cerdos muy queridos en zonas montañosas, y que cuidan dejándolos campar tan salvajemente. Pero aquí me paro, porque si empiezo a citar toda la lista de ejemplos no hay quien trabaje y es que ni medio, ni medio cuarto del conocimiento aprendido en la escuela franquista bajo amenaza de latigazo ha dejado tanto poso en mi cerebro como la fascinación por los cuidados del abono y del ciclo de la mágica naturaleza.
Ya han pasado un par de inviernos desde que fijé mi residencia aquí. Y no voy a mentir: me ha cambiado la vida y para bien. Llegué lleno de resentimiento, y totalmente justificado: si ya no lo tengo es porque mi alma no está para tantos trotes ni bajezas, no porque esos gafapastas de ciudad cosmopolita no merezcan un mal de ojo diario. Sin embargo, agradezco haberme dejado llevar por un “por mis huevos”; no hay nada mejor para conocer la verdad verdadera que esto. Yo siempre propongo lo siguiente: si quieres comprender lo que es estar en la absoluta mierda, ven aquí y cruza un pantano de estiércol cuando vayas a por el pan; luego intenta desahogarte con los halcones: no te responderán. Y no, no es ningún drama: es una puñetera bendición. Pues no hay nada más reaccionario que tener una identidad propia, y para ello cabe salvaguardarse de tantísima contaminación ideológica y lingüística. Si no fuera por mi reciente oxigenación, no podría haber escrito la nueva obra que estoy puliendo: es algo impensable en un Eixample donde miras por la ventana y solo hay rótulos de peluquerías caninas, sex shops que funcionan con batería eléctrica y librerías donde puedes comerte un trozo de cupcake en barra americana. En cambio, aquí, abro las contraventanas y ¡oh!, olor a limpio. Completo silencio. Como mucho, el sonido del motor de un tractor conducido por un payés que desde el primer rayo de sol se parte el lomo para que todos podamos pinchar la aceituna en la ensalada. Pero no nos vamos a engañar, esta ausencia de alboroto tiene trampa: soy yo el único que habita en esta masía. Por cierto, del siglo diecisiete: todavía no me la explico ni yo, la suerte que he tenido comprándola por cuatro perras a un desdentado con barretina. El pobre viudo, –y sospecho que pobre en un sentido literal– no tenía la misma paciencia pelando las patatas de su huerta que encasquetándole a alguien su palacio de piedra. Pero a lo que iba: la calma. La que tengo de más, porque mis hijos apenas vienen a visitarme, y es que piensan que esto es Vietnam: mal de la cabeza, así están, los jóvenes de hoy en día. Lo tienen todo a tiro de piedra y encima se quejan, aunque mejor me callo porque si mencionas generación de cristal te meten en la cárcel por delito de odio. ¡Pero es tan fácil y barato cogerlo todo y asentarse aquí, y darse cuenta de que tienen a su alcance lo que siempre han querido! Después los llamas por teléfono y “Papá te tengo que colgar que voy a una manifestación por la vivienda”; después te llaman ellos a ti y “Papá, pásame algo de dinero que este mes toca lloradita extra a la psicoterapeuta tarotista”, porque, ay, las relaciones hoy en día, qué inciertas. ¡Ambigua vuestra inteligencia, y a un paso del retraso, maldita sea! Y como sigáis con esta parsimonia quejica cambio el testamento y ni una jodida mota de polvo vais a heredar, de esta preciosa casa. Y no me cago en vuestros muertos porque los yayos son mis padres; aún así, ojalá estuviesen vivos para preguntarles por qué hostias tuvieron que irse a currar a una piltrafa de sitio como Granollers en vez de irse, no sé, a cualquier perímetro con un mínimo de hectáreas plagadas de maleza y escarabajos. Ellos erre que erre, a seguir la corriente pusilánime y cosmopolita de los traumaditos por la guerra; ¿el resultado? Más de media vida mía perdida. Y la que malgastan mis chicos, que no saben distinguir al charnego del analfabeto por cruzarse escuelas de idiomas en cada esquina, y se vuelven poliamorosos por solo poder tomar agua con gas en locales de ambiente. Pero es que la niña… ¡Ay, la niña! Es mencionarla y hacer esfuerzos por no hincharme a reventar a puñetazos estas paredes, duras cual roca de un dolmen ancestral: la tía va de que no quiere casarse ni construir familia. Y mira, lo entiendo, porque ya me dirás tú quién se le va a acercar con esa manta de pelo que me lleva: va con las piernas y las axilas sin depilar. Entenderán que no me apetezca comprobar el resto.
El caso es que estoy muy contento. Soy un chiquillo montado en un carrusel. Me ha costado toda una existencia darme cuenta, pero estoy en mi sitio. Y por lugar no me refiero a unas coordenadas geográficas concretas, que ya tardan en ser Patrimonio de la Humanidad, sino a un sentido espiritual: al fin, ha llegado mi momento. Por el que sé que pasaré a la posteridad. Me encuentro a las puertas, no de entregar mi nueva novela, sino de finiquitar una obra maestra. No de mi carrera, sino para el país entero, que es lo que me interesa. Tengo entre manos una historia empapada de la pureza de un espíritu que sólo ha podido florecer una vez alejado del guateque del izquierdismo roñoso que se esconde tras un europeísmo y su revolución de los abrazos. Pero vaya, no es mi culpa no haberlo visto antes: en Venezuela, como no pueden salir del país, también estaban contentos con Chávez. Y es que enderezarse en el sendero de nuestro folclore patriótico no es cuestión de actitud, es una decisión radical. Levantarse por la mañana y sentenciar: de ahora en adelante, mi régimen de comidas no incluirá platos exóticos que subvierten nuestro exquisito y reconocido paladar como el cuscús o las arepas fritas de carne mechada; acostarse por la noche y dictaminar: lo que casque de sonámbulo, en mi puta lengua. Y quien no me entienda, les corto el pescuezo. Que les jodan. Como yo hice la semana pasada, cuando llamé al buzón anónimo de la Policía Nacional alertando de que el paquistaní de la gasolinera de la C-47 pertenece a un núcleo yihadista. Y en diez minutos ninonino; allí estaba, el cochecito con la sirena. No, el señor no era un terrorista, pero sí algo peor, un ilegal. Anda, deportadito que te vas: a mí me vendes las Galletas María en cristiano, que lo que vale cada euro sí lo tienes bien estudiado. ¡Vivir en esta tierra para quien la cultiva y la merezca, leches! Que en el cementerio no hay ninguna lápida con el nombre Mohamed: por algo será. ¡Fuera, fuera parásitos! Pero en fin, que estoy entusiasmado. No es que sea mejor, es que soy otro: ha habido dentro de mí una revolución y, es más, creo que voy a provocarla. Que se prepare nuestra gente: vuelvo con la fuerza de un meteorito que se estrella con los colores de la bandera. Y que mi editor avise al banco: de oro reluciente, nos vamos a hacer, con mi retorno. Que no solo va a ser literario, sino que va a traer la fuerza necesaria para recuperar ese mundo secuestrado por un ejército enemigo que vende cervezas a pie de calle. Y que llame, que sobre todo llame a la imprenta para que revise sus máquinas, porque van a imprimir millones de copias. Millares. Y es de vital importancia que, bajo ningún concepto, las toquen las sucias manos de un moro: la plaga de nuestras fábricas. Porque cuando van al lavabo, se limpian con ellas su culo cagado y después, como no tienen ningún interés en enriquecer su alma con el saber que corre por nuestra sangre milenaria, manosean el rebozado de las barritas de merluza o los tapones de plástico de los bolígrafos que circulan por la cadena de montaje. Y así hemos acabado todos: intoxicados de un estadio subhumano. Por eso, como estoy en mi mejor momento, antes de cantar victoria voy a asegurarme que nada pueda cagarla. Así que voy a ir a mi editor y voy a decirle, alto y claro, con unas pelotas que contienen todo el caudal del río Ebro, de tan hinchadas que las tengo: ¡moros no, por favor! ¡Putos moros no!
*Andrea Genovart es escritora y autora de ‘Consumir preferentemente’ (Anagrama, 2023).
A lo largo de mi larga y fructífera carrera literaria he recibido críticas, muchas, pero la insinuación de que soy un Gargamel desubicado fue la más demoledora. Diez años, diez malditos años documentándome sobre la ciudad que me vio crecer para que me digan que lo mío es “tan solo un infantil juego de espejos”. ¡Todo, todo lo investigué! La intervención de manos negras en reservados de restaurantes llamados Can Nicolau regentados por chinos que confunden el bocadillo de fuet con el de chorizo, el impacto en el redactado del padrón de conflictos geopolíticos que solo entretienen a un jubilado babeante… ¡y va ese crítico con la amplitud de miras de un bizco becario, suelta que mi novela es tan poco consistente como los clavos de unos feriantes gitanos! ¡Que no recoge ni un átomo del Zeitgeist urbano! El periodistilla aquel concluía que hoy en día no existe la metrópolis. Que con la epidemia de los locales de brunch que sirven avocado toast y zumos detox uno ya no puede hablar de ella, pues todas son iguales y carentes de personalidad. ¡Toda, toda una vida pagando impuestos en la icónica Barcelona con olor a meado para que no pueda ni defecar sobre ella en cuatrocientas páginas de una ficción que es mía! ¡Que firmo de mi puño y letra! Un secuestro emocional. Otro populismo gremial.