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Feminismo en movimiento

Ruth Zauner

¿Qué ocurriría si las amas de casa se unieran al resto de trabajadoras y organizaran una huelga de brazos caídos? Sin duda, la economía mundial temblaría y quizás la sociedad se tomaría más en serio sus reivindicaciones. la celebración este año del 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora, gira en torno a la discriminación laboral de las mujeres y a los retos de futuro del feminismo.

Como escribió la poeta norteamericana Emily Dickinson, “ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos en pie”. A lo que se pueden añadir las palabras de la activista y autora de El color púrpura, Alice Walker, “la forma más común de que la gente te entregue su poder es que crea que no lo tiene”. Si bien la toma de conciencia de la mujer a lo largo de la historia del feminismo, que arranca en la Ilustración, se puede considerar una de las revoluciones más importantes de la época contemporánea, no es menos cierto que los principales temas que estaban ya en el origen del movimiento siguen sin resolverse y a menudo son más complicados de visibilizar porque existe el espejismo de la igualdad.

Como las olas del mar, el feminismo ha pasado por diversas etapas, ha avanzado con violencia en ocasiones (contra las mujeres, pues siempre ha sido un movimiento pacifista) y ha vuelto a apaciguarse y caer en marea baja, pero no por ello ha dejado de moverse. Muchos signos, como la reciente marcha de las mujeres en Estados Unidos contra Donald Trump, demuestran que el feminismo –o los feminismos, dada su diversidad– vuelve a acercarse a la marea alta porque ni siquiera en el ámbito laboral existen motivos de alegría. Muchas menas razones para el optimismo hay después de estos años de gobiernos de la derecha más ultramontana que no ha hecho más que precarizar el empleo hasta el punto de que, como Naomi Klein en su libro No logoNo logo, algunos empiezan a hablar de nuevas formas de esclavismo. A nivel mundial y nacional, porque las mujeres alzan sus voces rompiendo fronteras.

Todo ello a pesar de las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional, organización nada sospechosa de defender los derechos de los trabajadores, que sostiene que la igualdad entre hombres y mujeres contribuiría a mejorar la economía mundial. Como señala Isabel Morant, catedrática de Historia en la Universidad de Valencia y antaño directora de la colección Feminismos de la editorial Cátedra, “la crisis ha acentuado los problemas porque agrava diferencias que no se habían resuelto”. “Además”, añade, “existe una mayor competencia en el trabajo, se exige más, y las mujeres se encuentran ante una disyuntiva porque no pueden aspirar a una vida privada, en la que cargan con la mayor responsabilidad todavía, y muchas veces renuncian. Las mujeres son llevadas a un imposible porque actualmente el sistema niega la vida privada, como niega una vida más digna”.

Así lo confirma el análisis realizado por la asociación Yo no renuncio, al señalar que el 58% de las mujeres aparca o ralentiza su carrera profesional tras tener hijos, mientras que sólo un 6% de hombres toma similar decisión. Los datos demuestran una realidad tan palmaria que es necesario recordar algunos. No es extraño que el paro sea el tema que más preocupa a los españoles en un país en el que los salarios están muy por debajo del resto de los europeos, sólo por delante de Portugal y de los países del Este. Según la última Encuesta de Población Activa, el total de parados se sitúa en 4.237.800, la tasa de paro femenino supera el 20% y la masculina el 17%, con 1.387.700 familias con todos los miembros sin trabajo.

Brecha salarial

Para entrar en detalles: según el último informe de la Secretaría de Mujer e Igualdad de CC OO sobre la brecha salarial, ésta se sitúa de media entre hombres y mujeres en un 30% (otros datos de UGT la colocan en un 23%: ya sabemos que las estadísticas nunca son objetivas, como no lo es la Historia). Las mujeres tendrían que trabajar 109 días más al año para percibir un salario equivalente al de los hombres en su mismo puesto. Algunos salarios son tan miserables (por debajo del salario mínimo interprofesional) que no garantizan que un empleo evite caer en la marginación. La pobreza tiene rostro de mujer, señala el informe: en 2014, casi dos millones de mujeres asalariadas tenían ingresos por debajo del nivel de pobreza. Destaca asimismo que las mujeres son las que más trabajan con contratos temporales y a tiempo parcial: el 75% del total. Esto influye en sus cotizaciones y, por tanto, en unas pensiones mucho más magras (según otro estudio de UGT, casi un millón y medio de mujeres subsisten con pensiones inferiores a 700 euros, cuando los hombres tienen una pensión media de casi 1.200 euros).

Los datos ponen en evidencia “la persistencia de la desvalorización del trabajo de las mujeres, que se traduce en sectores con salarios muy bajos, caracterizados por jornadas muy cortas y contratos temporales”, señala la socióloga Raquel Gómez, que pertenece a dicha secretaría. “Otros aspectos a tener en cuenta”, agrega, “son la edad y la formación. La diferencia salarial aumenta conforme aumenta la edad, en detrimento de las mujeres. La formación no es sinónimo de mejoras salariales para las mujeres. Así, los mayores niveles formativos de las mujeres no se traducen en un mayor salario”. La discriminación es evidente: una inserción laboral incompleta y discriminatoria, sin cambio sustancial en los roles de género, que continúa asignando el trabajo de la crianza a las mujeres casi exclusivamente, pues la falta de inversión en políticas públicas y los recortes de los últimos años han forzado el regreso de las mujeres al ámbito del hogar.

Se trata de una sociedad que no ha asumido la conciliación de la vida laboral y familiar, al tiempo que se mantiene la falta de corresponsabilidad de muchos hombres en las tareas de atención y cuidado. Todo ello deriva, pues, en una doble explotación de las mujeres. Un factor determinante en el aumento de la brecha salarial ha sido la destrucción de empleo público, que ofrece mejores salarios, lo que ha empujado a la población activa al sector privado, mucho más precario, con incremento de contratos temporales y jornadas parciales. Además, de forma global, las ocupaciones que cuentan con un mayor salario medio están masculinizadas.

La vicesecretaria general de UGT, Cristina Antoñanzas, afirma que “lamentablemente, tras 10 años de planes de igualdad, en general no podemos hablar de conquistas, sino de retrocesos”, pese a algunos pequeños avances parciales. Para ella, “la gestión de la crisis por parte del Gobierno del Partido Popular ha tenido consecuencias nefastas para las mujeres. Las políticas practicadas por el Ejecutivo en materia laboral las han convertido en las principales víctimas, puesto que partían de una situación de precariedad mayor”.

Por otra parte, el famoso techo de cristal o la propuesta de empoderamiento en las empresas por parte de las mujeres, impulsada desde la ONU, ha resultado ser un fiasco. De ahí que incluso aquellas que rechazaban la idea, tras comprobar los avances de Italia y Francia con la imposición de cuotas, empiecen a considerarlo la única forma de estar en pie de igualdad con los hombres a la hora de alcanzar puestos de mayor responsabilidad y poder.

La punta del iceberg

Disfrazado el lobo con la piel de oveja se lanza con fuerza al acoso y derribo de la democracia. Eso sí, todo bien envuelto en formas mucho más sibilinas, más perversas y sutiles. Hablamos de la situación laboral, pero todo está interconectado. Porque pese a que el sistema actual intente compartimentar nuestras vidas, éstas son un fluido que sale del centro de trabajo y lleva a la guardería, a la escuela, a la residencia donde está ingresado el abuelo, al hogar donde hay que afrontar la organización invisible de las tareas, la compra, las comidas cenas y desayunos, el cuidado de niños, mayores, discapacitados… Y ponte guapa, con los estilismos de moda, para que tu marido no se vaya con otra más joven, sigue los dictados de la moda, el discurso de las “triunfadoras”.

Pero sobre todo, sé una madre perfecta. Y al frente, en su mayoría, están ellas, que dedican de promedio dos horas más al día que ellos a las tareas del hogar. O sea, el trabajo como elemento vertebrador porque procura el sustento. La vida es otra cosa. Todo está interrelacionado. Porque si no hay guarderías gratuitas y para niños hasta los tres años, ¿quién los cuida mientras las mujeres acuden a sus centros de trabajo?

Compartimentar es lo que el poder pretende. La vida fluye como un río. Y la mujer se ha cansado de ser una superwoman. Del feminismo de la igualdad de derechos y el sufragismo de la primera oleada se pasó a la reivindicación de otras formas de vivir y a la necesidad de sacar del ámbito privado la problemática de las mujeres. Cuestionar con espíritu crítico todo nuestro sistema actual de valores tiene un precio y las feministas lo pagaron. Pero consiguieron el sufragio para descubrir que no era suficiente. Llegó después la segunda oleada, con Simone de Beauvoir, para señalar que “la mujer no nace, sino que se hace”.

Luego vino la tercera oleada, que se plasma en un feminismo mucho más atomizado, reflejo de una sociedad más compleja y polifacética: el ciberfeminismo, el ecofeminismo, un mundo global en el que la visión occidental deja de ser la mirada dominante con el derecho a la identidad de cada cultura... Todos estos cambios resultan evidentes en las formas que manifiestan las más jóvenes. Como June Fernández, promotora de Píkara, una fresca y vital publicación digital violeta, que defiende que “la alegría es más revolucionaria que el cabreo en el mundo” pero también que “nadie es neutral en un tren en marcha”.

Tras seis años empujando el proyecto y la reivindicación de la diversidad cultural, sexual y lingüística, esta periodista vasca explica que las preocupaciones más comunes en su publicación surgen de lo individual y los temas que más interesan son los relacionados con la violencia sexual, las relaciones de pareja, el poliamor, así como el acoso machista en la vida cotidiana “que minan nuestra autoestima y nos alejan del club de los que cortan el bacalao”.

Se trata, según ella, de una represión simbólica y muy sutil, que lleva a cuestionar asimismo el amor romántico, “porque en nuestras familias era muy importante que estudiáramos, pero también que fuéramos emocionalmente dependientes”. También desde la frescura de una juventud desacomplejada hablan voces como la de Barbijaputa, irónica y nada correcta políticamente, o Sangre Fucsia, un fanzine sonoro de Ágora Sol Radio, por poner un ejemplo.

La maternidad figura como otro gran tema que se cuestiona radicalmente cuando las ofensivas reaccionarias se tiñen de consejos sobre la crianza. Un libro como el de Carolina del Olmo, autora de ¿Dónde está mi tribu? (editorial Clave Intelectual), señala que la maternidad es social y hace falta una perspectiva que tenga en cuenta todo el marco y que no psicologice ni biologice la cuestión, culpabilizando y encerrando a la mujer en el hogar. O Solterona (Malpaso), de Kate Bolick, una obra combativa pero llena de humor que defiende que las mujeres solas tienen la oportunidad de descubrir su propio potencial y crecer sin necesidad de ampararse en la pareja romántica ni en la familia.

Y eso enlaza directamente con un gran conflicto todavía no resuelto desde que Rousseau lo planteara: la diferencia entre el ámbito privado y el público. Precisamente ahí se ha lanzado a muerte la campaña de rearme moral, ideológico y político de la derecha ultraliberal, cuyo máximo exponente es el “demente” Donald Trump, tal como lo califican reconocidos psiquiatras estadounidenses en un informe, recién estrenado presidente de Estados Unidos. Un rearme que pasa por ahondar en la propaganda del amor romántico y que genera un discurso tranquilizador “que habla de la naturaleza, los afectos la familia… intentando construir una nueva mística de la maternidad”, afirma Isabel Morant. Se trata de un discurso que se centra en aspectos biológicos y subraya la “naturaleza de lo femenino” y arremete contra la asunción por parte de los poderes públicos de responsabilidades relacionadas con la conciliación y la corresponsabilidad.

Esa política, en un momento de una revolución digital y de profundos cambios sociales que empujan cada vez a a más trabajadores a la marginación, quiere apartar a la mujer del espacio público, aislarla, culpabilizarla por no ser una buena madre. Desde esa perversión, surge el micromachismo, mucho más efectivo que el insulto de brocha gorda, o aparecen los ataques de los machitroles y ultraconservadores en Internet. Así que de nuevo hay que citar a una clásica como Simone de Beauvoir cuando resalta que “el opresor no sería tan fuerte si no tuviera cómplices entre los propios oprimidos”, que es el comentario habitual entre muchos hombres cuando señalan que son las mujeres las primeras en defender un discurso patriarcal, “porque son las madres las que educan a los hijos”.

Todo ello conduce a lo que una artista tan clarividente como Frida Kahlo expresó con tanto acierto: “Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior”. ¿O no nos suena a todas? “Sé la protagonista de tu propia existencia. Tú eres lo que quieras ser, todo está en tus pensamientos y en tener una actitud optimista ante la vida…”. Si no lo ves claro, busca a una coach, que te ayudará en tu camino único y singular para ser el más preciado objeto de deseo.

Frente a este panorama, tan sólo esbozado, no cabe más que señalar que a los viejos retos de la historia del feminismo se suman los nuevos y la lista crece. Son demasiados frentes: la explotación y los abusos sexuales, la violencia de género, la educación por la igualdad, el derecho a vivir las relaciones desde otra perspectiva: parejas de mujeres con niños, parejas sin hijos, transexuales, adopciones… La conciliación y la corresponsabilidad. Por no hablar de los estereotipos sexistas en la publicidad, el cine, la prensa...: un chiste.

June Fernández recuerda que “las feministas siempre han señalado que la consecución de derechos no es lineal, así que hay que defenderlos y darles un carácter de transversalidad porque el feminismo es una mirada y tenemos algo que decir en todos los problemas sociales”. La historiadora Isabel Morant va más lejos y resalta que “las políticas sectoriales de igualdad deben contextualizarse en políticas sociales y económicas generales”. Pero además, con el optimismo de que las mujeres no se dejarán robar tan fácilmente lo que han conquistado, es imprescindible articular un nuevo discurso del feminismo que no se ancle, permeando mucho más a la sociedad, “porque ahora sabemos que los modelos de emancipación que existen son importantes” y hay que construir argumentos sólidos para derribar el tsunami mundial de la extrema derecha. Una preocupación que está sacando a las mujeres a la calle, interpelando a toda la sociedad desde el feminismo. Con caras tan populares como las de actrices consagradas (Meryl Streep, Susan Sarandon, Kate Blanchet...). O movimientos tan radicales como el de Femen, convencidas de que, en un mundo en el que todo es espectáculo, sólo la provocación atrae interés. Porque al final, como gritan a pecho descubierto frente a una violencia política, institucional y empresarial avasalladoras: “Mi cuerpo es mi arma”.

 

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