A un lado de la puerta hay un letrero con el logotipo de una marca de cerveza extinta lustros antes de que yo naciera; al otro, un panel de corcho con variadas convocatorias de la comarca: excursiones de la asociación de vecinos —que, en diciembre, nunca perdona una a Vigo, a ver las navidades espídicas de Abel Caballero—, programas de fiestas de los pueblos de la contorna, horarios del bibliobús, reclamos de actividades de la Diputación, de charlas sobre asuntos agrarios o cursillos de primeros auxilios de la Cruz Roja en la sala de usos múltiples del Ayuntamiento, o anuncios privados de esos con flecos para arrancar, del tipo de profesionales que hacen el agosto en aldeas como esta: veterinarios rurales, deshollinadores, mecánicos de tractores.
Dentro del bar, huele a las castañas que asa una vetusta salamandra y que Cloti y Maruja ponen luego de tapa, junto a un jarrito de barro con las mejores sopas de ajo que has probado en tu vida. Todo es cálido en este bar de mesas de formica y paredes recubiertas de listones de madera, de las que cuelgan fotos antiguas del pueblo, un mapa de la provincia, un dibujo enmarcado de un Citroën Doscaballos, un escudo del Madrid de punto de cruz y un par de imágenes de cacerías, donde se ve a los hombres del pueblo posando detrás de una fila de ajusticiados jabalíes. En los estantes tras la barra, un ciento de botellas deja unos pocos huecos a un toro de Osborne, un souvenir egipcio, la vajilla de una queimada y uno de esos azulejos que deben de datar de cuando Espartero era corneta y que dicen “hoy no se fía, mañana sí”. Los baños están fuera, en una caseta aparte en la que me gusta la anacrónica sencillez de los dibujitos que indican la puerta de los varones y la de las señoras. Nada de ocurrencias conceptuales ni de acertijos hípsters: el hombre es un caballero con chistera; la mujer, una dama de falda afaralada.
Cloti y Maruja tienen poco trabajo entre semana, cuando el bar recuerda al de Moe de Los Simpson: media docena de parroquianos acodados en la barra, invitándose a mutuas rondas y pimplándose en sincronía. El bar se vuelve en cambio agobiante los fines de semana y sobre todo los puentes y sobre todo en verano, cuando las dos hermanas se vuelven cuatro, porque vienen a ayudarlas las dos que tienen en A Coruña, para que la taberna pueda digerir a toda la marabunta que la llena de un griterío políglota: tarifan en castellano y en catalán, en euskera y en asturiano, en gallego y hasta en francés. Son hijos y nietos de la España peregrina del franquismo, o son los ahora ancianos y entonces jóvenes que huyeron a los polos industriales como insectos fotosensibles hacia un farol fastuoso, fulgente de promesas de libertad y prosperidad. Aquí la gente se fue, sobre todo, a Barcelona. Todo el mundo aquí tiene familia allí, nació allí o vivió allí un tiempo. Los más viejos, cuando hablan de Barcelona, dicen Pueblo Nuevo, dicen Pueblo Seco, dicen plaza de San Jaime, pero son del Barça y vivieron el procés con zozobra y desconcierto, mas un desconcierto amable, sin echar sapos ni culebras, tratando de entender y no entendiendo, pero sin derivar en ira españolista.
Los que nunca se sumaron al éxodo rural fueron carne de cuatro tajos: un cercano cuartel de artillería, la Guardia Civil, la agricultura los menos y una azacanada vida de jornaleros forestales o de lo que surgiera, los más: hombres de cincuenta que parecieran tener setenta u ochenta, con la espalda desecha de décadas de talar pinos o peonar en la construcción en condiciones esclavistas; contrahechos señores Cayo prejubilados que saben hacer de todo y no saben no hacer nada, y a veces llaman al timbre y aparecen con un caldero desbordante de moras y las manos abrasadas de raspones, o con una bolsa de boletus por la que uno pagaría algunos cientos de euros en una tienda gourmet de la ciudad.
A veces se viven escenas como de El pueblo o cualquiera de esas comedias televisuales en las que los buenos salvajes del agro conviven y chocan con neuróticos urbanitas. La pareja de lesbianas catalanas veganas que viene en verano y abronca a la tía Reme por darle chorizo al pequeño Gael en la comilona colectiva de las fiestas. Los personajes valleinclanescos y sin embargo reales: el burlón e inquietante Poldo, siempre vestido todo de negro, que vive solo con tres gatos en una casa de ladrillos sin encalar, que te mira fijamente cuando pasas y te gasta una broma incomprensible a la que respondes con una sonrisa nerviosa y apresurada, y que en el bar, de pronto, cuando todos están callados, se pone a recitar desde su esquina el reglamento completo de los Regulares de Ceuta.
Los tipos ideales, los personajes planos de guiñol, existen, pero lo más frecuente es encontrarse con seres humanos imposibles de encastrar en los estrechos moldes de la caricatura. He ahí a Eulogio, obeso cazador de camisa abierta y rosario, que echa pestes de los animalistas, pero aún no ha levantado cabeza, desconsolado sigue, por la muerte de la perrita de casa, a la que adoraba con devoción antiespecista, y por la que lo he visto llorar. Y nunca ha dejado de votar a Izquierda Unida, opción política en la que coincide con Ángel, el carpintero, lector voraz, de vasta cultura autodidacta. O he ahí a Elías Cagondiós, desaliñado y brutote, sonrojantemente racista con los senegaleses que trabajan en los invernaderos y explotaciones forestales de la zona, y de quien tardé en enterarme de que era profesor de Aeronáutica en la universidad regional. Él tampoco ha dejado de votar a la izquierda, y enrojece de ira cada vez que escucha a alguien ensalzar la memoria del general franquista a quien se le quitó hace un par de años la calle del pueblo que lo homenajeaba: “ese hijo de puta al que tanto cariño le tenéis en este puto pueblo se hinchó a fusilar a gente en la tapia del cementerio”, les recuerda. He ahí, en fin, a la antedicha Reme, cristiana devota, de misa diaria, pero pelo teñido color azul pitufo, como el de Lucia Bosé. Que no es que sea pecado ni vaya a ninguna parte, pero no es la vieja beata rural de la caricatura, de la misma forma que Rosendo no es el caricaturesco Ovejas de la serie. El bigotudo Rosendo, de unos cincuenta años, es pastor y es un borrachín a quien nunca entiendo cuando habla, porque tiene un acento muy cerrado, una dicción farfullante y, además, nunca lo he visto con menos de cuatro o cinco cubatas entre pecho y espalda. Rosendo que empieza a trastabillar en la barra, Rosendo que mira el móvil y se parte de risa, Rosendo que está viendo un vídeo porno y luego nos lo enseña a los demás, y se parte de risa, pero a quien se le demuda el gesto de pronto, deja de trastabillar, frunce el ceño: ha visto algo que le preocupa en la app con la que geolocaliza a las ovejas.
Cierta apostolesa de la neorruralidad ensalzaba en una ocasión, cual una Nieves Conde moderna en un Surcos de hoy, la vida saludable de los pueblos, frente al vicio y la concupiscencia que imperan en la ciudad. En los pueblos la gente no se droga, decía. La vida allí, decía, es más sencilla y tranquila, y la gente no tiene la necesidad de drogarse para seguir pudiendo correr a toda velocidad en la rueda de hámster del capitalismo neoliberal. En Twitter, la gente empezó a reírse y a contarle que en su pueblo se droga hasta el apuntador, o casi. Exactamente igual que en la ciudad. No más, pero no menos. ¿Tiene el binarismo ciudad/campo, todavía, algún sentido que no sea el meramente paisajístico? ¿Tiene algún sentido sociopolítico: la ciudad progresista, el campo conservador y pasto, ahora, de la expansión de la ultraderecha? Si pienso en este pueblo, si la diversidad de este pueblo es representativa del resto de los pueblos, no parece tenerlo. Aquí hay gente de izquierdas y de derechas, de ultraizquierda y de ultraderecha. La junta vecinal la lleva Vox, el municipio el PP; y la comarca (rural toda ella: ninguno de sus pueblos tiene más de doscientos habitantes), el PSOE. También hay gente religiosa y atea, machista y feminista, sensible y bruta, culta y aventada. Y todos tienen smartphone y a través de él wasapean, telegramean, juegan al Candy Crush, ven vídeos porno o recetas vegetarianas, leen El País o tres docenas de bulos. Internet nos ha refundido a todos. Él es la ciudad o la aldea en la que vivimos todos.
Lo que no es ninguno de mis vecinos es una caricatura. Ninguno es sencillo, ninguno es un cromo, con ninguno bastan dos trazos de retratista de plano personaje de catecismo patriótico falangista (el obrero de mono azul, el noble y sobrio labriego…) para hacer su retrato. Ellos, los neorrurales, sí que son caricaturescos, como lo son casi siempre los conversos. Hartos de la ciudad por lo que sea, vienen al pueblo –o no vienen, y desde la ciudad lo ensalzan– buscando una epifanía agreste, y nunca la realidad les estropea el titular. Impostan rusticidad y se enfundan un disfraz de gañán de los veinte duros. Cambian el cinturón por una cuerda, hacen apropiación cultural de la gorra verde de la Caja Rural y del hierbajo en la boca, fuerzan una forma ruda de hablar, se cagan en Dios sin la naturalidad y el gracejo de Elías Cagondiós, con torpeza de actores malos. Alguno se hace influencer, se suma a las protestas agrarias y logra convertirse en su voz; una voz radical y hosca, que puede no dejar de satisfacer a muchos campesinos reales, pero en todo caso es un libreto, una performance. A veces provienen de familias adineradas. Y uno se acuerda entonces del majismo, aquel fenómeno cultural de finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando las élites españolas empezaron a desdeñar el melifluo refinamiento del petimetre, que hasta entonces había sido su ideal estético, y a agarrar afición a disfrazarse de arquetipos populares: manolos y manolas, castizas verduleras, bandoleros de luengas y pobladas patillas.
Círculos concéntricos
El majismo y la ultraderecha son círculos concéntricos; siempre lo han sido. La alianza entre los primeros y los últimos, ese sándwich sociológico del fascismo, se encarna en el pijo-majo de forma unipersonal. Es un primero vestido de último y que tal vez acabe creyéndose que lo es. Es el victimismo reaccionario, son las quejas de Cayetano Martínez de Irujo por no poder llegar a fin de mes, son los potentados taurinos, dueños de dehesas del tamaño de una nacioncilla de los Balcanes, dándoselas de campestres perseguidos, es Juan García-Gallardo diciendo nosequé de los urbanitas, es el señorito Iván haciéndose pasar por Azarías. Cuando los influencers rurales son realmente rurales y no neos, su gesto predilecto no es un ceño fruncido, sino la contagiosa sonrisa de Miquel Montoro; son gente en la que el amor al campo es mucho más poderoso que cualquier agravio y que no lleva el lloriqueo pequeñoburgués inserto en los tuétanos; que no traen de serie el pensamiento de que el mundo les debe algo.
Ciertamente el mundo debe algo a los campesinos, pero no se lo debe a los empresarios del campo. Solemos olvidarnos de que el campo es un negocio, y una empresa. Los empresarios del campo son los primeros interesados en que nos olvidemos, a fin de que, por ejemplo, cuando emprendan una yihad contra el lobo, y magnifiquen hasta el disparate los ataques de lobos a sus explotaciones ganaderas, se les compadezca más que a otros empresarios a quienes el DAFO les sale a devolver, o que simplemente no obtienen tantos beneficios como quisieran. Que un empresario ganadero quiera que no existan los lobos es exactamente el mismo deseo engreído que el de un patrón fabril que no quisiera que existieran las huelgas, las bajas por enfermedad o los permisos de paternidad. Has montado una empresa que nadie te ha pedido que montes, el mundo no se vendría abajo si no la montaras, y los lobos pueden generarte alguna pérdida y tienes que gastarte las perras en mastines y alimentarlos, o estar con tus ovejas en vez de telepastorearlas entre cubata y cubata. Y como todo eso es un fastidio, le exiges al Estado un somatén que dé matarile a los lobos; un escuadrismo de las montañas. Entre tú y el banquero que quiere que lo rescaten cuando su codicia lleva al banco a la bancarrota hay una diferencia cuantitativa, pero no cualitativa.
El campo no se está volviendo de ultraderecha: los canallas del campo y los de la ciudad, los aprovechateguis y caraduras y vanidosos de los dos mundos, se están volviendo de ultraderecha. El campo no es reaccionario y la ciudad progresista, cual si estuviéramos en 1931; lo que hay es una élite disfrazada y teatrera que desde la ciudad o el cortijo instrumentaliza el cabreo del campo y se lo inventa. Cuando cierto energúmeno popularizó aquello del “que te vote Txapote” en una esperpéntica conexión de Televisión Española, por un asunto de un radar móvil, se le presentó como un sencillo señor de pueblo, un rústico donnadie, anónimamente harto de las trapacerías del sanchismo. Era Chema de la Cierva, hijo del historiador franquista Ricardo de la Cierva y Hoces; nieto de Ricardo de la Cierva y Codorníu, diputado conservador entre 1920 y 1923 y militante de la ultraderechista Acción Española en los años treinta; sobrino nieto de Juan de la Cierva y Codorníu, inventor del autogiro y conspirador contra la República; bisnieto de Juan de la Cierva y Peñafiel, ministro de cien cosas y ogro de los obreros de la Restauración. Pues bueno, o sea. Eso.
*Pablo Batalla es historiador, periodista, ensayista y editor. Su último libro es ‘La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo’ (Capitán Swing, 2025).
A un lado de la puerta hay un letrero con el logotipo de una marca de cerveza extinta lustros antes de que yo naciera; al otro, un panel de corcho con variadas convocatorias de la comarca: excursiones de la asociación de vecinos —que, en diciembre, nunca perdona una a Vigo, a ver las navidades espídicas de Abel Caballero—, programas de fiestas de los pueblos de la contorna, horarios del bibliobús, reclamos de actividades de la Diputación, de charlas sobre asuntos agrarios o cursillos de primeros auxilios de la Cruz Roja en la sala de usos múltiples del Ayuntamiento, o anuncios privados de esos con flecos para arrancar, del tipo de profesionales que hacen el agosto en aldeas como esta: veterinarios rurales, deshollinadores, mecánicos de tractores.