De la ignorancia a la ecoansiedad

Vista aérea de los efectos del calentamiento en una zona de glaciares en deshielo de la costa Groenlandia durante el pasado verano.

Hay tiempos en que no pasa nada y de repente pasa todo. Esto es lo que ha ocurrido con la crisis climática en esta década. Mientras infoLibre y tintaLibre nacían y crecían haciendo preguntas incómodas, el planeta se seguía calentando como habían advertido ya buena parte de los mejores científicos dedicados a observar el globo, que no ignoraban que esta década sería decisiva.

Las evidencias: los signos de la crisis se han amontonado

Sin ir más lejos, el último año, y sin salir de España, en junio, julio y agosto, las olas de calor se han extendido durante 42 días –siete veces más que el promedio calculado entre 1980 y 2010–, la superficie quemada por incendios llamados “de sexta generación”, relacionados con el cambio climático, superaba ya a mediados de agosto la suma de la calcinada en los cuatro años anteriores juntos, la sequía ha desecado humedales, vaciado acuíferos, arruinado cosechas y dejado a poblaciones sin agua para beber siquiera. Ecosistemas especialmente sensibles como el Mar Menor o Doñana han gritado que no aguantan más. No es casualidad que en cada informe del IPCC, elaborado y revisado por centenares de expertos en las materias que tienen que ver con el calentamiento, se haya dicho de forma más clara –en el último ya, rotunda–, que vivimos en una crisis climática provocada por el modelo de desarrollo. En el último, publicado en 2022, ya afirma como algo “inequívoco” que la humanidad “ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra”, provocando “cambios generalizados y rápidos” en el planeta. Los negacionistas, incapaces de negar la evidencia, adoptan como sucedáneo el “retardismo”. La constatación del fenómeno que vivimos se proyecta sobre el futuro: El PNUMA ha mostrado cómo, si no se intensifican los esfuerzos de reducción de emisiones, a final de siglo la temperatura media habrá subido más de 2,5ºC, muy lejos de los 2º establecidos como objetivo y todavía más del 1,5º planteado como deseable. Esta ha sido, por tanto, la década de las evidencias y de su asunción por parte de la ciencia.

Las consecuencias: apenas intuimos lo alargada que es su sombra

En esta década hemos comprobado cómo se multiplican los fenómenos meteorológicos extremos, que se extienden a lo largo y ancho del planeta. De ahí se empezó a intuir que esto del clima no tenía tanto que ver con la resiliencia del planeta –que la tiene y es notable–, sino con la vulnerabilidad de los seres vivos, y de unos más que otros. No se resiste igual una inundación o una sequía en la rica Europa que en el asfixiado cuerno de África. Lo que aquí son pérdidas económicas y peleas con los seguros, allí son millones de vidas humanas arrebatadas. La salud se ha convertido en el centro de las atenciones: The Lancet Countdown, un estudio elaborado durante seis años por un prestigioso grupo de especialistas internacionales, alerta de que el calentamiento global agrava dolencias cardiovasculares y respiratorias y aumenta la mortalidad, los problemas mentales y la inseguridad alimentaria. Mención aparte merecen las muertes relacionadas con la exposición a la contaminación atmosférica, que en 2020 fueron 1,3 millones, 117.000 en Europa. A la vista de estos datos, el secretario general de Naciones Unidas ha sido cada vez más contundente en sus declaraciones, llegando a exclamar que “La crisis climática nos está matando”.

Quienes calculan las consecuencias económicas de la crisis están empezando también a tomar conciencia de la dimensión del desafío. Pérdida de cosechas, reducciones de pesca, cambios en los patrones ganaderos y agrícolas, catástrofes provocadas por fenómenos extremos, incremento de gasto sanitario, e incluso un replanteamiento del calendario escolar. Nada escapa a la crisis climática y todo tiene un enorme impacto en la economía, con otro agravante: el aumento de la desigualdad. El cambio climático nos empobrece a todos, pero a unos más que a otros.

La transición: regulación, inversión y tecnología apuntando en la misma dirección

En diciembre de 2019, Ursula von der Leyen, recién elegida presidenta de la Comisión Europea, acudió a la Cumbre del Clima que se celebraba en Madrid para anunciar el Pacto Verde Europeo. Subrayaba entonces la presidenta que el llamado European Green New Deal no era la política ambiental europea, ni el desarrollo de nuevos planteamientos energéticos. Se trataba, nada menos, que del modelo de desarrollo de una Europa que, escuchando a la ciencia, entendía que el único futuro posible pasaba por acelerar la transición ecológica. Tres meses después llegó la pandemia, el mundo se paralizó y Europa presentó como respuesta un plan de modernización económica basado en dos grandes ejes: la digitalización y la transición ecológica. Un año más tarde, en 2021, Larry Fink, CEO de Blackrock, uno de los mayores inversores institucionales del mundo, advertía que las inversiones en la “economía marrón” –fundamentalmente en combustibles fósiles–, debían ser abandonadas por el riesgo financiero que portaban, al tiempo que afirmaba en una carta a los inversores que la transición energética es “una oportunidad de inversión histórica”.

Apoyo político e inversión es sinónimo de desarrollo tecnológico. A esto hay que unir una cada vez más creciente conciencia ciudadana, con especial protagonismo de los jóvenes. Tanto es así, que incluso ha aparecido el fenómeno de la “ecoansiedad”, entendido como el conjunto de emociones que suman la tristeza, la depresión, el miedo o la impotencia, generadas por el daño medioambiental producido por el cambio climático y las consecuencias que puede acarrear. Esta ha sido, también, la década del comienzo de la transición.

Las contradicciones: nadie dijo que fuera fácil ni que el camino sería recto

Desde que Von der Leyen presentó el Pacto Verde Europeo el mundo ha sufrido cambios importantes. Una pandemia nos recordó que nuestra salud depende de la biosfera, que hemos construido un mundo interdependiente y que en la sociedad del conocimiento, pese a los avances, ni siquiera sabemos todo lo que no sabemos. Cuando comenzábamos a ver la luz, la guerra estalló a las puertas de Europa Occidental y puso a Europa frente al espejo. Reveló hasta qué punto el bienestar y crecimiento europeo se habían basado en energía “barata”, fósil y procedente de Rusia. Se entendió entonces que se estaban pagando dos facturas: la climática, en vidas humanas, pobreza y desigualdad; y la geopolítica que provoca la dependencia de un país como Rusia.

En ese momento, ante el riesgo de suministro, Europa se planteó un trilema: hacer frente a la inflación, sustituir el gas ruso y mantener los objetivos de descarbonización. ¿Eran compatibles estos tres factores?

Para conseguir el primer objetivo se pusieron en marcha medidas como la subvención a los combustibles, gasolina y gasoil. Ayudó a contener la inflación y los consumidores lo agradecieron, pero, ¿no era esto contrario a los objetivos de descarbonización? En efecto, la medida fue polémica y pasados unos meses casi todos los Estados la fueron retirando.

Ante la posibilidad de que se rompiera la garantía de suministro, Europa se puso de inmediato a buscar otros proveedores, fundamentalmente de gas. Pero, ¿no había que ir sustituyendo el gas, como combustible fósil que es? Mientras, se intentan impulsar las renovables, no sin polémica, y abundan los arrepentimientos. ¿Por qué no lo hicimos antes? Como es posible que no se llegue a tiempo, la solución es un acelerado retorno al pasado que lleva a que países como Alemania, incluso con los Verdes en el Ejecutivo, vuelvan a quemar carbón. En el horizonte, nuevos proyectos como un conducto para transportar el hidrógeno verde y la polémica sobre una vuelta a la energía nuclear. Europa, presa de sus contradicciones.

No queda otra: mantener el rumbo y pasar de las musas al teatro

Esta ha sido, sin duda, la década de las evidencias de la crisis climática y de la necesidad de acometer una auténtica transición ecológica. Un cambio de profundidad en un momento de enorme incertidumbre, donde desde la globalización hasta el pacto social que ha sostenido a Occidente desde la Segunda Guerra Mundial se están tambaleando.

El rey desnudo

El rey desnudo

Durante estos diez años, algo que apenas era motivo de preocupación en la sociedad ha pasado a ser el principal desafío que tiene la humanidad, llegando a generar eso que ahora llamamos ecoansiedad. Un sentimiento que en buena parte de la población, sobre todo entre los jóvenes, provoca miedo y parálisis. De ahí la importancia de pasar, con sentido de urgencia y ambición, a poner manos a la obra. Del terreno de lo políticamente correcto al de la puesta en marcha de políticas concretas, asumiendo las contradicciones que surjan por el camino, que no serán pocas. Se está viendo con la instalación de parques de energía eólica y solar, que necesitan de un acuerdo con el territorio para su puesta en marcha. Apenas empezamos a ser conscientes de la profundidad de los cambios por llegar.

Cuando infoLibre y tintaLibre cumplan 20 años, haremos balance de todo lo que se ha transformado. Si en esta década hemos pasado de la ignorancia a la ecoansiedad, la próxima hemos de pasar de las musas al teatro.

*Cristina Monge (Zaragoza, 1975) es socióloga y politóloga especializada en emergencia climática.

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