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El cuerpo femenino en la diáspora venezolana

Policías ecuatorianos controlan una fila de emigrantes venezolanos en Rumichaca que tratan de ingresar a Ecuador.

Michelle Roche

Recorro la Gran Vía de Madrid una madrugada de septiembre cuando, a la altura de la calle Concepción Arenal, un hombre se me acerca para preguntarme si quiero pasar un rato con él. Me niego, claro, y me adelanto. Pero, de un salto, me alcanza y repite la invitación. Tiene acento colombiano. Su tono de voz ya no encierra una petición, sino una exigencia. Es como si yo hubiera hecho un trato que ahora no quiero cumplir. Me detengo para dedicarle una mirada socarrona y le digo que me deje en paz. ¿Quién se cree, para abordarme de esa manera?, remato. No tengo miedo: quedan algunos rezagados de la noche. Si esta escena hubiera ocurrido en mi país ya estaría muerta, o algo peor.

“¿Venezolana?”, pregunta. Ahora la burla está en su expresión. Comienza una perorata incomprensible y me toma del brazo. Lo miro demasiado tiempo hasta que por fin me suelto y corro. Me detengo cuando creo que no me sigue. Puedo verlo a lo lejos, batiendo el puño en el aire y me llega, como un eco, su último vocablo: miss. En ese momento entiendo el sentido de su palabrerío. Dice que en su país las venezolanas son baratas: “Hacen de todo por cualquier cosa”. Y si todas somos putas a cuenta de qué me pongo así, ni que yo fuera una miss.

Que no me encuentre bonita es lo que menos duele.

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La prostituta latinoamericana es un estereotipo de la literatura regional. Aparece en obras clásicas del Boom, como Pantaleón y las visitadoras (1973), de Mario Vargas Llosa, o La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1978), de Gabriel García Márquez; y en ambas es víctima de las desigualdades sociales. Como parte de una cultura de resabios católicos, que asocia las relaciones sexuales con la suciedad y el deshonor, ella signa la inocencia perdida desde que Mercedes Cabello de Carbonera publicó Blanca Sol en 1889. La promiscuidad solo se tomó en la narrativa como herramienta de empoderamiento un siglo más tarde, en La novia oscura, de Laura Restrepo, y Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza. En mi novela Malasangre, intento hacer glamuroso el oficio convirtiendo a una niña en vamp: el argumento se ambienta en los locos años veinte durante la siniestra dictadura del general Juan Vicente Gómez a la que Diana sobrevive por los pelos.

Víctimas o ejemplos de resiliencia, las putas literarias inspiran afecto. La realidad, sin embargo, es más compleja que la ficción.

Desde hace meses, la prensa colombiana denuncia las rencillas de las putas con su competencia venezolana por las áreas de trabajo en ciudades como Bogotá, Medellín o Cali, pues las inmigrantes cobran un promedio de cuatro dólares menos que ellas por cada servicio. El asunto es una estampa de la poliédrica crisis migratoria venezolana que desde 2015 ha obligado a 4,8 millones de personas a relocalizarse en otros países de América Latina. Colombia acoge a más de 1,6 millones; la mitad son mujeres, las tres cuartas partes de ellas son menores de 41 años y la mayoría viajan solas. El Centro de Justicia y Paz advierte que el tráfico de venezolanas se extiende particularmente en la frontera, donde operan bandas criminales y grupos guerrilleros, amparados por la impunidad. De 188 venezolanas víctimas de trata sexual que fueron rescatadas en nueve países el año pasado, 88 estaban en Colombia. Estadísticamente, si ese hombre me hubiera encontrado en una calle de Cali, yo podría ser una de ellas: desplazada, sin dinero ni instrucción, vulnerable al abuso y a la explotación de grupos paramilitares o delincuentes comunes.

No pretendo decir que las migrantes venezolanas son (somos) trabajadoras sexuales, sino que las putas son la muestra más vulnerable a la xenofobia y a la violencia. Su tragedia es que la mayoría, cuando llegan a la frontera, ya han sido abusadas en sus comunidades, por miembros de los cuerpos de policía o por traficantes. Ellas representan el grupo más vulnerable de sus 3,7 millones de compatriotas en peligro de morir de hambre o contraer enfermedades erradicadas del resto del planeta como el paludismo, la fiebre amarilla y la difteria. Si están embarazadas, el 66% está en riesgo de morir durante el parto, como resultado del deterioro de los centros de salud, según el informe Mujeres al Límite. En un emblemático hospital de Caracas, la Maternidad Concepción Palacios, se redujo la capacidad de 850 partos atendidos en 2018 a solo 425 en 2019.

Y también las embarazadas han sido denunciadas en la prensa: en su columna del 12 de junio de 2019 en El Tiempo, la periodista Claudia Palacios se quejaba de que 20.000 bebés de padres venezolanos habían nacido en Colombia desde 2017 y se preguntaba por qué esas personas “con el futuro incierto” traían hijos al mundo. Si la precariedad y la incertidumbre no evitan embarazos entre las venezolanas es porque muchos resultan de violaciones que ni las mujeres se atreven a denunciar ni la policía quiere perseguir. Tampoco la ley permite abortar, aunque muchas lo hacen: por cada cuatro partos que se atienden en hospitales hay una complicación por aborto. Ante esto, el Estado ofrece como única alternativa la esterilización quirúrgica de las mujeres. Encima, no hay anticonceptivos: la Federación Farmacéutica de Venezuela calcula en 90% la escasez de estos medicamentos. Por eso, no solo las futuras madres, sino las que temen serlo, se ven obligadas a emigrar. Y no extraña que las opiniones de Palacios inflamaran las redes sociales y algunos le recordaran la época cuando las colombianas iban a parir del lado contrario de la frontera. Aquellos eran los tiempos de la Venezuela saudita.

No solo en Colombia enfrentan los problemas de las cuantiosas cifras de la migración venezolana: Perú es el segundo país receptor y Ecuador, el tercero; les siguen Brasil, Chile, Panamá y Argentina. A mí me interesa la xenofobia colombiana porque a los amigos de la Hermana República que tengo en España los considero familia. Me refiero al episodio en Gran Vía porque desafió mi vanidad, pero también porque la prostituta de la crisis actual es la contracara de la doncella de la antigua bonanza petrolera, la Miss Venezuela. Estas princesas sin reino se coronaron siete veces en Miss Universo y seis en Miss Mundo, enardeciendo el orgullo nacional que usó sus nombres para bautizar a buques petroleros y rellenos de arepas.

Una noche, a finales de los noventa, vi a una madre afirmar por televisión que aspiraba a que su hijo fuera militar y su hija miss. Me horrorizó la constatación de que para las clases populares esos eran los oficios prestigiosos; pero lo cierto es que en todos los estratos sociales el modelo de la miss fundamentó un culto al cuerpo que rayaba lo insólito: en 2004 la revista Producto, donde yo trabajaba entonces, calculó que las mujeres gastaban el 60% de sus ingresos mensuales, cualquiera que estos fueran, en productos y tratamientos de belleza. Aún en 2018, The New York Times reportó que Venezuela tenía una de las tasas más elevadas de procedimientos cosméticos per cápita del mundo.

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Pero todo tiene su final. Ese mismo 2018, por primera vez en 66 años de historia, la organización de Miss Venezuela suspendió temporalmente el concurso debido a las acusaciones de que ofrecía mises como prepago o acompañantes sexuales para los patrocinadores, entre quienes se encontraban miembros del gabinete de Nicolás Maduro. ¿Qué diría ahora la madre de la televisión? Debo reconocer que a mí me dolió (un poquito), pues ni siquiera sobrevivió como símbolo la linda Venezuela de otrora. Comparada con la tragedia de las trabajadoras sexuales y las embarazadas del otro lado de la frontera supone una pérdida menor. Pero también se localiza en el cuerpo femenino. Si en todo el mundo la prostitución evidencia la desigualdad que mantiene al género en el lado más precario de las estructuras sociales, las baratas, las embarazadas y las prepagadas llevan a flor de piel la sórdida devastación de Venezuela, y remover el tatuaje de esas manchas tomará generaciones.

* Michelle Roche Rodríguez (Caracas, 1979) es escritora y acaba de publicar en la editorial Anagrama la novela ‘Malasangre’.Malasangre

*Este artículo está publicado en el número de marzo de tintaLibre. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.aquí

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