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La buena salud del escepticismo

Lámina del siglo XIX que recrea las ocho cabezas de Sócrates, conservada en la New York Public Library.

Daniel Tubau

Entre las filosofías de la Antigüedad grecolatina no cabe duda de que el estoicismo es la que hoy en día tiene más adeptos. El estoicismo nos aconseja ser felices con lo que tenemos, aceptar una cierta mediocridad y alimentarnos de nuestra propia virtud, de aquello que depende de nosotros y sobre lo que, por lo tanto, podemos tener cierto control. Sólo de vez en cuando logra hacerse un hueco algún libro dedicado a los epicúreos o los cínicos, pero se echa en falta a los que fueron los mayores rivales de los estoicos, los escépticos.

Esta ausencia es llamativa, porque el escepticismo ha gozado de muy buena salud en los últimos siglos, a pesar de las recaídas, a veces muy graves, en el dogmatismo. Desde que el escepticismo antiguo regresó, de la mano de pensadores como Montaigne, Descartes, Francis Bacon, Voltaire o Diderot, su influencia ha sido decisiva. No es exagerado afirmar que se encuentra en el origen de la ciencia moderna, eso que el físico Richard Feynman definió mejor que nadie: “La ciencia es la manera que los seres humanos hemos inventado para dejar de engañarnos a nosotros mismos”.

A la ciencia debemos añadir ese invento escéptico llamado democracia, que consiste en renunciar a la perfección y a cualquier verdad indiscutible, como la de los líderes carismáticos, los dictadores o los tiranos.

Por otra parte, a pesar de la credulidad, la superstición, las teorías del complot y los continuos anuncios de colapsos y apocalipsis, todavía se mantiene en las sociedades abiertas un cierto rigor crítico que nos protege de los iluminados y los partidarios de soluciones fáciles y rápidas, de aquello que Paul Watzlawick llamaba las soluciones clarifinantes, que resuelven los problemas disolviendo la noción misma de problema, cómo en aquella operación tan exitosa que logró que el paciente dejara de sufrir porque no salió vivo del quirófano.

En la Antigüedad se hablaba de dos escuelas escépticas, la pirrónica, que procede de Pirrón de Elis, y la académica, que nació en la Academia fundada por Platón. Algunos añaden una tercera: la de los cirenaicos o hedonistas, creada por Aristipo. Al sexto director de la Academia, Arcesilao, se le atribuye la introducción del escepticismo en la institución, aunque él se sentía continuador de Platón y de aquel Sócrates que, cuando el oráculo de Delfos lo consideró el hombre más sabio, dijo que merecía tal honor únicamente porque él, al menos, era consciente de su ignorancia: “Sólo sé que no sé nada”. Arcesilao completó la frase: “…Y ni siquiera estoy seguro de eso “, y continuó la labor socrática de cuestionar cualquier pensamiento dogmático, en especial el de la escuela creada por Zenón de Citio, es decir, el estoicismo.

Del mismo modo que los sofistas, también escépticos, llevaron a Atenas la pasión por la filosofía, fue otro académico escéptico, Carnéades, quien contagió del virus filosófico a los romanos, al defender un día la justicia con razones excelentes, y al día siguiente la injusticia con argumentos igual de poderosos. El virtuoso Catón se escandalizó y pidió que se expulsara a los filósofos de Roma para evitar que corrompieran a la juventud, la misma acusación que llevó a Sócrates a beber la cicuta. Quienes consideran que el escepticismo sólo tiene un carácter destructivo, olvidan que Carnéades mostró que la justicia casi siempre estaba al servicio de los intereses de los poderosos. Al parecer, llegó a decir que si Roma quisiera obrar con justicia debería regresar a las cabañas de las que salió y devolver todo lo que había arrebatado, mediante la violencia, a otros pueblos. Pocas cosas puede haber más constructivas que revelar los dogmas y mentiras que sostienen la injusticia.

Pocas cosas puede haber más constructivas que revelar los dogmas y mentiras que sostienen la injusticia

Volvamos a la cuestión que planteábamos al comienzo: ¿cómo se explica que, a pesar de todo lo que les debemos, no veamos más libros dedicados a los escépticos grecolatinos? Se da la circunstancia de que los más celebres escépticos decidieron no escribir, como Pirrón de Elis, del que derivan los escépticos pirrónicos, o los académicos Arcesilao y Carnéades, a los que habría que añadir al propio Sócrates. De otros, como Timón de Fliunte, Enesidemo o Agripa no se conservan sus obras. Es cierto, pero para los pirrónicos contamos con los libros de Sexto Empírico (Esbozos pirrónicos, Contra los dogmáticos), mientras que para los académicos tenemos los testimonios de Cicerón, Plutarco y otros autores.

Otra explicación de la ausencia escéptica puede ser que la palabra escepticismo tiene ciertas connotaciones negativas. Para muchos filósofos, se trata de un pensamiento alejado de las grandes propuestas, como el platonismo, el aristotelismo, el epicureísmo, o incluso el cinismo. ¿Qué sistema podemos construir con un pensamiento que renuncia a la pretensión de construir un sistema? Los escépticos, como Groucho Marx, no quieren pertenecer a un club filosófico que los admita como filósofos. Por otra parte, muchas personas imaginan a un escéptico como a un incrédulo profesional, alguien que no confía en nada ni en nadie.

Placeres de la búsqueda y la investigación

No cabe duda de que existe algo de verdad en estas opiniones, pues los escépticos no pertenecen al populoso grupo de los farsantes. No prometen un paraíso ideológico que alimente nuestras ansias de justicia ni una ética inmune a cualquier duda; tampoco garantizan, mediante la resignación estoica o algún tipo de sencilla iluminación mística, que podamos alcanzar la felicidad. Sin embargo, no es poca cosa esa democracia siempre imperfecta y siempre perfectible, ni esa ciencia que, gracias a la crítica y la revisión constantes, es capaz de curar enfermedades, descubrir nuevas fuentes de energía o producir inventos increíbles. Tampoco está nada mal la denuncia de cualquier dogmatismo y la promoción de la duda y el diálogo. En cuanto a la acusación de no creer en nada, más que incrédulos, lo que no son los escépticos es crédulos: creen y confían en muchas cosas en su vida diaria, pero no lo hacen de manera dogmática. Los escépticos, en definitiva, nos invitan a probar los placeres de la búsqueda y la investigación (eso significa skepsis), y a aplicar aquello que se atribuye a Kant pero que dijo antes el escéptico Gassendi: “Atrévete a saber”: no te dejes dominar por certezas siempre dudosas.

Recientemente, el actor Anthony Hopkins hizo una encendida defensa de la duda escéptica y criticó a quienes creen estar en posesión de la verdad, entre ellos, dijo, Hitler y Stalin: “Creo que esa es la gran ética espiritual que puedo dar: no sé nada. Cualquier ser humano inteligente tiene dudas. En la duda vive la piedad, en la duda vive la humildad. Si tienes certeza estás muerto. La certeza destruye a la gente”. Esperemos que esta opinión sea una señal más del regreso del escepticismo, que aportó tanto a la sociedad hace unas décadas con pensadores como Carl Sagan, Richard Feynman, Martin Gardner, Bertrand Russell y tantos otros, y que incluso dominó el panorama intelectual bajo el nombre de posmodernismo, que es, hay que admitirlo, la versión quizá menos atractiva y simpática de un pensamiento tan ingenioso y estimulante como suele ser el escepticismo. El éxito reciente de autores que nos advierten de los sesgos de nuestra manera de pensar, como Daniel Kahneman (Pensar rápido, pensar despacio), el divulgador Neil De Grasse, Mariano Sigman (La vida secreta de la mente) o Julia Galef (La mentalidad del explorador) es sin duda una buena noticia, a la que podemos añadir que uno de los máximos divulgadores del estoicismo, Massimo Pigliucci, se declare fatigado de tanta resignación estoica y proponga algo a lo que llama neoescepticismo. En España, por otra parte, contamos con magníficos autores y especialistas, como Ramón Román Alcalá, Ignacio Pajón Leyra o el siempre deslumbrante Bernat Castany. Mi propia contribución es Sabios ignorantes y felices, donde no he querido limitarme a las dos o tres escuelas escépticas, sino que he partido de la premisa de que un filósofo es o debe ser casi por definición un escéptico, por lo que he incluido las contribuciones escépticas de dramaturgos, poetas, políticos e incluso de muchos filósofos dogmáticos de Grecia y Roma.

El virtuoso Catón pidió que se expulsara a los filósofos de Roma para evitar que corrompieran a la juventud, la misma acusación que llevaría a Sócrates a beber la cicuta

En estos días en los que el diálogo de sordos que mantienen los partidarios de ideologías enfrentadas es constante, no vendría nada mal tomarse las cosas con un poco de distancia y ligereza y admitir que no podemos estar seguros de casi nada. Los escépticos, aunque fueran aficionados a la polémica, eran capaces de encontrar los pros y los contras de cualquier idea. Arcesilao, invitaba a sus rivales a exponer primero sus argumentos e incluso les concedía el turno final, que, eso sí, casi siempre era una inevitable admisión de su derrota, una renuncia a la certeza dogmática.

En cuanto a la tranquilidad estoica, la encontramos también en los escépticos, que aplicaban la apatía o impasibilidad, la ataraxia o imperturbabilidad y la adiaforia o indiferencia. Hay razones para sospechar que los estoicos tomaron esas ideas de los escépticos, puesto que ya las encontramos en pensadores, como Pirrón y su maestro Anaxarco, del que se dice que aguantó con total imperturbabilidad que el tirano de Chipre lo triturara en un mortero.

La canción del verano

La canción del verano

Quizá no sea seguro, como sostenían algunos escépticos, que la suspensión del juicio o epojé, la admisión de que nada es indiscutiblemente cierto, nos lleve a la felicidad, pero no cabe duda de que puede hacer más agradable la convivencia con quienes no piensan como nosotros. También nos puede ayudar a disfrutar de la vida sin necesidad de adoptar el estricto rigorismo estoico, porque entre los escépticos encontramos desde la celebración continua de los placeres de Arcesilao a la moderación de Pirrón o la imperturbable alegría de Anaxarco al que llamaban el Eudaimónico, es decir, el Feliz. Los escépticos, o al menos muchos de ellos, eran sabios ignorantes y felices.

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Daniel Tubau es escritor, guionista y director de televisión. Su último libro publicado es ‘Sabios ignorantes y felices’ (Ariel).

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