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El 12 de octubre, entre los tópicos y los agravios

El 12 de octubre, entre los tópicos y los agravios

Manuel Chust

19 horas. 11 de septiembre de 2014. Sucre, Bolivia. Emisora de radio de la Universidad pública. Me entrevistan acerca de mi tema de investigación: las independencias iberoamericanas. Andy, locutor y responsable del programa, muy afable, dice ser también profesor universitario. Ya en el “aire”, tras la presentación de cortesía, distendido, modulando un tono de voz muy cordial y resuelto, lanza la primera pregunta:

-¿Qué opina usted, doctor, sobre “el robo por los españoles del oro boliviano?”

Muy apropiada respecto al “tema” que me había llevado a la emisora, pensé. Le correspondí con otra sonrisa, no escuchada por los oyentes, y respondí a… la ¿provocación? “Va a ser difícil que en el siglo XVI, XVII o XVIII los españoles, en cuanto a nacionalidad, roben oro boliviano”.

La sonrisa de Andy cesó, sus cejas se arquearon y su boca dibujó explícitamente la sorpresa que trasladaron sus neuronas. Hay que decir en su descargo, que estábamos en Sucre, la Ciudad Blanca, que durante la colonia recibió el significativo nombre de La Plata. Una ciudad, entiéndase su tejido propietario y minero, que se nutrió, se nutre, del casi inagotable “cerro rico” de Potosí. Localidad mítica, que trascendió entre, ahora sí, los españoles como sinónimo de gran fortuna y riqueza, transformado incluso en dicho o frase histórica: “Valer un Potosí”.

Como quiera que claramente es un tema más que sensible, asentado como verdad irrefutable en la mente de los bolivianos, de los hispanoamericanos en general, y me jugaba ser vilipendiado por los oyentes, expliqué mis palabras “malsonantes”. También provocadoras, pensaría Andy.

Las nacionalidades, en cuanto habitantes de un Estado-nación, están históricamente determinadas en el tiempo y en el espacio, o como escribió Eric Hobsbawm, son invenciones, son construcciones de los Estados nacionales. Y en esas “invenciones” la génesis de historias nacionales y su traslado a la educación popular tienen una alta responsabilidad. Y decimos tienen en presente y no sólo en pasado.

La construcción del Estado-nación

Vayamos por partes. Obviamente en el siglo XVIII existía “España”. Indiscutible. Objetivable. Pero como entidad geográfica y si se quiere cultural en un sentido amplio. Otra cosa es como Estado-nación, el cual tiene un acta de nacimiento liberal y constitucional en las Cortes de Cádiz y un acta de consolidación en los años cuarenta del Ochocientos. Estado que creó la Nación y la dotó de derechos civiles, de una nacionalidad.

Argüir que la Nación precede al Estado es un debate sugestivo en lo académico, ideológico y político, pero no en una interpretación histórica seria. Lo que sí existía era una monarquía absoluta que, salvo que se demuestre lo contrario, no tenía un sistema económico redistributivo entre la población capaz de transformar las rentas coloniales americanas, y peninsulares, en forma de beneficios sociales. Es decir, los “españoles” no nos lucramos con el oro robado a los “bolivianos”. Todo lo contrario, las rentas coloniales, los tributos indígenas, los impuestos directos e indirectos, la extracción de metales preciosos de las minas, iban a parar a las Cajas Reales, a la Hacienda Real, dado que no existía ninguna Hacienda Nacional. Es decir, América no era de “España” sino del titular de la Corona española. Quizá conviene recordarlo y clarificarlo.

Tiempo y espacio, le recordé a Andy en la emisora. Categorías irrenunciables de los historiadores so pena de caer en presentismos, ahistoricismos y ucronías. Por ello mismo, Bolivia, como Estado-nación, emergió en 1826, tras su primera constitución, pero no antes. Su realidad anterior era la Audiencia de Charcas o el Alto Perú, como se sabe, con una normativa colonial subordinada al Rey absoluto español.

Lo cual no exime que, efectivamente, hubo explotación, saqueo y “robo” de metales preciosos de este y otros territorios coloniales americanos por parte de la maquinaria extractiva en América de la monarquía española. En la cual, efectivamente, participaban súbditos del monarca español, tanto peninsulares como criollos.

Andy escuchó, puso cara de póker y cambió de tema. No hubo más comentarios al respecto. Regresó a lo que nos había convocado allí y me preguntó por la independencia boliviana.

Binomio maniqueo

No es fácil explicar la cuestión nacional, ni en España ni en América. En ninguna parte. El nacionalismo construyó historias, inventó tradiciones, legalizó celebraciones y festividades, recreó conmemoraciones. Un relato nacional que fue sacralizado, legitimado por “verdades” históricas, que idealizó un binomio maniqueo y dicotómico de buenos y malos. Rebatir ese relato no sólo es osado, sino peliagudo, ya que nos adentramos irremediablemente en una construcción no sólo histórica sino también ideológica-política que ha extendido el nacionalismo. Con todo, hay que intentarlo.

En este sentido, un buen ejemplo sería la fecha del “Descubrimiento de América”, el Día de la Raza o el “Encuentro de Dos Mundos”. Diversas acepciones de la misma festividad a lo largo del siglo XX que España y la mayor parte de los países hispanoamericanos celebran el 12 de octubre.

Está claro qué se celebra, ¿pero qué se conmemora? En un país como España en donde el franquismo borró a nuestros “Padres de la Patria”, los liberales revolucionarios contra el absolutismo, los diputados y constitucionalistas de las Cortes de Cádiz, el 12 de octubre se “inventó” como día del “Descubrimiento de América” para justificar y engrandecer un pasado imperial.

Sabemos que fue una idea de Ramiro de Maeztu, en plena II República, en su concepción tradicionalista y católica de Hispanidad. La cruz, el cetro y la virgen de Guadalupe “descubrieron” a aquellos infieles para redimirlos de una bajada segura a los infiernos. La lectura imperialista, ultracatólica y benefactora se extendió. La omisión de la espada y el arcabuz, también.Los historiadores falangistas en las cátedras universitarias hicieron el resto.

La fiesta en el franquismo

Más adelante, la dictadura franquista en una coyuntura más aperturista en el exterior, oficializó este día como el de la Fiesta Nacional en 1958. Mi generación aún la recuerda en blanco y negro: desfile militar –esto no ha cambiado-, alocuciones a las esencias de la raza española, bailes regionales, especialmente jotas, y vivas a la Virgen del Pilar, ya que coincide con su fiesta. Si bien esta Virgen tuvo poco que ver con el “descubrimiento”, y mucho la de Guadalupe. Como bien saben los guadalupanos.

Tendríamos que decir que la colonización fue exclusiva del reino de Castilla, vetada hasta la segunda mitad del siglo XVIII a los habitantes del Reino de Aragón. Reino castellano que trasladó su lengua, sus costumbres, sus instituciones, sus apellidos y sus sistemas de explotación de mano de obra.

Ya en la democracia, en 1987, el 12 de octubre fue ratificado como día de la Fiesta Nacional. Lo interesante es la redacción que lo justifica: “La fecha elegida, 12 de octubre, simboliza la efeméride histórica en la que España, a punto de concluir un proceso del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un periodo de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos” (sic).

Impresionante. La explicación o justificación de nuestra Fiesta Nacional del 12 de octubre omite el sujeto conmemorativo de ésta: América. Así que celebramos una Fiesta de la Nación española por el éxito del idioma español –castellano- “más allá de los límites europeos” y gracias a una “pluralidad cultural y política”… ¿en 1492?

Encuentro entre dos mundos

Cuando la leí por primera vez, seguramente puse la misma cara de estupefacción que Andy, mi amable interlocutor radiofónico de Sucre, y que algunos de ustedes puede que estén poniendo ahora.

Los gobiernos de la democracia siguen sin encontrar una manera adecuada de “explicar” por qué la Fiesta de la Nación es el “Descubrimiento de América” sin América. Reflejo de la interpretación, salvo excepciones, de una Historia de España sin América. Es notorio que esto fue un problema para los primeros gobiernos democráticos. Era evidente que no se podía continuar “celebrando” una festividad nacional que ensalzara la “raza” española, a la vez que los atropellos y vejaciones cometidos en América por esa “raza” española, en pleno proceso, ahora sí, de integrar en el Estado democrático más de un nacionalismo aparte del español. Y más en los años posteriores a las dictaduras en Hispanoamérica en donde España y su “ejemplar” transición democrática se ponía como ejemplo.

De ahí la versión dulcificada de los gobiernos democráticos socialistas que omitieron en el Decreto de 1987 hasta el sujeto histórico: América; y que inventaron aquello del “Encuentro entre dos mundos” para celebrar el V Centenario. La incapacidad para gestionar el nacionalismo (que por definición es excluyente) y las necesarias y buenas relaciones de España y sus empresas con la comunidad de países iberoamericanos llevó también, durante las recientes conmemoraciones del bicentenario de las independencias, a inventar nuevos eufemismos (España se dedicaría a “acompañar” a Latinoamérica en sus celebraciones) con la finalidad de evitar y suavizar cualquier confrontación nacional, si bien quedaban muy lejos de la experiencia histórica de los procesos de independencia.

Desde la otra orilla también tuvo éxito, y de qué manera, una historia nacional que se volvió oficial. La bandera del “enemigo español” expoliador y exterminador de los pueblos indígenas americanos sirvió de excusa y justificación para homogenizar culturalmente una sociedad étnica, racial y económicamente muy desigual. Y triunfó. Lo paradójico es que esta historia fue escrita por historiadores criollos. Para estas interpretaciones históricas, las desigualdades sociales y económicas fueron producto, son producto, del expolio al que fueron sometidos por los españoles. Lo interesante es que propuestas de la sociología y politología anglosajonas, en especial enunciadas a partir de la teoría de la dependencia, confluyeron e incidieron en estas aseveraciones de las historias tradicionales, al plantear que el subdesarrollo latinoamericano se generó a partir del capitalismo del siglo XVI que colonizó la América española, eludiendo con ello la responsabilidad al capitalismo imperialista de la segunda mitad del siglo XIX y a las propias burguesías nacionales que siguieron explotando a sus conciudadanos. Como si Pizarro o Cortés fueran empresarios.

Resulta cuando menos llamativo que todavía se mantenga como día festivo el 12 de octubre en la mayor parte de aquellos países que, consecuentemente y con razón, rechazan lo que esa efeméride impuesta significó. A pesar de ello, los diferentes gobiernos hispanoamericanos no lo han retirado del calendario festivo ¿Por qué? En su lugar, han preferido renombrarlo con las más diversas acepciones: Día de la Interculturalidad, Día de la Cultura, Día del Respeto a la Diversidad Cultural, Día de los Pueblos Originarios y del diálogo Intercultural, Día de la Liberación, de la Identidad y de la Intraculturalidad, etc. Y también resignificarlo en nombre de los pueblos originarios ofendidos y expoliados… hace ¡500 años! Pedir “responsables” del pasado es un ejercicio sano, aunque no sé si corresponde a los historiadores. Pero si se hace, hay que hacerlo con responsabilidad y rigor histórico. Y sí, hubo explotación colonial, debacle demográfica indígena y expoliación de metales preciosos, pero los “responsables” no fueron los “españoles” ni el oro saqueado fue “boliviano”. Si bien, efectivamente, alguien lo tendrá… o tiene, y no son ni los “españoles” actuales ni los “bolivianos” actuales. Como coincidió conmigo Andy, ya fuera de emisora.

Los pueblos hispanoamericanos tienen en su mano, lo están demostrando con los gobiernos elegidos democráticamente en la última década, una capacidad transformadora para reconstruir sus sociedades con justicia social y equidad económica que no necesita los victimismos esterotipados de estas caducas lecturas históricas.

Manuel Chust es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Jaime I de Castellón y especialista en América Latina.

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