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Amazon y la Biblioteca de Babel

Librería.

Jorge Carrión

Se ha convertido en un tópico decir que Jorge Luis Borges imaginó Internet. Así, con inicial mayúscula, como la Biblioteca de Babel. No es el único relato en que escribió sobre la cultura exponencial, sobre los archivos sin límites, sobre un gran memoria externa, artificial. En El libro de arena fabuló sobre un volumen de páginas infinitas; en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, acerca de la enciclopedia de un universo paralelo; en El Aleph, sobre alguien que es capaz de ver la realidad, como conjunto, fragmentada en imágenes, en una esfera del tamaño de la pantalla de un iPhone; y en La memoria de Shakespeare, sobre todos los recuerdos, la identidad entera del escritor inglés, que se podría descargar en una conciencia concreta 

de una especie de nube anterior a la Nube. Esa descarga —como se ve en el último cuento que escribió Borges— es inútil: nada útil ni interesante puedes hacer con la memoria completa de William Shakespeare. Tampoco a Funes le sirve para nada ser el memorioso. Ni a Carlos Argentino Daneri, ese acceso exclusivo, en el sótano, al Aleph (su tesoro).

La Biblioteca de Babel es una versión muy libre —muy genial— de La biblioteca universal, de Kurd Laßwitz, otro de los escritores que imaginaron la red de redes que llamamos la Red. De modo que Borges no sólo proyectó la topografía en expansión de Internet y su potencial gigantesco —y a menudo inútil—; también practicó su esencia de bricolaje, de corta y pega, de reciclaje incesante, en una actitud hacia la gran biblioteca de los géneros y los subgéneros muy parecida a la de los artistas actuales de la postproducción.

El gran intermediario

Esa visión negativa del exceso de archivo cultural, que constatamos en algunos de los mejores cuentos del autor de Ficciones, hoy puede parecernos incluso positiva, porque en su obra el libro sigue siendo central. Como dice Roberto Calasso en Cómo ordenar una biblioteca (Anagrama, 2021): “Hoy el libro es algo que vive en los márgenes —casi como un reflejo— respecto de un magma en perpetuo cambio, que se manifiesta en las pantallas”. La realidad se ha escindido en dos dimensiones: la física y la virtual. La de los cuerpos, los muebles, los edificios o los libros, que a veces puede parecer que está quieta; y la de la circulación cada vez más acelerada de jpgs, información, bitcoin, algoritmos, datos. Aunque constantemente se estén imprimiendo libros, es decir, se estén descargando archivos en soporte papel, ese ritmo es apenas un goteo en comparación con la tormenta frenética que tiene lugar en Internet. 

Las distopías en miniatura, sabias e irónicas, que Borges convirtió en relatos canónicos, son utopías del conocimiento si se comparan con el universo distópico de Amazon. Un universo en que los libros han sido igualados esencialmente al resto de objetos, en almacenes y páginas web que no tienen ningún rasgo en común con las bibliotecas. La empresa de Jeff Bezos gestiona las mercancías según lógicas que ella misma ha creado y que sacrifican el factor humano en el altar de la ultrarrapidez y la eficiencia. Al contrario que el resto de colosos digitales, como Facebook o Google, Amazon trabaja sobre todo en la zona de confluencia, en la ancha frontera que une y separa las dos dimensiones de lo real. Un ámbito en que el papel se confunde con el píxel, en que las aplicaciones y los robots actúan como interfaces o puentes. Un lucrativo mercado que se basa en la idea de que los intermediarios son innecesarios. Autopublicación, compra directa, envío a domicilio: el objetivo, por supuesto, es cambiar miles de intermediarios por un único Gran Intermediario. Amazon.

“La tiranía del algoritmo, que establece lo que el consumidor, el lector, el ciudadano, quiere, piensa, desea, y que gobierna la lógica de la edición sin editores, del marketing en el mercado del libro, o de las manipulaciones de la opiniones”, dice Roger Chartier en una de las conversaciones de Lectura y pandemia (Katz, 2021). 

La utopía que ha proyectado Amazon es la de una cultura sin prescriptores, sin libreros, sin editores, sin críticos, que no es una cultura libre o democrática, sino un monopolio cultural, en que los algoritmos asumen el rol de nuevos sacerdotes del conocimiento. Una nueva verticalidad. 

l movimiento es realmente histórico. No se trata del conflicto clásico entre los antiguos y los modernos, que ha tenido innumerables reencarnaciones (en el humanismo y en la Ilustración, entre los realistas y los impresionistas o los surrealistas; entre los pintores y los fotógrafos; entre los sistemas de reproducción o de comunicación analógicos y los digitales; entre el papel y el píxel). No: la transición es de un alcance mucho mayor. Pasamos, en nuestra relación con los textos, el saber, los objetos artísticos y culturales, de las letras a las matemáticas, de las historias al Big Data, del antropocentrismo al códigocentrismo. 

Se trata de una revolución con pocos precedentes en la historia humana. Para encontrar un giro copernicano tan radical en la de la cultura, hay que retroceder al paso de la prehistoria a la historia, es decir, a la escritura, en el contexto del nacimiento de la agricultura y las ciudades en el Neolítico; o a la explosión de la Galaxia Gutenberg, hace más de cinco siglos. Pero entre ambas revoluciones hubo una cierta continuidad lingüística, literaria, de criterios de clasificación textual. Ahora, en cambio, el lenguaje más importante del mundo no es alfabético, sino informático. Y los buscadores y las plataformas no catalogan los datos según normas alfabéticas, cronológicas, temáticas o vinculadas con la autoría; sino según lo más buscado, lo más consumido, fórmulas matemáticas, probabilidades.

Es una mutación fascinante. No es el Apocalipsis, pero sí es el lento fin de un modo de estar en el mundo. Tan lento que podría no culminar en mi generación ni en la de mis hijos. Aunque nadie lo sabe. Yo, por si acaso, sigo leyendo libros en papel, sigo comprando en las librerías de mi ciudad, sigo visitando bibliotecas, sigo dando clases presenciales en estos tiempos de Zoom y de autoformación y sigo confiando en mis editores. Al mismo tiempo vivo y pienso, también, digitalmente. Soy ambidextro y anfibio. Si todavía alguien usa esa palabra: internauta, pero como sinónimo de lector.

*Jorge Carrión (Tarragona, 1976) es autor de ‘Contra Amazon’ y ‘Lo viral’ (Galaxia Gutenberg). Junto al dibujante Javier Olivares acaba de publicar la novela gráfica ‘Warburg & Beach’ (Salamandra).

*Este artículo está publicado en el número de abril de tintaLibre, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquíaquí

La era de la distopía, en 'tintaLibre'

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