Carlos Edmundo de Ory y la tarta de chocolate

Ilustración.

Felipe Benítez Reyes

En mi bachillerato, en un libro de texto de Literatura firmado por Fernando Lázaro Carreter y Vicente Tusón (muchos años más tarde me llegó el rumor malicioso de que Lázaro Carreter ponía el nombre y Tusón el trabajo), en sus últimas páginas, esas a las que los profesores nunca les daba tiempo a llegar antes de que terminara el curso, leí un soneto, fechado en 1947, que me fascinó, hasta el punto de aprendérmelo de memoria:

La casa muerta

Paso a paso llegué a la verja un día

no habiendo nadie y con mi poca altura

abrí la puerta y penetré en la oscura

casa que estaba en su interior vacía

Como la lluvia allí no me podía

dormité con un sueño que aún me dura

pues bien nunca saldré de esta aventura

la que yo llamo la ventura mía

Yo soy aquella la lejana casa

y aquel el hombre triste que la habita

empeñado en no abrir jamás la puerta

No el viento pasa No la lluvia pasa

Ni aun nadie se le acerca porque evita

el miedo que le da la casa muerta

Lo firmaba un paisano mío: Carlos Edmundo de Ory, hijo del poeta modernista Eduardo de Ory.

(Ory padre fue amigo de Rubén Darío, de Manuel Reina y de Salvador Rueda, así como un diligente activista lírico: poeta, antólogo y fundador de revistas para difundir la estética modernista, aparte de ejercer una ocupación que tal vez pueda contarse entre las más exóticas de todas las posibles: cónsul de Colombia en Zaragoza, donde vivió durante unos años, antes de su traslado definitivo a su Cádiz natal).

Había en ese soneto un son anómalo, una expresión descoyuntada y un clima de tenebrosidad gótica que, como digo, me cautivó. La casa muerta. La casa vacía. El visitante que es a la vez, por el poder de la traslación simbólica, la casa misma. (Todo un poco lioso, sí, pero tal vez no haya cosa que seduzca más a un aprendiz de poeta que un buen desbarajuste).

Por aquel entonces, a mis 17 años, yo tenía muy claro mi plan de vida: ser un poeta surrealista a la manera hispánica (García Lorca, Aleixandre) y, a la vez, un maudit a la manera francesa (Baudelaire, Rimbaud), de modo que no tardé en seguir la pista a aquel poeta, fundador del movimiento estético bautizado como postismo –un ismo posterior a los ismos históricos- que en la fotografía del libro de texto –si la memoria no me engaña con imágenes posteriores- lucía una media melena de juglar medieval, una barba de estilita y una mirada de vate visionario.

Una aparición

Al poco de aquello, allá por 1980, se produjo un fenómeno entre paranormal y milagroso: Carlos Edmundo de Ory se teletransportó de mi libro de texto de bachillerato a una taberna castiza de mi pueblo.

El caso fue, en fin, que en Cádiz capital, donde yo había empezado la carrera de Filología Hispánica, conocí al poeta Jesús Fernández Palacios, que no era cónsul de Colombia, pero sí el cónsul oficioso de Carlos Edmundo de Ory, que desde 1955 vivía en Francia. Jesús me anunció que Ory iba a pasar la temporada veraniega en España y tenía intención de hacer una gira de lecturas poéticas. Me pidió que sondeara al concejal de Cultura de mi pueblo por si acaso estuviese interesado en la contratación. Como no hace falta decir, al concejal de mi pueblo le sonaba el nombre de Carlos Edmundo de Ory más o menos lo mismo que el de Leucipo deb Mileto, fundador del atomismo, discípulo de Zenón de Elea y maestro de Demócrito. De modo que el concejal me dijo que por supuesto.

El día fijado, Ory llegó a Rota con Laura Lacheroy, su mujer, y con Jesús. Al verlo, tuve la impresión, como apunté, de estar viviendo una experiencia paranormal: un ente histórico redivivo y escapado de las páginas de un libro de texto, ya que todo lo que aparecía en los libros de bachillerato pertenecía al pasado, y daba uno por hecho, de manera tan inconsciente como atolondrada, que cualquier persona que apareciese en ellos tenía que estar muerta, más en mármol o en bronce que en carne mortal… o, con un poco de suerte, medio muerta.

Carlos Edmundo de Ory fue un escritor 'oryniano', que es lo mismo que decir que fue muchas cosas a la vez para acabar siendo él mismo

De entrada, me sorprendió su baja estatura, pues, no sé por qué, me lo había figurado con al menos medio metro más. Antes de la lectura poética, fuimos a una tabernilla a tomar algo. Allí se nos sumó Francisco Bejarano, que había ido desde Jerez de la Frontera. “Os propongo un juego”, dijo Ory. No puedo recordar en qué consistía aquel juego, pero sí que era, como todos los suyos, de naturaleza verbal. ¿Unas adivinanzas un tanto estrambóticas? Tal vez. Como es lógico, él ganaba todas las rondas, lo que provocó la protesta de Bejarano: “¡Yo no juego más contigo, Carlos! Como las reglas te las inventas tú, siempre ganas. Se acabó”. Una vez pasado el enfado, nos reímos… y seguimos jugando.

La lectura de poemas iba a tener lugar en el salón capitular del ayuntamiento. Cuando llegamos allí, no había nadie, ni siquiera la parte contratante: el concejal. Las dimensiones monumentales de la sala, que antes fue iglesia, acentuaban el ambiente de desolación. “Esperamos un poco”, según convinimos. Al rato, apareció por allí un despistado que tomó asiento en la última hilera de bancos. Aquello nos puso optimistas: “Bueno, ya tenemos público. Podemos empezar”. Nada más subirse al estrado, Ory exclamó: “¡Qué solos vamos a estar, pero qué bien!”. (Y tan solos, sí: el único componente del público, en cuanto se percató de la naturaleza de aquel acto, se levantó y se fue).

Cuando leía sus poemas, se le enfatizaba el timbre aflautado de la voz, lo que les daba un tono teatral, como de monólogo en falsete de comedia del arte.

Unos meses después de aquello, la Junta de Andalucía organizó en mi pueblo un congreso de poetas al que asistieron, entre los que recuerdo, Fernando Quiñones, Rafael Montesinos, Ana Rossetti, Jesús Fernández Palacios, José Ramón Ripoll, Francisco Bejarano, Fernando Ortiz, Rafael de Cózar y Rafael Pérez Estrada.

Tras la lectura de poemas de Ory, Pérez Estrada, que, aparte de abogado matrimonialista y poeta era un humorista perseverante, comentó: “Ory es maravilloso. Parece una bailarina enloquecida”. Y se atrevió a parodiarle unos versos, imitándole la voz:

Un ángel femenino va y me dice: “Yo quiero ser tu novia”

pero yo le contesto: “Toma este saco de sangre seca”.

Al año siguiente, se celebró otro congreso de aquellos en Granada, ya que las instituciones públicas se ve que querían regar un poco el secarral que en materia cultural habían dejado –al menos para muchos– los años de dictadura. Suelo tener mala memoria para los detalles, pero recuerdo que, mientras estaba registrándome en la recepción del hotel Victoria, donde nos hospedaban, apareció Ory con media docena de botellas de agua de Lanjarón entre los brazos, que es algo que ni siquiera se le hubiese ocurrido a Man Ray de haber podido hacerle uno de sus retratos fantasiosos. Tratándose de Ory, podía pensarse que se trataba de algún tipo de performance pos-postista. Pero no: “¡No hay agua, no hay agua!”, se lamentaba, entre la desesperación, la incredulidad y el dramatismo. Y así era: por no sé qué avería en las conducciones, sólo había suministro en aquella zona de la ciudad durante un par de horas al día. Cada vez que te cruzabas con él, repetía la queja: “¡No hay agua, no hay agua!”. La persistencia, en fin, del secarral.

Las preferencias léxicas de una persona eran, según él, indicativas de carácter, y es posible que tuviera razón

La palabra en juego

Como apunté, Carlos Edmundo de Ory era aficionado –si no adicto– a los juegos de palabras, y no sólo en su poesía. “Vamos a hacer un juego”, proponía de repente en medio de una reunión, con su voz aguda de duendecillo afrancesado. “Que cada cual diga la palabra que más le gusta” o “¿Qué hay en una habitación vacía?”, por ejemplo. Y así hasta cansar, porque él no se cansaba de aquellos experimentos, de igual modo que en su escritura jamás desistía de retorcer el idioma común hasta llevarlo a un territorio exclusivamente suyo. Las preferencias léxicas de una persona eran, según él, un indicativo infalible de su carácter, y es posible que tuviera razón: no es lo mismo que tu palabra preferida sea “opalescente” o “lapislázuli”, pongamos por caso, que “cerrojo” o “matorral”. De ahí que un poeta salga de cuerda garcilasista o postista, gongorina o bretoniana, socialrealista o decadente, o lo que sea.

Por encima del cualquier ismo, incluso de los que él medio inventó, Ory fue un escritor oryniano, que es lo mismo que decir que fue muchas cosas a la vez –surrealista, dadaísta, postista, cesarvallejiano…– para acabar siendo él mismo. En abril de 2009, Jesús Fernández Palacios, José Ramón Ripoll y Rafael de Cózar (promotores de un grupo artístico que se llamó Marejada y que, a principios de la década de 1970, y bajo la sombra tutelar de Ory, procuraron implantar en Cádiz –en la que por entonces el gran poeta era, oficialmente, José María Pemán– una estética de transgresiónvanguardista) nos convocaron a los amigos para celebrar el 86 cumpleaños de Ory.

Se le notaba fatigado, sin aquella mirada traviesa que fue tan suya, sin sus andares pizpiretos, un tanto absorto y con muchos más kilos, ya que en los últimos tiempos, tras un ictus que padeció, le había dado por la glotonería.

En un reservado del restaurante El Terraza, en la plaza de la Catedral, jugamos, por supuesto, a las palabras. Aparte de eso, se le entregó una reproducción en cerámica del poema que su padre, el filomodernista gaditano por antonomasia, le escribió, en pleno ejercicio de videncia, a un Carlos niño:

Tú serás poeta,

poeta preclaro.

¡Serás mi obra magna

y mi mejor lauro!

Cantó Fernando Polavieja. Rafael de Cózar –que unos años más tarde moriría en el intento de salvar su biblioteca de un incendio– leyó una especie de manifiesto en un latín paródico. Llegada la hora de la tarta, todos nos quedamos en vilo: cuando el camarero se la puso delante para que el festejado soplara las velas, dábamos por hecho que Ory iba a padecer un arranque de indignación postista, consistente –como poco– en estrellar la tarta contra una ventana, al grito de: “¡No a los convencionalismos pequeñoburgueses!”, o algo tal vez peor que no acertábamos a calcular.

Un elemento llamado hidrógeno

Un elemento llamado hidrógeno

Se quedó mirando la tarta de chocolate durante más de un minuto. Reconcentrado, calibrando sin duda el simbolismo más o menos críptico de aquel dulce. Los comensales nos mirábamos unos a otros, intuyendo el estropicio. Jesús Fernández Palacios paseaba esa sonrisa suya que reserva para los acontecimientos cotidianos que acaban tomando un rumbo entre grotesco y surreal. “Como poco, va a darle un puñetazo a la tarta”, pronosticábamos todos en silencio. Pero no: Carlos sopló las velas, troceó la tarta, nos la comimos de buen grado y seguimos jugando a las palabras: “Que cada cual escriba en un papel la palabra que le da más miedo”. No recuerdo si apareció entre aquellos papeles la palabra sobrecogedora que a él le rondaba ya. Tal vez no, por obvia.

Cuando me enteré de su muerte, recordé aquel soneto suyo que venía en mi libro de texto del instituto e imaginé a Carlos, menudo, con su estampa de niño viejo, abriendo la verja de aquella casa y recorriendo sus habitaciones vacías, que, sin embargo, conforme a uno de sus juegos favoritos, podían estar llenas de cosas: una mota de polvo, el silencio, el peso de la nada, el cadáver de una araña…

En Cádiz, en la Alameda Apodaca, frente a su casa natal y junto al túmulo que aloja sus cenizas, le pusieron una estatua de bronce, en actitud de huida hacia quién sabe adónde.

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