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La generación cangrejo

Manifestación de Juventud sin Futuro en Madrid.

Mi generación llegó al periodismo en los estertores del franquismo. No existían los becarios, ni los teléfonos móviles ni Internet. Las prácticas eran escasas y sólo en verano. Lo normal era trabajar sin cobrar. Mi primera colaboración con la agencia Pyresa, del entramado de medios del régimen anterior, fue una entrevista a Antonio Gala. Era el año 1975, tenía 20 años. Me pagaron 200 pesetas (poco más de un euro). No me planteé preguntas incómodas: ¿cómo me voy a independizar con estas cantidades? Con el dictador enfermo, y al mando, la tendencia era vivir al día. No mejoró la situación demasiado en los tres años siguientes, pero tenía un horizonte, la seguridad de la existencia de una escalera por la que se podía subir y mejorar. Con la excusa de la crisis de 2008, esa escalera ha desaparecido para los menores de 35 años, los millennials. Ahora solamente hay un rellano que parece no tener fin. Ya no se sube, se sobrevive. No parece que el muy anunciado (varias veces) final de la crisis económica vaya a cambiar nada.

Los más afortunados logran un contrato temporal por 16.500 euros brutos al año de media: menos de 1.000 euros netos al mes por 14 pagas. No diga que exagero: las estadísticas oficiales son siempre más optimistas que la realidad. La percepción es que estas condiciones no van a mejorar, el salario actual se mantendrá durante años sin mejoras significativas.

Los efectos sociales del robo de la escalera son catastróficos: el 76% de los jóvenes situados entre 24 y 29 años no tiene posibilidades de emanciparse. Salir de la casa familiar representa el arranque de la vida adulta: encontrar pareja, tener o no hijos, viajar, ahorrar y prepararse para la jubilación. La edad de emancipación en España se ha retrasado seis años desde 2008. Aquí, los jóvenes se van de casa a los 29,4 años frente a los 26,1 de la media europea. Las mujeres españolas se independizan antes (28,3) frente a la tardanza de los varones (30,4). Los suecos son los más tempraneros, abandonan el hogar a los 19,7 años. Siguen finlandeses y daneses con 21. Los más remolones son los eslovacos, búlgaros y griegos. Si los millennials lo tienen difícil, peor están los centennials, los menores de 18 años. Entre ambos suman 4.000 millones de personas en un planeta con 7.443 millones de habitantes. En 2020, cerca del 60% de la fuerza laboral tendrá menos de 35 años, escribe Joaquín Estefanía en su último libro Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto? (Planeta).

“Los millennials recuerdan los buenos tiempos, cuando se iban de vacaciones y los padres aún podían endeudarse. Mantienen la esperanza de que esos tiempos volverán de alguna manera cuando pase la crisis. Los centennials sólo han vivido la crisis. Son nihilistas. No buscan empleo porque saben que no hay. No estudian porque las matriculas son muy caras y han recortado las becas. Para ellos su umbral de esperanza es llegar a la noche”, asegura Estefanía.

Pérdida de calidad de vida

“La percepción es que los jóvenes van a vivir peor que sus padres, pero aún no estamos seguros de que así sea”, afirma el politólogo Pablo Simón. “Según una encuesta de Ipsos, somos el segundo país de la UE que tiene más arraigada esa percepción. Lo sienten el 51% de los jóvenes. Hay dos efectos al mismo tiempo, el ciclo vital -se empieza con un estatus que va mejorando con la edad- y el efecto generacional. Cada generación está marcada de por vida por eventos. En España está claro: los ganadores y perdedores de la Guerra Civil, el franquismo. La base económica se transformó en los años sesenta y setenta. Pasó a ser industrial y de servicios, hubo una gran demanda de trabajadores que no siempre eran los más cualificados. Pasaron de ser agricultores a trabajar en empresas. Se produjo una migración del campo a la ciudad que permitió un salto en la calidad de vida de esa generación. Hoy las transformaciones no resultan tan enormes y la distancia entre una generación y otra no es tan grande. Antes, el salto era desde el analfabetismo; ahora, la movilidad social es más reducida”.

“No tengo la sensación de haber entrado en una crisis. La generación de mis padres, sí. Para ellos, el cambio ha sido muy grande”, afirma Oriol Rovira, 33 años, nacido en 1984, el año de la novela de George Orwell. “No sé si tengo esperanza en el futuro [lo piensa unos segundos]. No, no tengo esperanza. No creo que las cosas vayan a mejorar. Irán igual o empeorarán”.

“De mis amigos han hecho carrera los que han estudiado lo que debían. Los que han sacado buenas notas, han conseguido sus becas, sus Erasmus. Hoy son informáticos, trabajan en empresas con buenos sueldos”, explica Oriol. “Mis padres me inculcaron la vocación, la importancia de hacer lo que quieres hacer. Soy un desastre, pero soy feliz. Ocupo mi tiempo en lo que me gusta, el cine, pero incluye una renuncia al poder adquisitivo”.

Para el padre de Oriol, el periodista Bru Rovira (1955), es importante no olvidar el contexto histórico español: “No tenemos una estabilidad que se haya mantenido durante tres generaciones. Pasamos del alquiler a la compra, y de la compra al estallido de la burbuja inmobiliaria. La generación de nuestros padres vivió la Guerra Civil, se educó en colegios religiosos con separación de sexos, estaba peor preparada. La Transición generó momentos de euforia. El despertar de esa euforia ha generado una depresión. Aquí pasamos con facilidad de la euforia al desencanto. España tiene una difícil relación con la realidad”.

Paula es una centennial. Tiene 17 años, empieza segundo de Bachillerato. Es una alumna brillante, habituada a los dieces. “Tendré que irme fuera de España. Sé que el paro juvenil es muy alto, y que los que tienen trabajo cobran poco. No les da ni para cubrir la matrícula si quieren seguir estudiando. Lo sé por amigos que están en esa situación. O sales fuera o dependes de la ayuda familiar. La situación está mal para todos. Somos una generación muy preparada a la que no se nos tiene en cuenta”.

“La evaluación general sobre oportunidades, accesos, es diferente en cada país. El cambio de expectativas y la previsión de ingresos es grande, y en España es especialmente acusada”, dice José Fernández Albertos, doctor en Ciencia Política por la Universidad de Harvard. “España ha tenido un acceso tardío a la modernidad. Esto ha beneficiado a la generación que está ahora cerca de la jubilación. Tuvieron la oportunidad de una gran mejora personal en un país que dio un gran salto. En otros países, ese salto fue anterior, por eso no es tanta la brecha generacional actual”.

La crisis afecta especialmente a las mujeres, que ya partían de una situación de desigualdad salarial, un 24% menos que los hombres por el mismo trabajo, según los datos del Instituto de la Mujer. “Hay más paro, más precariedad y temporalidad entre las mujeres pese a que su nivel formativo es superior”, asegura María Eugenia Rodríguez Palop, profesora de Filosofía del Derecho en la Universidad Carlos III e Investigadora en el Instituto de Estudios de Género. “El impacto ha sido mayor en el sector femenino, pese a que la crisis ha arrasado el sector de la construcción, por lo que tendría que haber afectado más a las hombres que a las mujeres. (…) Cuando estas mujeres con trabajos precarios lleguen a la jubilación tendrán pensiones más bajas porque habrán cotizado muchísimo menos. Esas mujeres, que están viviendo peor que sus madres, también van vivir peor cuando sean abuelas”.

“Es la primera generación a la que le pasa esto desde la Segunda Guerra Mundial. Los perdedores de la Gran Recesión han sido los jóvenes menores de 29 años y los mayores de 45. Por primera vez en mucho tiempo se encuentran peor que los padres, al menos en Europa. No me atrevería a decir que es igual en EE UU”, asegura Estefanía. “Son los ni-nis los que han hecho trizas el bipartidismo europeo. Unos han votado opciones de extrema derecha. Es curioso que esto suceda sobre todo en los países nórdicos. Y otros a opciones de extrema izquierda, sobre todo en Portugal, España, Grecia e Italia, aunque no sé cómo calificar al Movimiento 5 Estrellas”.

“No creen en los partidos tradicionales, sean de derecha o de izquierda. No sabemos si es un accidente o una tendencia. Si fuera una tendencia sería más grave. De lo que estoy seguro es de que la mayor parte de los recortes no se van a revertir. La recuperación económica no cambia la precarización y los empleos basura: trabajos de siete días por 600 euros al mes”, dice el autor del libro Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?

Los millennials y los centennials rechazan el estatus quo y los partidos tradicionales. En el caso de España, los afectados son PP y PSOE, que se han turnado en el ejercicio del poder desde 1982. El hundimiento del bipartidismo tiene mucho que ver con el acceso al voto de los jóvenes. “Existe una fractura política evidente. Sólo el 25% de los menores de 35 años vota a los viejos partidos. Hay una brecha entre esos partidos y la nueva política. No sabemos si es coyuntural o estructural. La carga de la prueba está en los nuevos partidos [Podemos y Ciudadanos]. Será difícil que esos jóvenes regresen a los partidos tradicionales. Antes optarían por la abstención”, dice el politólogo Pablo Simón.

“Pasaba antes en Cataluña, los hijos eran más independentistas que los padres, pero ahora es más transversal. Los jóvenes suelen estar contra el estatus quo. En Quebec eran muy independentistas. Pero el proceso de los dos referendos generó tanto hastío que los jóvenes que vienen detrás son más unionistas”, añade.

Un mundo que ya no existe

“Vengo de una familia humilde, tuve un fácil acceso a la élite del mercado laboral como periodista. No había tantos filtros. Podías entrar a trabajar sin estar formado. Existía un aprendizaje. Era un mundo laboral más acogedor, más humano. Nos permitía emanciparnos, trabajar, alquilar una casa. Hoy los jóvenes se preparan mucho más, necesitan 40.000 títulos para empezar a trabajar en un mundo laboral que carece de compasión. Se han preparado para un mundo que ya no existe, porque ahora priman los esclavos. Han desaparecido los valores del esfuerzo, el hacer bien las cosas, la responsabilidad”, asegura Bru Rovira.

“Nuestro Estado del bienestar, que es muy pequeño comparado con otros, protege a las clases medias, las atiende bien. No hay ayudas para los jóvenes ni para las familias en comparación con otros países europeos. (…) La precariedad no era tan elevada. En los noventa, la temporalidad era baja por encima de los 50 años. La temporalidad se ha extendido en el tiempo, la sucesión de contratos temporales puede durar décadas, algo que afecta a las expectativas vitales y a los tipos de jubilación. En los tiempos de la burbuja inmobiliaria, las hipotecas eran fáciles de conseguir, las ciudades se extendían. Era un contexto que facilitaba esa cosmovisión. La crisis lo quiebra todo”, dice Fernández Albertos.

“La crisis afectó el nivel salarial de las familias que viven de la pensión de los abuelos y abuelas. Y son fundamentalmente las abuelas las que se están ocupando de la crianza de los nietos. Sus padres no tienen dinero para pagar guarderías o canguros. Los servicios sociales han sido desmantelados en buena parte. Hasta los tres años los niños tienen que ser criados por sus madres o abuelas, Las guarderías no están cubiertas y son caras”, asegura Rodríguez Palop.

Julia es millennialmillennial, tiene 30 años. Ha estudiado Magisterio, Educación Infantil, Inglés, Turismo e Integración social, pero no se puede permitir un apartamento. Vive en un piso compartido con varias amigas de la misma edad. “Aunque estamos más preparados que la generación de mis padres, tenemos menos oportunidades. Antes la vida era más dura políticamente. Ahora tenemos más acceso a los estudios y la cultura, pero al mismo tiempo no tenemos trabajo ni ningún tipo de seguridad. Sólo trabajos precarios. Los empresarios y los que nos gobiernan nos quieren tener ahí, aburridos y cogidos por las hipotecas”. “La gente está bastante cansada del bipartidismo, pero al mismo tiempo hay muchos jóvenes que no se atreven a votar a los partidos nuevos, como Podemos y Ciudadanos, o no se los terminan de creer. Hay mucha gente que trabaja en el extranjero y no tiene ninguna facilidad para votar. (…) Me gustaría pensar que algo vamos a recuperar, pero por lo que veo, lo dudo”, añade Julia.

“Antes sabíamos que estudiar te permitía conseguir un trabajo, después mejorar el puesto, comprar una vivienda, casarte y jubilarte. Se ha roto cada parte de esa secuencia. Cerca de 700.000 jóvenes se han ido de España”, dice Estefanía. “Hay un gran pesimismo, muchos querrían volver, pero es misión imposible. Es la generación del cangrejo”.

*Ramón Lobo es periodista. Este artículo está publicado en el número de septiembre de Ramón LobotintaLibre, a la venta en quioscos o a través de la App. Puedes consultar la revista completa haciendo clic aquí. aquí

 

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